El anillo perdido: la historia guardada en un tesoro familiar

El anillo perdido: la historia guardada en un tesoro familiar

Los tesoros familiares que guardan las abuelas tienen un poder particular: poder ser una bisagra generacional para recomenzar, siempre, una nueva historia. Un anillo perdido, una historia encontrada y un nuevo comienzo.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes /  tinafunes@gmail.com

Mi abuela materna tenía un uso atípico para los cajones de su placard. No los utilizaba para guardar ahí sus medias, ni sus camisones, no, no, no. La ropa estaba en otros recovecos de la enorme casa donde vivía, en roperos de otras habitaciones, o en cómodas; pero no en el placard de su dormitorio, no en esa serie de cajones finitos que se ubicaban en una hilera alta e inalcanzable para mis ojos.

Esos cajones estaban siempre tapados por una hoja del placard que se cerraba con llave. Así quedaban vedados a cualquiera que visitaba esa habitación. Detrás de esas puertas permanecían encerrados grandes tesoros desconocidos, irresistibles para cualquier niño. Por supuesto estaba absolutamente prohibido acercarse a tres metros de esos cajones. Y tal vez por eso ejercían un poder magnético sobre mí. Tan fuerte era, que cuando ella me preguntaba qué quería hacer en su casa, yo siempre prefería “ordenar” uno de esos cajones antes que cualquier otra cosa.

En esas ocasiones, que mi abuela elegía cuidadosamente, me permitía revolver completo el contenido de un cajón -y sólo uno- con la excusa de organizarlo. Así, siempre bajo su supervisión y sobre su propia cama, yo separaba cuidadosamente sacapuntas, monedas, carretes de hilos de colores, alfileres envueltos en paquetitos o alfileteros, llavecitas de diarios íntimos o de cajitas de música, lápices, gomas de borrar, chocolatines, juguetitos de piñatas o bolsitas de cumpleaños, infinidad de caramelos de diferentes tamaños, formas y sabores. Era una tarea que nunca llegaba a su fin, porque en realidad no había un verdadero propósito de orden. Cuando me llamaban a comer desde la casa de abajo -donde yo vivía con mis padres-, justo antes de salir corriendo volvía a guardar todos esos objetos de la misma desorganizada forma en la que los había encontrado.

Cerca de mis ocho años, una de esas veces, entre botones, mentas de Harrods, havannetes, piolines, y otros habitantes del tercer cajón, -contando de abajo para arriba- apareció entre mis manos un anillo gordo, pesado, de un dorado rojizo. No supe identificar bien qué era, aparte de lo obvio: una joya que se usaba en un dedo. Y no lo sabía yo en ese momento, pero mi abuela llevaba años buscando -sin éxito- esa, que era la alianza de casamiento de su madre.

Cuando le mostré lo que había encontrado se quedó muda. Se lo entregué, me miró fijo y sus ojos se aguaron cuando lo agarró fuerte y lo apretó entre sus dos manos. Inmediatamente me dijo con una alegría incontenible, y la voz entrecortada por la emoción, que por haberlo encontrado, algún día ese anillo de oro macizo iba a ser mío.

Herencias

Mis bisabuelos tuvieron tres hijos: dos varones y una mujer -mi abuela- que era la hermana del medio y la regalona de su papá; un inmigrante de Irlanda que llegó a la Argentina con sus padres y otros nueve hermanos, a vivir en Adrogué, Buenos Aires. Como muchos recién llegados a la tierra de las oportunidades mi bisabuelo irlandés comenzó a trabajar desde muy chico; en su caso como cadete en una fábrica de chocolates de la que, con tiempo, paciencia y, sobre todo esfuerzo, llegó a ser el gerente.

Pero antes de eso conoció a una niña que llegaba de Milán con su familia y que lo cautivó con sus grandes ojos claros, sus maneras suaves y su confianza en un futuro amable. Con ella moldeó el germen que dio origen a mi Tribu. Como administrador general de esa gran empresa mi bisabuelo debió fundar sucursales en diferentes provincias Argentinas, por lo que mi abuela nació en San Luis y su hermano menor en Mendoza, donde se quedaron a vivir definitivamente.

Me olvidé del asunto de la alianza de casamiento de mi bisabuela hasta una primavera, precisamente la primavera en la que yo cumplía dieciocho años, cuando mi abuela cumplió con aquella promesa que me hiciera sobre su cama: me dio como regalo ese anillo que tenía grabadas en su interior las iniciales del nombre de mi bisabuelo y la fecha de su casamiento.

Durante diez años ella había esperado para darme ese recuerdo de su madre. Me conmovió, y me sacudió entera recordar su mirada y la emoción en su voz cuando lo rescaté del revoltijo de objetos del cajón de su placard, y comprendí el profundo valor que tenía para mi abuela esa alianza de casamiento. Sin saber muy bien qué hacer con ella, porque usarla no era una opción, -entre otros motivos me quedaba grandísima- la guardé con mucho cuidado en una caja fuerte que podría ser motivo de otra historia.

Un buen día, casi diez años después de mi cumpleaños número dieciocho, llegó el momento de casarme. Recién terminaba mi carrera universitaria, tenía un trabajo relativamente nuevo que me exigía esfuerzos constantes para adaptarme a situaciones nuevas, y el festejo, y los preparativos relacionados con el casamiento no estaban entre mis principales preocupaciones. Con una enorme generosidad y altísimas dosis de paciencia la santa de mi madre conseguía datos, investigaba y barajaba opciones para cada cosa que había que decidir y ofrecía alternativas para elegir. Se ocupó, con un amor sin límites, de cada detalle necesario para que ese día fuese perfecto e increíblemente feliz: y lo logró sobradamente. 

Hubo una sola cosa que yo supe con toda certeza desde que fijamos la fecha en que íbamos a asumir ese compromiso público: no compararíamos unos anillos de oro en una joyería. Nuestras alianzas se fundieron de aquella que fue de mi bisabuela. Las dos nacieron de ese oro cobrizo de un espesor inusual, perdido durante años en un placard que no se usaba para guardar la ropa. Esas mismas son las que nunca más nos sacamos desde ese día, hace más de veinte años.

Nunca hablamos mi abuela y yo sobre el destino que debía darle a ese anillo, el regalo más significativo que me hizo durante los años que estuvo a mi lado, y ya no vivía cuando me casé. Casi no tengo objetos que me la recuerden y no conservo ninguna foto de ella, pero su historia, la de sus hermanos y sus padres, está día y noche conmigo, en mi mano izquierda.

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