Hambre de piel en Mendoza: ¿cómo vivir sin el contacto de los otros?
“…los síntomas del hambre de piel persisten: Leila tiene tal nivel de depresión, que gran parte del día se la pasa acostada en su cama; ya no necesita siquiera bañarse, tiene dolores de espalda permanentes…Es extraño, porque ella antes era una mujer hermosa, pero es tal su nivel de deterioro que, en su caso – como en el mío- , el hambre de piel le está haciendo estragos”, Alejandro Alfie, “Después del 11 de Setiembre, Hambre de Piel en la Sociedad de Control”.
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Es inevitable, cada vez que me siento, mi perra, Gorda, se acerca y me roza el codo, pidiendo que la acaricie. Obviamente, las caricias le encantan, porque además de ser reconfortantes, refuerzan nuestro vínculo, le transmiten la seguridad de que yo estoy ahí para ella. En el reino animal el lenguaje corporal es fundamental.
Etológicamente, el contacto físico con los otros miembros de la manada da sensación de seguridad, porque siempre hay más chances de sobrevivir en grupos.
Para los humanos es la primera forma de comunicarnos: apenas nace, el bebé es colocado en el pecho de la mamá. El abrazo, el contacto piel a piel es manifestación de un vínculo vital y fundante de conexiones neuronales y acontecimientos psicológicos. Imprescindible para el desarrollo del Sistema Nervioso Central y de la Personalidad.
En el año 1945 el famoso psicoanalista Rene Spitz definió el marasmo u hospitalismo. En su experiencia en instituciones hospitalarias con niños privados de la presencia de su madre, pudo constatar que, a pesar de que las enfermeras les proveían de los cuidados básicos, la ausencia de caricias y contacto conducía a una especie de depresión, sus caras se volvían inexpresivas y dejaban de alimentarse. Su discípula la pionera en motricidad infantil Emmi Pikler, sostiene que esos niños necesitaban ser tocados, acariciados.
Ahora, tras el aislamiento que impuso el COVID-19, se desempolva la etiqueta de hambre de piel para referirse a la necesidad, al deseo imperioso de contacto físico con seres queridos, que, de más está acotar, excede a la relación sexual. Es necesidad de tacto, de contacto, de piel.
Cuantiosos receptores táctiles habitan en la yema de cada uno de nuestros dedos (aproximadamente 100) y en 1 metro cuadrado de piel encontramos 5 millones de terminaciones nerviosas, cada una de ellas hará conexión con nuestro cerebro. De hecho, el área que procesa la información táctil de los labios, los índices y los pulgares ocupa una zona extensa e importante en nuestro órgano superior.
Nacemos con necesidad de tacto, crecemos con necesidad de tacto. Tanto es así que la doctora Tiffany Field, del Instituto de Investigación del Tacto de la Universidad de Miami afirma que la falta de contacto físico conduce a cuadros depresivos y/o ansiosos.
A nivel cerebral, el tacto, el contacto físico con personas queridas, estimula las neuronas C-MRUB o C-Táctiles, que envían mensajes para que se liberen dopamina, oxitocina y serotonina, neurotransmisores vinculados con sensación de placer y felicidad. Además, la estimulación de la piel a través de caricias, provoca la relajación del nervio vago. Este nervio, el más largo del SNC, entre otras funciones, regula el sistema parasimpático, encargado de relajarnos y reponernos ante una situación de estrés. Así, si el vago se relaja, la frecuencia cardíaca disminuye, nos relajamos y podemos enfrentar de manera más calma las situaciones de estrés.
Nuestro sistema nervioso, nuestro cuerpo en general, ha aprendido a reaccionar al contacto piel a piel liberando una cascada de reacciones que nos hacen sentir confortables, seguros, cuidados, sostenidos. Es esperable, entonces, que la falta de estimulación de la dermis a través del roce con los seres queridos, nos genere angustia y esa sensación, como acertadamente han denominado de “hambre”, de necesidad ineludible que proviene desde las entrañas.
Así como quienes se pierden en el desierto anhelan agua, curiosa e intempestivamente, la carencia nos revela aquello que hemos dado por sentado. Ojalá lo tengamos presente cuando podamos abrazar y acariciar a quienes extrañamos.
Lic. Cecilia C. Ortiz / Neuropsicóloga / licceciortizm@gmail.com