¿Qué decir de Manuel Belgrano que no se haya dicho?

¿Qué decir de Manuel Belgrano que no se haya dicho?

Muchas veces nos sobran los halagos para referirnos a los próceres. Sin embargo, en este caso el autor asegura no tener las palabras que le permitan expresar que piensa de Belgrano.

Santiago Hernandorena

¿Qué decir de Belgrano que no se haya dicho? ¿Qué era uno de los personajes más educados e instruidos de la Revolución de Mayo? ¿Qué su aporte es clave en muchos aspectos, más allá de la creación de la Bandera? ¿Qué le tocó bailar con la más fea cuando fue al Ejército del Norte y se encontró sin el apoyo de la gente? ¿Qué murió pobre y en el olvido de la sociedad porteña a la que pertenecía?

Sin embargo, intentaré ahondar un poco más sobre la fase militar de este prócer, que siempre me llamó la atención porque me pregunté varias veces: ¿qué habrá sabido un abogado del arte de la guerra?

Hagamos un breve repaso de la formación de Belgrano: abogado, realizó sus estudios universitarios en España. Volvió a el Virreinato como Secretario del Consulado. Su primera experiencia militar registrada fue en las Invasiones Inglesas donde se puso al mando de una milicia autoconvocada con un pésimo desempeño, por su desconocimiento del tema. Luego de la derrota, huyó a la Banda Oriental para retornar una vez vencidos los invasores.

Luego de la reconquista, cambió algo muy importante en Buenos Aires: se formaron las milicias. Hasta ese momento lo militar estaba en mano de españoles con algún que otro criollo participando. Las milicias permitieron que los criollos se involucraran más y terminó siendo uno de los varios motivos por los cuales el virrey Cisneros se encontró en inferioridad de condiciones militares para defenderse y se dio la Revolución de Mayo, donde Belgrano cumpliría un rol clave desde sus conocimientos como abogado y su oratoria.

En 1811 fue designado coronel del Regimiento de Patricios. Pero él mismo da a entender en su carta del 15 de noviembre que sus conocimientos militares no son muy buenos:

"Excmo. Señor:

Me presento a V.E. manifestándole haber cumplido la orden que tuvo a bien comunicarme con fecha 13 para que me recibiera del regimiento número 1 haciéndome más honor del que merezco y fiando a mi cargo un servicio a que tal vez mis conocimientos no alcanzarás: procuraré con todos mis esfuerzos no desmentir el concepto que he debido a V.E. y hacerme digno de llamarme hijo de la Patria.
En obsequio de ésta ofrezco a V.E. la mitad del sueldo que me corresponde; siéndome sensible no poder hacer demostración mayor, pues mis facultades son ningunas y mi subsistencia pende de aquél; pero en todo evento también reducirme a la ración del soldado, si es necesario, para salvar la justa causa con que tanto honor sostiene V.E.

Dios guarde a V.E. muchos años. Buenos Aires, noviembre 15 de 1811."

El mismo Belgrano resulta bastante claro y me da un poco de la respuesta a mi pregunta: sus conocimientos militares son pobres sino nulos.

Sin embargo, el 4 de septiembre de 1810 ya lo habían designado comandante de las fuerzas destinadas a la Banda Oriental. Pero su destino no fue cruzar el Rio de la Plata, sino que lo dirigieron al Paraguay, donde descubrió dos cosas: primero que no había muchos adeptos a la junta de Buenos Aires en el Paraguay y, segundo, que de no contar con subalternos responsables y con conocimientos, las derrotas estaban aseguradas.

Los que descubrieron mucho de Belgrano fueron sus propios hombres: se encontraron un militar que vivía como ellos, con pocos recursos; que se manejaba con cordialidad y con respeto con el enemigo y los prisioneros y que incluso liberó a varios luego de intentar adoctrinarlos en las virtudes del ideal revolucionario.

A la espera de refuerzos prometidos por Buenos Aires, decidió plantar frente en Tacuarí. Cuando comenzó la artillería paraguaya, parte de los milicianos huyen del combate, a los que Belgrano se refirió en su reporte a la junta: “... porque los demás llenos de cobardía y vileza me abandonaron huyendo vergonzosamente”. Sin embargo, los fieles al general plantan batalla, pero son derrotados. Belgrano capituló ante los paraguayos y regresó a Buenos Aires.

Mientras tanto, la junta había sido copada por los seguidores de Saavedra, enfrentados con los de Mariano Moreno. Belgrano era ante los ojos de los primeros, no solo del bando contrario sino también un peligro al estar a cargo de un ejército.  Es por eso que, cuando llegó a Buenos Aires, lo enjuiciaron por su labor en Paraguay, aunque fue declarado inocente y vuelto a enviar al Paraguay, esta vez como diplomático y luego a Francia.

A la vuelta, fue designado General del Ejército del Norte y ese mismo día enarboló la bandera por primera vez. Claramente, como era de esperar, a Buenos Aires (que ya tenía el triunvirato como gobierno y que lo manejaba Rivadavia por atrás), no le gustó nada esto y lo mandaron a destruirla, pero Belgrano la guardó para alguna victoria. Pero no pudo con su genio.

En el segundo aniversario de la Revolución de Mayo, la hizo enarbolar en Jujuy. Al triunvirato le causo menos gracia todavía y lo amonestaron nuevamente. Belgrano contestó con este texto donde se muestra respetuoso pero incorruptible en la causa libertadora:

"La bandera la he recogido, y la desharé para que no haya ni memoria de ella... y se harán las banderas del regimiento núm. 6, sin necesidad de que su falta se note por persona alguna; pues si acaso me preguntan por ella, responderé que se reserva para el día de una gran victoria por el ejército, y como ésta está lejos, todos la habrán olvidado y se contentaran con la que le presenten. En esta parte V.E. tendrá su sistema: pero diré también con verdad, que como hasta los indios sufren por Fernando VII, y los hacen sufrir con los mismos aparatos que nosotros proclamamos la libertad, ni gustan oír nombre de Rey, ni se complacen con las mismas insignias con que los tiranizan".

Por suerte para Belgrano, la revolución de 1812 hace caer al triunvirato y la Asamblea del Año XIII le permitió usar la bandera en la medida que sea usada como bandera del Ejercito del Norte y no del estado. El general entonces aprovechó y la hizo jurar frente al Rio Pasaje, hoy Juramento.

"Cumpliendo con lo que Vuestra Excelencia me ordena en fecha primero del corriente, procedí en este día a prestar el reconocimiento y competente juramento de obediencia a la Soberana representación de la Asamblea Nacional bajo la solemnidad respetuosa de las armas de mi mando y según la fórmula que Vuestra Excelencia me prescribe. El acto ha sido uno de los más solemnes que se han celebrado en toda época de nuestra feliz revolución. La bandera del ejército fue conducida por el mayor general Eustaquio Díaz Vélez, a quienes llevábamos en medio, el coronel MARTÍN RODRÍGUEZ y yo, escoltados por una compañía de granaderos que marchaba al son de música. Formado el ejército en cuadro se situó en medio dicho mayor con la bandera. Proclamé al ejército anunciándole 1a nueva que motivaba el acto, e hice leer en voz alta el oficio circular de Vuestra Excelencia e impreso adjunto. Inmediatamente presté por mi parte el juramento en presencia de las tropas y bajo la fórmula prescripta, ante el mayor general, quien lo ejecutó del mismo modo ante mí. Continuaron después los coroneles y comandantes, y concluido el juramento de éstos, interrogué bajo la misma fórmula a todos los individuos que formaban el cuadro, quienes con sus expresiones y la alegría de sus semblantes manifestaban la sinceridad de sus promesas y el júbilo que había causado en todos el logro de sus deseos. Colocando después el mayor general su espada en cruz con el asta de la bandera, todas las tropas en desfilada la fueron besando de uno en uno, y finalizado este acto, volvió el mismo mayor general con la bandera hasta el lugar de mi alojamiento a la cabeza de todos los cuerpos que le seguían al son de música. Yo no puedo manifestar a Vuestra Excelencia cuánto ha sido el regocijo de las tropas y demás individuos que siguen a este ejército, una recíproca felicitación de todos por considerarse ya revestidos con el carácter de hombres libres y las más ardientes y reiteradas protestas de morir antes que volver a ser esclavos, han sido las expresiones comunes con que han celebrado tan feliz nueva y que deben afianzar las esperanzas de cimentar muy en breve el gran edificio de nuestra libertad civil. Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años. Río del Juramento, en otro tiempo del Pasaje" 

Pero volvamos a lo militar que es lo que me interesa. Después de la derrota de Huaquí, Belgrano reemplaza a Pueyrredón al mando del Ejercito del Norte. Así describe lo que ve en su camino a hacerse cargo:

“Ni en mi camino del Rosario ni en aquel triste pueblo, ni en la provincia de Córdoba y su capital, ni en las ciudades de Santiago, Tucumán y Jujuy, he observado aquel entusiasmo que se manifestaba en los pueblos que recorrí cuando mi primer expedición al Paraguay; por el contrario, quejas, lamentos, frialdad, total indiferencia, y diré más, odio mortal, que casi estoy por asegurar que preferirían a Goyeneche cuando no fuese más que por variar de situación y ver si mejoraban. Créame V.E.: el ejército no esta en país amigo; no hay una sola demostración que me lo indique; no se nota un solo hombre que se una a él, no digo para servirle, ni aun para ayudarle: todo se hace a costa de gastos y sacrificios... se nos trata como a verdaderos enemigos; pero qué mucho ¡si se ha dicho que ya se acabó la hospitalidad para los porteños y que los han de exprimir hasta chuparles la sangre!".

En el Alto Perú, Cochabamba cayó en manos españolas y se preparaba la invasión a las provincias del Rio de la Plata. Belgrano planteó una intrépida y arriesgada estrategia de desgaste: el éxodo jujeño. La teoría era simple: se llevaban todo lo que se podía llevar y se retrocedía. Así las tropas contrarias sufrían el desgaste de avanzar sin poder recuperar recursos.

Ojo, hay que ser honesto, no todos los jujeños estaban muy contentos de esto, pero sí tenían clara una cosa: Belgrano era un hombre de palabra. Y lo que había dicho además era que aquel que no cumpliera iba a ser declarado traidor a la patria, se le confiscarían los bienes y se lo fusilaría con juicio sumarísimo. Así que hasta los menos convencidos se vieron en la obligación de participar. Todo se transportaba en animales, y lo que no se podía, se quemaba.

Una vez en Tucumán le llegó una orden: si los españoles llegaban a Salta, había que mudar la fábrica de fusiles a Córdoba y retroceder. Belgrano no concuerda, estaba dispuesto a plantar batalla. El 24 de septiembre de 1812, Belgrano y su ejercito se enfrentaron en la Batalla de Tucumán a los realistas. Esta vez tenía dos cosas a favor: sus subalternos eran profesionales y segundo, contaba con el apoyo de Diaz Velez, un militar experimentado. La victoria del ejercito revolucionario selló, para muchos analistas, la estabilidad de los gobiernos patrios. La batalla de Salta aseguró el control geográfico sobre la región.

Sin embargo, la desastrosa incursión al Alto Perú dejó diezmado al Ejercito del Norte. Motivos para estas derrotas hay varios, desde militares hasta la mala suerte de que un error de cálculo por parte de un grupo de milicianos del caudillo Cardenas cayeran capturados con la descripción de los planes de Belgrano.

Pero no fue el fin de la carrera militar de Belgrano. El mando del Ejercito pasó entonces a un militar que había formado recientemente los Granaderos a caballo, don José de San Martín. Belgrano solo tenía palabras de admiración para el General:

Mi corazón toma aliento cada instante que pienso que Ud. se me acerca, porque estoy firmemente persuadido de que con Ud. se salvará la patria, y podrá el ejército tomar un diferente aspecto. Empéñese Ud. en volar, si le es posible, con el auxilio, y en venir no sólo como amigo, sino como maestro mío, mi compañero y mi jefe si quiere, persuadido que le hablo con mi corazón, como lo comprobará la experiencia".

La relación entre ambos se mantendrá por correspondencia hasta la muerte de Belgrano. En muchos aspectos, el abogado fue el brazo político para lograr la declaración de la Independencia que necesitaba San Martín para llevar adelante su plan libertador.

Sin embargo, en 1816, Pueyrredón, Director Supremo de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, le consulta a San Martín a quién poner comandando el Ejercito del Norte. La respuesta del general San Martín fue contundente:

“Para mandar el ejército del Perú, yo me decido por Belgrano; es el más metódico de los que conozco en nuestra América; lleno de integridad y de talento natural, no tendrá los conocimientos de un Moreau en punto a milicia, pero es lo mejor que tenemos en América del Sur".

Su labor sería netamente defensiva. Ya comenzaba a notarse su salud débil. Luego de recibir la orden de trasladar el ejercito al litoral, se traslada a Buenos Aires donde muere el 20 de junio de 1820.

Belgrano fue un hombre de su época, ni más ni menos; un enamorado de los principios de libertad, un defensor acérrimo de la patria; un político inteligente y contestatario cuando tuvo que serlo; un militar probablemente mediocre pero que en su momento de mayor dificultad supo sacar lo mejor de los suyos y convencer a propios y enemigos de las necesidades del sacrificio. Pero sigo preguntándome: ¿qué decir de Belgrano que no se haya dicho?

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