ver más

El ocaso de los hombres

Aquí me siento verdaderamente a gusto; como si me hallase en un lugar recóndito, desconocido por completo para el resto.

No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente. Virginia Woolf.

------------------------------------------

- Aquí me siento verdaderamente a gusto; como si me hallase en un lugar recóndito, desconocido por completo para el resto. Las más de las veces, la estancia en este lugar, surte un efecto que resulta por demás benéfico para mi persona; por un lado, aclara el panorama de mis pensamientos, y a su vez, me permite serenarme conmigo mismo. Creo que estarás de acuerdo en que no existe lugar más provechoso que este para meditar hondamente, y armonizar con aquella soledad tan necesaria que reclama nuestra presencia de a ratos. -se expresó el viejo y ermitaño Nicanor.

- Debo confesar que es uno de aquellos lugares que sólo se conciben en sueños. Y a decir verdad, creo que el hecho de poder disfrutar de un lugar como este, lo renueva a uno espiritualmente. Nada como intentar subsanar aquellos puntos resquebrajados del espíritu, en comunión con uno mismo. -repuso su amigo F., que hubo arribado del norte de Inglaterra recientemente.

- Estoy de acuerdo contigo. Cuando nos hallamos bajo el influjo de todas aquellas vastedades que la naturaleza tiene para ofrecernos, las demás cosas que se yerguen a nuestro alrededor, pierden su fuerza sin más, y por ende, su grado de importancia. Y el asunto no concluye allí; un profuso sentimiento de regocijo, ligado al efecto que nos produce todo cuanto acontece, nos desborda de tal modo que, por más que nos empeñemos por retrotraernos al estado inicial en que nos hallábamos, no lo logramos, lo cual conlleva un fortuito proceso de asimilación del que nada sabemos. -dijo con grandilocuencia Nicanor.

- A mi modo de ver las cosas, todo se reduce a los hechos; y como nadie se halla exento de los mismos, llegado el momento, quiérase o no, la voluntad se quebranta, y al punto, termina por abdicar. Lo cierto es que, ante los hechos que se nos presentan en la vida, sean éstos desgraciados o venturosos, sólo poseemos una cuota de libertad para decidir el alcance que han de tener los mismos. -se mostró firme su amigo.

- Dispénsame, amigo mío, pero creo que el raigón del asunto estriba en poder discernir que, todo aquel acervo decisional que vamos adquiriendo con el paso del tiempo, nunca es suficiente para dar con una verdadera manifestación de lo que conocemos como libertad.En términos más amistosos: el libre albedrío es, por antonomasia, el grado de libertad que se propugna conseguir. -rebatió al punto Nicanor.

- Puede que haya algo de cierto en lo que acabas de argumentar; no obstante ello, y con el único propósito de ser lo más franco posible, debo admitir que mi concepción de lo que comúnmente se entiende por libertad, dista de parecerse en lo fundamental a aquella que promueves. En este sentido, existen, o al menos considero que existen, dos maneras de encauzar aquello que tú llamas libre albedrío: sabernos conscientes de que nos hallamos enraizados en las bases más primigenias de su edificación, y aceptar dicho estado de cosas; o bien, forjarnos la idea, a base de un notabilísimo esfuerzo, de que todo cuanto se cierne y nos afecta en lo personal, no es más que la resultante de una abocada determinación, a saber, de nuestra máxima voluntad. -opinó F.

- Comprendo, e incluso, dicha observación me parece en alto grado meritoria; pero en lo que a mí concierne, el hombre no puede proclamarse libre del todo, puesto que para ello, es necesario haberse librado de las ataduras internas más arraigadas y subyugantes, y no son muchos los que alguna vez han podido conseguirlo. Dicho cometido, adquiere mayores dificultades cuando insistimos en alcanzar un aparente estado de libertad, prescindiendo de aquella insoslayable transformación interna que, de una u otra manera, ha de conducirnos a ella.

- Pero dichas ataduras han de estar siempre presentes, a menos que se llegue a entrever que la libertad no perece ni se agota con el simple hecho de que otros procuren extinguirla o deformarla en su sustancia. Es asequible pensar que, dadas las circunstancias de tal o cual individuo, a una mayor censura de sus actos,le es atribuible un menor grado de correspondencia en lo que a su poder de decisión respecta. Siendo esto así, se deriva que el acto que no se consagra por encontrarse vedado,propende a minar nuestra voluntad, y por consecuente, todo esfuerzo por librarnos de las ataduras internas resulta vano.

- Puede que se encuentren siempre presentes, y que entorpezcan nuestro propósito de asirnos a una libertad ideal o deseada, pero no es menos cierto aun, que todo cuanto se aúna para alejarnos de nuestro fin, en algún punto, puede resultar ser aquello que nos introduzca al fondo del asunto en cuestión.

- ¿Cómo se explica entonces, el hecho de que unos detenten un mayor grado de libertad que otros? -inquirió F.

- Lo que a un hombre le falta, al otro le es otorgado en abundancia.De allí resulta el origen de todos los males que lo afectan. Aquel que se vanagloria de su heredad, no es más malsano que aquel otro que intenta apoderarse de los bienes del primero; y para resarcir el acopio de uno y la escasez del otro, es obligación que ambas partes cedan en su accionar, sino voluntariamente, al menos en beneficio propio, de lo contrario, cada cual se encontrará en la posición más miserable, en lo que a su patrimonio interno se refiere. -dijo impasible Nicanor.

- ¡El ocaso de los hombres! ¡Allí lo tienes, no dejes que se nos escape, mi buen amigo! Contémplalo como la mayor de las virtudes. No sabemos si será el primero o el último que verán nuestros ojos, pues nos encontramos a merced de una vida tan frágil como el agua, y tan impredecible como el cielo. -y así ambos alzaron su vista hacia el punto más alto del ocaso.

Manuel Arias