Por qué necesitamos un ídolo

Por qué necesitamos un ídolo

Ese alguien o algo que admirás, además de tu corazón, ocupa un lugar en tus redes neuronales, seguí leyendo que te contamos.

Recital de música. Miles de personas corean las canciones que hace tiempo han aprendido. Sobre el escenario, el artista, ese ser al que admiran incondicionalmente, desde el núcleo de cada célula, maneja con maestría impoluta las emociones, creando un ambiente de hipnosis que es muy difícil explicar.

La palabra ídolo tiene origen en el griego, y luego pasó al latín “idolum”, para referirse a una persona o imagen que genera devoción. Un objeto de culto, idealizado, investido con cualidades valiosas para nosotros y que, por tanto, deseamos poseer.

A lo largo de la historia de la humanidad han sido protagonistas de rituales, sacrificios, y ofrendas. Así, tenemos, por ejemplo, los moais en la Isla de Pascua, guardianes que trabajosamente fueron trasladados a su lugar con el objetivo de que protegieran la isla y sus habitantes. O los 20 ídolos de madera que encontraron en Perú, con casi 800 años de edad y ubicados simbólicamente en el perímetro de un templo para garantizar seguridad.

Transversalmente, en la historia personal de cada uno de nosotros, estos ídolos nos acompañan y sostienen nuestras idealizaciones, nuestras aspiraciones de perfección. Así, cuando somos pequeños, nuestros primeros ídolos son los padres. Y queremos ser como ellos, porque encarnan la idea de perfección.

A medida que vamos creciendo, la rebeldía y la búsqueda de identidad que caracterizan a la adolescencia, hacen que nos alejemos de esos padres intachables, porque ya no queremos ser como ellos, y que busquemos en otro lado los depositarios de nuestras ilusiones. De esa manera, será el actor (actriz), cantante, deportista, de turno que encarne nuestras aspiraciones más altas.

Y ese ídolo pasa a ser perfecto, intocable, eso que buscamos ser. Modelo a imitar en esa infinita búsqueda de identificación que cargamos los seres humanos.

Entonces, el efecto que genera ese ídolo en nosotros es de carácter hipnótico. Nada de lo que él haga es cuestionable. Lo admiramos por sobre todas las cosas y somos capaces de saber todo (y más) acerca de él. Por otro lado, aquellos a quienes idolatramos imponen comportamientos, formas de hablar, modos de vestirse y hasta de enfocar la vida.

Los ídolos van respondiendo a los modelos de valores de cada época. En la antigüedad, encarnaban la protección, la sabiduría, la lucha, los placeres terrenales, el odio, la guerra.

Hoy, excepto algunas salvedades, son oferta de una sociedad de consumo. Nuestras deidades, muchas veces, nos son impuestas y encarnan lo que hoy ponemos en valor: dinero, poder, belleza.

Y así, van girando rápidamente. Y hoy suele ocurrir que adoramos a algo o alguien que dentro de un tiempo caerá. Y otro vendrá.

La anatomía de nuestro sistema nervioso adopta una estructura especial destinada al sostén de nuestros ídolos. La neuropsicóloga Jessica Andrews-Hanna, de la Universidad de Arizona, se refiere al “modo por defecto” de funcionamiento de nuestro cerebro. Sería algo así como una red que funciona de manera paralela a las actividades cognitivas y que se encarga del pensamiento prospectivo y del ensimismamiento. Sería todo aquello que nos ocupa en segundo plano cuando estamos realizando una actividad.

La base de este modo de funcionamiento está en las creencias y en aquellas características puestas en valor por cada uno de nosotros.

En definitiva, el creer en un líder funciona como espejo de aquellas cualidades que valoramos. Los psicólogos Fiona Grant y Michael Hogg apoyan la teoría de que, a mayor autoestima, más cerca se siente el sujeto de lograr esos ideales.

Somos una unión inquebrantable entre cuerpo y mente. Y, más allá de preocuparnos por las neuronas y la química de nuestro cerebro, tenemos que tener en claro que éste, además de razonar, pensar, sentir, necesita creer, necesita amar, necesita valorar. Porque nuestras creencias implican la forma en la que concebimos nuestro mundo y nuestras relaciones con los otros y con nosotros mismos.

Entonces, química cerebral, funciones cognitivas, autoestima, vínculos sociales, nos piden que creamos, nos reclaman líderes para identificarnos, para amar, para crecer y superarnos.

Por: Lic. Cecilia C. Ortiz / Neuropsicóloga / licceciortizm@gmail.com 

 

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