Cuento sobre los "horneritos de Marly": La suerte de Vigil
Me había dicho que no sabía desde cuándo estaba ahí. Que lo había descubierto días atrás y le sacó una foto. Cuando me mostró la imagen en el celular, le pregunté cómo fue que lo vio. Caminando, me dijo el vecino. Qué buen observador, le sonreí. La verdad, yo paso cada dos por tres haciendo el mismo recorrido y nunca lo he notado. Me sorprende lo poco observadores que somos. Cuánto sucede a nuestro alrededor y se nos pasa por alto.
-
Te puede interesar
Accidentes en el hogar en adultos mayores: cómo prevenirlos
Gracias por mostrármelo, me despedí fingiendo naturalidad. Pero fui directo a la rotonda. Tenía que constatar si lo visto en la foto era real. ¡Y sí!
Mi abu solía contarme cuentos fantásticos y extraños. Yo los aceptaba sin cuestionamientos. La forma de contar propia de ella, sonaba a un viaje hacia el fondo de los recuerdos de donde traía curiosidades pasadas.
Mi madre me decía que las historias de la abuela eran invento y que era pícara al dejarlas como sin final. Pero la mirada de mi abu siempre fue más convincente.
La vereda ancha, los árboles al costado llegaban a formar un bosque casi impenetrable, describía cierta vez. Giré por una pequeña calle, para abandonarla enseguida y tomar un sendero extraviado ya de mi memoria. Sí, entonces debí tener la misma edad que vos. Yo abría los ojos grandes. Después de varios años, volví. Al principio, me pareció que el pasadizo no conducía a los mismos árboles porque las piedras estaban situadas de otro modo. Sin embargo, unos metros adelante, reconocí a aquellos troncos. Varios anillos más viejos, las costras un poco más descascaradas, un par de corazones intrusos con nombres tallados, pero eran ellos, los sabios árboles custodios de los secretos del Parque. Estos atalayas aún pasan desapercibidos en la multitud de verdes, incluso para los rayos de las tormentas fuertes, seguía contándome. No precisan de agua, aunque se alegran cuando el manto les ofrece un masaje de raíz. Mi abu aseguraba que esos árboles le habían rebelado historias de secretos y encantamientos.
Me puse a investigar en internet pero no encontré nada donde apareciera el descubrimiento del vecino. Remodelaciones en la calle principal, últimas fiestas de la Vendimia, la batea bus que recorre el parque, lugares históricos, toda la información en la red. Nada.A nadie le parecía algo que tuviera trascendencia. Quizá unos pocos lo hayan visto, pensé. Y pensé qué habrían pensado.
No dormí bien la noche del suceso de la foto. Se repetían en mi mente las crines inmóviles del caballo rozando el viento, el brazo derecho del hombre sujetando las riendas invisibles del animal, la fuerza retenida en las dos patas de atrás, y sobre la frente del corcel, la ocurrente casa de barro.
Hace años, mi abu me había contado de la suerte de Vigil.
Vigil fue el sultán quien había encargado fabricar los portonesque hoy están en el Parque San Martín. Una mala pasada del destino y los perdió. Cierta hechicera le otorgó el don o la maldición, de reencarnarse novecientas noventa y nueve veces en diversas aves. Con el número de vidas pautado, uno antes del mil, y siempre en estado de ave, Vigil tenía que encontrar aquellos portones donde edificar su vivienda sin que ninguna persona la fuera a destruir. La hechicera le aclaró que el mundo tendría oportunidad de aprender la paz si lograba esa misión. El sultán, enfurecido por lo que la bruja le había impuesto,(¡Le parecía imposible!) Graznó como cuervo y enseguida murió de rabia. Renació en ibis, ave sagrada del antiguo Egipto que simbolizaba poder de dioses y emperadores. El sultán se fijó en el largo pico y las alas cortas de su nueva forma y se alejó meditabundo por una huella desconocida. Moría y renacía. En quetzal, en pavo real, en gorrión. Faisán, colibrí, alondra, cisne, lechuza, pingüino. El sultán tendría que construir el hogar donde estuvieran los portones y así crear la posibilidad de un mundo sin guerras. Vigil lloró con ojos de paloma. Se consoló cantando como ruiseñor. Tomó coraje águila, pero al morir en gaviota, la secuencia de pájaros se hundió en un profundo misterio.
De pronto mi abu se quedaba en un silencio que también era un misterio para mí. Las historias no parecían terminar cuando callaba. ¿Y, abu? Esperaba yo. Suavemente mi mamá me decía al oído que dejara descansar a la abuela.
Con el tiempo, ausente la vieja, creciendo yo, los relatos fueron adormeciéndose sin querer; hasta aquel día de la foto y mi visita al caballito de Marly en la rotonda. Desde esa misma noche en adelante, un susurro familiar teje la materia de mis sueños.
Sabiendo de algún modo que mi abu había encontrado una nueva forma de continuar las historias, desperté feliz con un remolino de pájaros en los ojos.
Entonces lo supe: Vigil ha nacido su última vida en el huevo de un hornero. Ha sobrevolado la provincia de Mendoza hasta encontrar los portones. Hábil constructor como todo hornero, ha forjado la morada sobre la frente de un caballo de piedra. Encima de una pilastra la escultura de mármol parece coronada por el ingenio.
Palacio de paja y de lodo, ¿y si tu destino fuese el destino del mundo?
Confieso que la idea de no llegar a ver la casa del hornero me inquieta. Ojalánadie la destruya. Me parece a la vez tan expuesta como escondida. Claudia Bertini