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Cosas de nenas, cosas de varones

¿Son diferentes los cerebros del hombre y la mujer? ¿Podemos decir que hay un cerebro masculino y uno femenino? Lee un poco más y enteráte.

"Ante Dios, todos somos igualmente sabios, e igualmente insensatos", A. Einstein

Un viejo proverbio anónimo reza: "no hay leyes, ni tradiciones ni reglas que se puedan aplicar universalmente, incluyendo esta". Así, en su momento se creía que sólo los hombres tenían intelecto para las ciencias exactas, y aparecieron Hipatia de Alejandría, Rosalind Franklin, Marie Curie, Jocelyn Bell y tantas otras. Se creía que la cocina era un don femenino, y vinieron el Gato Dumas, Francis Mallman y una larga lista de etcéteras a deslumbrarnos con sus platos. Decían que sólo los hombres tenían la capacidad de conducir autos como los dioses, y de repente Dorothy Levitt a principios del siglo pasado derribó el mito; tuvo varias seguidoras. 

Lejos del trillado preconcepto que dictaba que los varones debían jugar con autitos y las mujeres con muñecas, empezó a germinarse el concepto de que los cerebros de la mujer y el hombre eran anatómicamente diferentes. Esto sustentó, durante décadas, la idea de que las inteligencias eran distintas y, por ende, la capacidad de desarrollo social, inserción laboral y expectativas de género, también. 

Alberto Ferrús, doctor en Biología, opina que "si existe un ámbito tintado de intereses acientíficos, ése es el de las diferencias sexuales en el cerebro y el comportamiento".

Ferrús nos explica que nacemos con cerebros diferentes, pero que, además, la genética, las hormonas, las condiciones ambientales, la educación, también influyen modificando esas diferencias.

Sería casi como ocurre con nuestro cuerpo. Además de las diferencias anatómicas, las condiciones vitales también tienen su peso.

Sabemos que hay una diferencia de cromosomas entre ambos sexos. Los hombres tienen gen XY y la mujer XX. Esa diferencia se expresa también en la construcción de nuestro cerebro. Parte de esa genética viene de las modificaciones que fueron necesarias para que nuestros ancestros se adaptaran a las condiciones de vida. Por lo tanto, por selección natural, se ha continuado transmitiendo a las próximas generaciones.

Los machos del Pleistoceno tenían que cazar para traer comida. Para eso, debieron desarrollar un gran sentido de orientación y la capacidad de construir "mapas" mentales que les indicaran cómo llegar a sus presas. Las mujeres aseguraban la evolución de la especie cuidando a los bebés y el hogar. Para ello, debieron desarrollar orientación en distancias cortas mediante puntos de referencia. También desarrollaron la percepción de pequeños cambios en las conductas de sus bebés y en las de sus parejas, para captar posibles enfermedades. Por eso se habla del "sexto sentido" femenino, como esa capacidad de "detectar u oler" a lo lejos estados de ánimo o situaciones nuevas. Y por eso, también, está comprobado que al hombre le cuesta más leer las emociones en el otro y expresar las propias.

El hombre se ubica inmediatamente cuando le explican el modo de llegar a un lugar. Las mujeres nos orientamos mejor si nos dan puntos de referencia (por ejemplo, algún negocio o monumento).

El cerebro de la mujer posee muchas más conexiones a nivel del cuerpo calloso (estructura que une ambos hemisferios). Por este motivo, las mujeres podemos realizar dos o más tareas a la vez. Esto también es herencia, ya que nuestras predecesoras debían cuidar a las crías y realizar las tareas de la casa, por lo que desarrollaron más la atención dividida. El hombre tiene más facilidad para concentrarse en una sola actividad, es decir, para focalizar la atención.

Las mujeres tenemos más desarrollada el área del cerebro vinculada a la expresión del lenguaje. Así, las féminas podemos hablar un promedio de 20000 palabras al día, versus 13000 que generan los hombres. Del mismo modo, las mujeres hablamos más rápido y con un tono de voz más fuerte. Se cree que esto se debe a que nuestras antecesoras debían llamar a sus crías en ámbitos abiertos. Los hombres estaban más callados y hablaban en voz baja por sus tareas.

El cerebro del hombre está más lateralizado hacia el lóbulo izquierdo, con lo cual, hay más prevalencia de zurdos entre los machos.

Las mujeres tenemos un umbral más alto al dolor. Esto se debe a la necesidad de enfrentar el embarazo y el parto.

Las estructuras del sistema límbico son de mayor tamaño en la mujer, por lo que tenemos mejor acceso a las emociones. Los varones tienen las estructuras cerebrales vinculadas a la sexualidad y a la agresividad mejor desarrolladas. Esto también es adaptativo, y se relaciona con que el macho debía copular para mantener la especie y poder pelear para cuidar su territorio.

Como podemos ver, nuestros cerebros, así como nuestros cuerpos, son diferentes según el sexo, lo que nos facilita realizar ciertas tareas. Pero, como nuestro órgano superior es sumamente plástico, nos posibilita aprender aquellas labores para las cuales estamos genéticamente determinados.

Es cierto que, en nuestros días, los roles van cambiando. Esto, seguramente, hará que las conexiones neuronales se modifiquen, con lo que asistiremos a transformaciones en la estructura cerebral. Pero será un tema de evolución y selección natural, por lo que llevará muchas generaciones poder sopesar los cambios.

Por suerte, existen excepciones a toda regla, gracias a las cuales cada zapatero, además de sus zapatos, podrá atender otros rubros.

Lic. Cecilia C. Ortiz. Mat.: 1296 / licceciortiz@hotmail.com