Iverna Codina: escritora del compromiso, la lucha y la revolución

Iverna Codina: escritora del compromiso, la lucha y la revolución

Considerada pionera y referente del realismo latinoamericano y de la literatura política argentina, Codina se atrevió a ceder su voz a los ‘oprimidos’ y los ‘revolucionarios’, al desarrollar una visión de la realidad social que solo dejaba desigualdad, miseria y represión.

Nicolás Munilla

Nicolás Munilla

Visionaria y comprometida, Iverna Codina fue una de las grandes escritoras mendocinas del siglo XX, cuyos textos transmitieron la lucha y el dolor de los más desfavorecidos y de aquellos que se alzaron contra el establishment imperante bajo la violencia política argentina que caracterizó las décadas de 1960 y 1970.

Considerada pionera y referente del realismo latinoamericano y de la literatura política argentina, Codina se atrevió a ceder su voz a los ‘oprimidos’ y los ‘revolucionarios’, práctica que adquirió con los años al desarrollar una visión de la realidad social que solo dejaba desigualdad, miseria y represión. Ello le hizo sufrir la vigilancia y persecución de los gobiernos dictatoriales que la obligaron a exiliarse por diez años.

Iverna Codina nació en la localidad chilena de Quillota el 15 de junio de 1912, y poco después su familia se radicó definitivamente en San Rafael, donde la futura escritora cursó sus estudios primarios y secundarios hasta recibirse de docente. “Era una niña muy tímida, muy cerrada, que Alfredo Bufano describe como ‘ensimismada y triste’”, cuenta a MDZ Oscar D’Angelo, amigo y confidente de Codina.

Justamente Bufano fue una gran influencia en los primeros escritos literarios de Codina, siendo que la autora incursionó primeramente en la poesía con Cantos de lluvia y cielo (1946), que publicó a los 34 años, al que le siguieron Más allá de las horas (1950) y Después del llanto (1954). De corte intimista, estas obras navegan entre el romance y la melancolía, con pinceladas paisajísticas y costumbristas propias de la literatura regional, que también rememora el estilo de otros reconocidos autores como Federico García Lorca y Pablo Neruda.

Iverna Codina en su escritorio que ocupaba en su departamento de Buenos Aires, (Gentileza)

Del verso a la prosa

Sin embargo, luego de hacerse con un modesto reconocimiento construido durante diez años, Iverna decidió romper con la poesía y en 1956 editó su primera novela La luna ha muerto, en la que “aborda con un triángulo amoroso las pasiones de personajes marginales”, según D’Angelo. A través de ellos, especialmente los femeninos, la escritora esboza cierta preocupación en exponer el sufrimiento de los más desfavorecidos, aunque la trama continúa subyugada al idealismo romántico de su anterior etapa.

Ese nuevo estilo en su escritura puede rastrearse en dos influencias puntuales. Primero, en los relatos que su padre le contaba de niña y narraban las experiencias de los arrieros en la montaña. Segundo, en su designación a mediados de los años 1950 dentro de una comisión legislativa provincial para investigar las condiciones de trabajo de los mineros en Malargüe. “Allí conoció la dura vida de quienes trabajaban en las minas del sur mendocino. Por ejemplo, un minero boliviano le prestó su ranchito, que consistía en una sola habitación con una puerta descangallada, mientras él se iba a dormir afuera en medio de la noche fría. Era la única mujer que participó de la investigación”, recuerda Oscar.

Según el escritor y psiquiatra, esto último fue el mayor gesto de inspiración para la segunda novela Detrás del grito (1961), en la que denuncia las malas condiciones laborales en las minas y salitrales de la zona cordillerana. Esta obra obtuvo el premio internacional Losada el año anterior y cosechó buen éxito entre la crítica y el público. “Considero a esta novela como el inicio del ‘boom latinoamericano’ en la literatura, anticipándose entre cinco y diez años a Cien años de soledad, La ciudad y los perros y Rayuela, aunque no pertenezca al canon editorial. Además inauguró la literatura femenina antropológica de protesta, documentando los hechos en una escritura sensible y artística”, revela D’Angelo.

El compromiso político de Iverna se acentuó en sus trabajos siguientes: el ensayo América en la novela (1964), donde analiza con buen ojo la realidad de la literatura narrativa latinoamericana, y los cuentos La enlutada (1966) y La noche de las barricadas (1971). Para ese entonces, Codina se había radicado en Buenos Aires con su marido juez y su único hijo, el cineasta independiente Jorge Giannoni (1939 - 1995), con quien compartiría los ideales revolucionarios de izquierda y una admiración por la Revolución Cubana de Fidel Castro.

“El hecho de vivir en Buenos Aires y el impulso que le dio Detrás del grito le permitió a Iverna contactarse con las editoriales y entrar al mundo de la literatura masiva. Sin embargo, no llegaba a ser más conocida por fuera del ámbito docente y de los escritores, quedando excluida de las publicaciones habituales pese a que su calidad de escritura era similar al de otros autores más afamados”, explica Oscar sobre el escaso conocimiento del público respecto a la autora chileno-argentina.

En ese sentido, manifiesta que Codina “era denunciada por su concepción ideológica, por su carácter muy libre a la hora de pensar y que no tenía nada de conservador”. Por ello, poseía “cierta nostalgia de su posición anarquista tradicional anterior al peronismo”, lo que sumado a los ideales heredados de su padre, le generaba empatía con “los excluidos, los marginados, los más humildes y la gente sencilla, a los que entendió como víctimas del sistema”.

Por la revolución latinoamericana

No es extraño que en un contexto de profunda desigualdad, Iverna simpatizase con los que luchaban activamente contra el régimen de gobierno imperante. Así, y en forma similar a su trabajo de campo en las minas mendocinas, la escritora viajó al norte argentino para entrevistarse con militantes armados que se movían en la espesa selva. Como resultado, vio la luz su tercera novela Los guerrilleros (1969), que según los textos de investigación de Hebe Molina y Victoria Azurduy, se basó fundamentalmente en sus encuentros con el grupo clandestino Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), liderado en aquellos años por Jorge Massetti y que operaba en Salta

En cambio, D’Angelo asegura que Iverna “hace referencia en esa novela al Ejército de Liberación Nacional-Movimiento Peronista de Liberación (más conocidos como Uturuncos), creada en 1957 contra la Revolución Libertadora que derrocó a Perón y que estuvo activa en Tucumán”. Incluso la escribió por pedido de su hijo, quien conocía a algunos de sus miembros.

De todos modos, quizás su novela más querida sea la última que publicó en vida: Los días y la sangre (1977), que transcurre cronológicamente entre los levantamientos del Cordobazo y Viborazo, ocurridos en la ciudad de Córdoba en 1969 y 1971, respectivamente. En ese texto, la autora refleja el rol protagónico de los jóvenes, los sindicatos, los grupos revolucionarios y los sectores populares contra la dictadura de Onganía, a la vez que traza majestuosamente a la ciudad mediterránea como un poder omnipresente que alienta un posible cambio de paradigma político y social. 

Con una calidad narrativa exquisita, en la que conserva cierta impronta metafórica y expresiva producto de su formación poética, Codina delinea una antesala de lo que será la década de 1970 y la violencia armada entre los grupos disidentes y el Estado. Es una obra que explica claramente la evolución de la lucha política: del Cordobazo espontáneo a los operativos más ambiciosos, con las guerrillas mejor preparadas y coordinadas entre sí, al mismo tiempo que aumenta la sofisticación de la represión estatal.

“Para escribir Los días y la sangre, Iverna (que tenía alrededor de 60 años) repitió el esquema de sus investigaciones y se trasladó a Córdoba poco después del Viborazo, donde alquiló una pensión en el microcentro para realizar sus investigaciones. Ella se comprometió a tal punto que puso toda su energía y sangre en ese proyecto”, subraya Oscar, quien en aquel entonces tenía 22 años y estudiaba Medicina en la Universidad Nacional de Córdoba, por lo que no fue ajeno a ese proceso histórico.

Codina con Oscar D'Angelo en uno de sus encuentros, en la década de 1990. (Gentileza)

Exilio

Bajo una situación sociopolítica cada vez más difícil, Codina tuvo dificultades para publicar su nueva novela, y de hecho se terminó llevando el manuscrito cuando se vio obligada a partir al exilio en 1976, poco después del comienzo de la última y más sangrienta dictadura militar. “Policías entraron a su departamento ubicado en calles Paraguay y Paraná de Buenos Aires, buscando libros que consideraban ‘subversivos’. Uno de ellos encontró un ejemplar de Los guerrilleros y se lo llevó. En una oportunidad quedó muy sensibilizada porque no solamente le revolvieron la casa sino que además fue maltratada, por lo que decidió huir”, expresa D’Angelo.

Tras vivir dos meses en el consultorio de una amiga psicóloga, “donde durmió en un diván hasta que consiguió los papeles”, la escritora salió del país vía terrestre hacia Brasil, y de allí tomó un vuelo a Cuba con previa escala en México. En La Habana fue recibida por otros exiliados políticos y literarios, además de reencontrarse con su hijo Jorge, y fue inmediatamente incorporada al Centro de Investigaciones de Literatura latinoamericana para Casa de las Américas, que integraba entre otros Mario Benedetti.

Fue en la capital cubana donde, en 1977, finalmente publicó Los días y la sangre, aunque las limitaciones presupuestarias de Casa de las Américas hicieron que la tirada fuera de edición limitada con pocos ejemplares, algunos de los cuales Iverna conservó por un tiempo hasta que los regaló o fotocopió para sus amigos.

Más tarde, en 1981, Codina recaló en México donde organizó un taller literario y participó en la revista cultural Plural, hasta que en 1986, con la presidencia de Raúl Alfonsín y el regreso de la democracia, decidió volver a la Argentina y retornó a su departamento en Buenos Aires, donde vivió rodeada de amigos y su hijo, aunque este último murió inesperadamente en 1995 producto de un infarto en plena calle tras visitar a su madre.

Todo ello es narrado por Codina en su último trabajo Diez años de exilio (1976-1986), una autobiografía inédita en la que traza los hitos más significativos de su estadía en el exterior y hace en retrospectiva un balance de su vida, resumido en tres ‘galardones’: una cena a la que fue invitada por Pablo Neruda en 1964 para festejar el éxito de Detrás del grito; la publicación del ensayo América en la novela gracias al apoyo de la familia Astrada; y la de Los guerrilleros, al considerarlo uno de sus mejores trabajos en el que sigue además los pasos del Che Guevara en la región.

Iverna Codina. (Gentileza)

Reivindicación

D’Angelo narra cómo conoció a Codina: “Quería encontrarla hacía muchos años, ya que sus obras me impactaron muchísimo en mi juventud. Como no sabía bien donde estaba,  al visitar por primera vez Casa de las Américas en La Habana pregunté por ella y el poeta Roberto Fernández Retamar, que en ese entonces estaba a cargo de la institución, me dijo que Iverna vivía en Buenos Aires y me pasó su dirección”.

“Pude encontrarme con ella varias veces. Muy generosa, me posibilitó escribir sobre su persona para el suplemento de Cultura del diario Los Andes, ante mi propósito de romper con la desmemoria e introducirla mejor en la cultura mendocina. Iverna tenía más de 90 años y conservaba la misma lucidez de siempre, siendo conocedora de todos los fenómenos sociales y políticos del mundo actual, por lo que permanecía muy informada y activa intelectualmente”, añade. 

En uno de sus últimos encuentros, la escritora le regaló un ejemplar fotocopiado de Los días y la sangre: “Recuerdo que me dijo ‘Espero que algún día en Mendoza se edite este libro’, por lo que me propuse concretar ese sueño que no pudo ver cumplido en vida, ya que falleció en 2010, pero que hoy finalmente se hizo realidad”.

Dado que fue una de las figuras homenajeadas en la última edición de la Feria del Libro provincial, el sello Ediciones Culturales Mendoza reeditó la última novela de Codina en septiembre pasado, con prólogo de D’Angelo, rescatando casi del olvido a una escritora comprometida con lo social y con la visibilización de los más postergados, una realidad que aún persiste en un país que se niega a avanzar hacia un futuro mejor.

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