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La prosopagnosia o ceguera de las caras: ¿te ha pasado?

Afecta a 1 de cada 50 personas. Se la consideraba una afección rara, pero hay más casos de los que se piensa. ¿De qué se trata? Mirá esta nota...

En la novela, la pareja se reencuentra después de muchos años, se reconocen, se besan y...final feliz. Pero, ¿qué pasaría si uno de los dos tratara al otro como si nunca lo hubiera visto?

Uno de los reconocimientos más difíciles de lograr es el de rostros humanos. Será por eso que nuestro cerebro posee un área especial dedicada a esa tarea. Cuando yo capto dos ojos, una nariz y una boca concluyo que eso es una cara, luego emparejo esa cara con mi archivo en el cerebro y le doy un nombre.

Pero paralelamente, mi cerebro está barajando mucha más información. Las caras son elementos dinámicos, es decir, de acuerdo a la forma que adopten sus partes, obtenemos datos acerca de si esa persona está triste, cansada o contenta.

También pasa que podemos continuar reconociendo a una persona mayor en una foto de cuando era joven o si hay algún cambio (si se corta el pelo o se deja la barba, por ejemplo). Esto significa que en nuestro depósito guardamos una especie de patrón que nos indica que determinados ojos, determinada boca y nariz corresponden a "esa" persona.

Corría la segunda guerra mundial. Las enfermerías estaban atestadas de soldados heridos. El médico Joachim Bodamer atendía en una de las tiendas y socorría a muchos soldados. Uno particularmente, llamó su atención. Estaba internado desde hacía semanas por una herida de bala en la cabeza. El paciente lo veía a él y a las enfermeras a diario. Pero cada día los saludaba como si fuera la primera vez que se los cruzaba. Bodamer descubrió que el hombre no tenía dificultad para percibir; lo que parecía estar alterada era su capacidad de reconocer caras.

Así acuñó, en el año 1947, el término prosopagnosia (del griego prosopon= cara y agnosia= desconocer), para designar "la interrupción selectiva de la percepción de rostros, tanto del propio como del de los demás, quienes pueden ser vistos, pero no reconocidos".

Así, si bien los pacientes afectados con este déficit pueden percibir las partes y determinar que son caras, no pueden emparejar esa cara con un nombre, es decir, no pueden asignarles una identidad determinada. Esto puede ocurrir con otras personas, pero también consigo mismos: hay personas que no se reconocen cuando se miran al espejo.

La causa de esta alteración puede ser adquirida (la más común), como el daño cerebral (secundario a demencia, ACV, tumor, traumatismo de cráneo, infección), o congénita (es decir, desde el nacimiento). En cualquiera, se altera el flujo de información entre la corteza visual y la corteza frontal inferior.

Desde luego, la prosopagnosia genera un fuerte impacto en el desenvolvimiento social. Hay pacientes que pueden desarrollar estrategias para continuar con sus vidas y hay quienes prefieren aislarse. De más está decir que la segunda opción resulta ser la menos feliz. Mientras que en la primera el paciente puede estimular su cerebro, en la segunda, se agrava la sintomatología neurológica, a la que se le suele sumar depresión, ansiedad, fobias, etc.

Actualmente se está investigando mucho sobre este tema. Hay pacientes, sobre todo los que han nacido con este déficit, que no son diagnosticados porque, al vivir con él, no consultan, pensando que es la forma habitual de percibir.

Si bien no hay cura ni tratamiento formal, se trabaja desde la implementación de estrategias compensatorias que ayuden al paciente a desenvolverse eficientemente en su medio, por ejemplo, reconocer a través de ropa, olores, tonos de voz, etc.

También se trabaja con los familiares y allegados, enseñando recursos para facilitar el reconocimiento en su ser querido.

Y, si, al final podría pasar que un protagonista no reconozca al otro, en ese caso, éste último podrá utilizar señales que posibiliten que sea reconocido. Así, la historia puede tener, igualmente, un final feliz.

Lic. Cecilia C. Ortiz / Mat.: 1296 / licceciortiz@hotmail.com