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Lo discriminaron por ser gitano, conoció a Francisco y hoy lucha por la inclusión

Guillermo es orgullosamente gitano y le duele la discriminación hacia su pueblo. Él no pudo ir a la escuela porque sus compañeros y maestras le tenían miedo. Por qué tuvieron que dejar de vivir en carpas, cómo fue su encuentro con el papa Francisco y qué le pide hoy a la sociedad.

Guillermo Lucas Traico tiene 65 años, nació en Córdoba (donde vive actualmente con su familia) y es de "raza gitana", como dice él. “No le damos la importancia que deberíamos. No tenemos un pueblo, somos nómades, no sabemos de dónde venimos”: así se expresa acerca del Día Internacional del Pueblo Gitano, que se celebra cada 8 de abril y tiene su origen en 1971, cuando “se juntaron los gitanos de Europa e hicieron una bandera gitana, en Liverpool. Hicieron el Día de la Raza Gitana. Hicieron el himno gitano”, cuenta Guillermo. Dice, sin embargo, que su comunidad en la Argentina supo eso apenas hace dos o tres años.

Su nombre gitano es Milanchi, pero tuvo que adoptar otro nombre y en ese momento eligió llamarse Guillermo, en honor a Vilas. Este fanático del deporte dice que “la gente inventa muchas cosas sobre nuestras costumbres”. Él trabaja por los derechos humanos de su pueblo y le duele profundamente la discriminación que sufren muchas veces los gitanos.

En parte, esto tiene su origen en la década de los 60, según cuenta: “Les metían el susto a los hijos: 'si no te dormís o si no comés, te lleva la gitana'. Actualmente, nos tienen mucho miedo”. Contrario a la imagen que hay sobre el pueblo gitano, Guillermo dice que son "una raza pacífica. No quita que haya algunos malos, pero siempre nos meten a todos en la misma bolsa”.

Guillermo Milanchi.

Para el pueblo gitano, lo primero es la familia

“Lo más lindo de nuestra cultura es el respeto que tenemos. Somos muy familieros. Es muy raro que un matrimonio se separe. Yo quiero mucho a mi raza”, dice emocionado este hombre que se casó a los 15 años, en 1972: “Al tiempo, nos compramos una carpita y nos independizamos. Ahora es más lindo porque se eligen, pero de todos modos antes no renegábamos”. En esta Pascua, él y su esposa, Ruya, cumplen 50 años de matrimonio.

Actualmente, viven en una casa, como el resto de su comunidad. “Fuimos obligados a dejar las carpas, a fines de los 70. La gente, la policía te echaba, te cortaba la soga, te tiraba la carpa. Mataron a una gitana embarazada porque no quería que le lleven la carpa”, cuenta Guillermo con tristeza.

Milanchi no pudo ir a la escuela, “porque nos tenían miedo los compañeros, las maestras”, pero dice que hoy en día eso cambió: “Las maestras son muy buenas, quieren que los chicos vayan a la escuela, pero a nuestros niños les cuesta adaptarse”. Ese es uno de los motivos por los cuáles quiere hacer un centro gitano, donde niños y niñas puedan recibir una iniciación escolar para después insertarse en los colegios. Este bisabuelo desea que su gente “se eduque, para salir de la compra y venta de autos; hay muchas otras cosas para comerciar”. Sus cuatro hijos se dedican a ese rubro. 

En estas comunidades donde la comida típica “tiene mucha salsa” y “nuestros niños envueltos son más grandes que los orientales”, el gitano más chico es el heredero y se queda a cuidar al padre.

Una de las carpas que aún sigue en pie en la Argentina

Con respecto a las mujeres, dice que, “en general, son amas de casa, no queremos que a nuestros hijos los cuide una niñera”. Además, expresa que son un foco de discriminación por su apariencia: “Cuando van a comprar con polleras largas no las dejan entrar. Nos cuesta mucho sobrevivir, aunque una vez que te conocen, es más fácil”. En esta misma línea del prejuicio, Guillermo se pregunta con indignación por qué “si un gitano hace una estafa, vienen y te escrachan todas las casas”.

Milanchi dice que su pueblo sufre nuestra injusticia porque “hay mucha gente que habla sin saber, sin conocernos y eso nos perjudica”. En esta misma tónica, cuenta: “Tenemos nuestra propia ley, queremos vivir bien, tranquilos. Nosotros hacemos una reunión y arreglamos enseguida el problema. Nuestra justicia es divina e independiente”. Explica, además, que no tienen jefes.

Guillermo junto al exgobernador peronista De la Sota

El día que Milanchi conoció a Francisco

Guillermo es peronista y católico: “Festejamos las fiestas de la Virgen, el 15 de agosto y el 8 de diciembre (Nuestra Señora del Valle), y le agradecemos”, y agrega que “ahora también hay pastores gitanos”. En 2015, Milanchi pudo viajar a un encuentro con el papa Francisco: “Nos invitaron a todos los gitanos del mundo, yo fui el único argentino. Fue de las cosas más lindas de mi vida. Pude estar con el papa y también fue hermoso conocer a mi gente de todo el mundo”, recuerda emocionado y dice que pudieron comunicarse a través del dialecto que habla el pueblo gitano.

“Estamos en contra de la guerra, somos pacíficos”, afirma Guillermo y agrega: “Estoy totalmente en contra del aborto. Hay muchas maneras de cuidarse para no quedar embarazada. Estás matando a una criatura inocente. Estamos a favor de la vida, del amor, de la paz”.

Guillermo, es un hombre trabajador, que ama a su familia y a su pueblo, que está orgulloso de ser gitano, aunque siente una mirada prejuiciosa de la sociedad. Milanchi quiere que su gente se eduque y progrese, y le duele la discriminación. Este gitano pide respeto para su pueblo y en esta época de tantos discursos sobre los derechos humanos, merece que como sociedad hagamos valer los suyos.