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Alta Performance y Calidad de Vida: Del miedo y otros demonios

¿Quién no ha sentido miedo alguna vez al comenzar un proyecto? Estamos rodeados de condicionamientos propios, aprendidos y heredados.

 Gabriel García Márquez dice en el prólogo a sus “Doce cuentos peregrinos”: Un cuento fragua o no fragua, en el sentido que en el fascinante arte de escribir uno puede dar vueltas a determinado tema, pero si no hay una natural fluidez al comienzo, difícilmente las líneas esbozadas lleguen a convertirse en un ente que tenga comienzo, desarrollo y fin. Y ya que cito a ese genial narrador, no es mi intención escribir un cuento pero se me hicieron presentes esas palabras cuando estaba dando vueltas a un asunto que, finalmente, no fraguó.

Existe un término en la psicología al que tengo especial afecto: evocación, que es la representación en la memoria de algo percibido, vivido o conocido en el pasado. Mientras trataba de escribir, no sé cuál fue el disparador que me llevó a recordar una de las películas de Star Wars donde Yoda habla del miedo y lo considera el origen de otras emociones que podemos catalogar como densas. Independientemente de que estemos o no de acuerdo, mi interés en este artículo es hablar del miedo en uno de sus aspectos: el que nos impide dirigirnos al plano de la acción.

¿Quién no ha sentido miedo alguna vez al comenzar un proyecto? Estamos rodeados de condicionamientos propios, aprendidos y heredados, que pueden significar viento a favor o en contra en cualquier situación. Y, como seres sociales que somos, nos exponemos en mayor o menor medida a la opinión de los demás.

Imaginemos situaciones hipotéticas: ¿cuál fue la opinión de sus padres cuando decidió estudiar una carrera no convencional? ¿Y la de sus amigos? ¿O cuando comenzó un proyecto laboral nuevo dejando atrás otro que parecía mucho más promisorio? ¿Cuál fue la sensación inicial al proponerse realizar algo desconocido y que no aprobaban sus seres próximos? Cuento con la fortuna de conocer a muchas personas, de distintos estratos sociales y culturales, con formación académica diferente y con los más divergentes pensamientos, gustos y actividades. Y en esa maravillosa heterogeneidad sé de muchas a quienes el miedo de embarcarse en aguas extrañas los paraliza y optan por permanecer a salvo, cerca del puerto o en mares ya conocidos.

Mi abuela solía decir “el miedo no es tonto”, señalando cómo esa emoción debía ser escuchada, ya que nos preservaba de lo perjudicial. Y tomo un poco eso como una línea divisoria de generaciones: mis abuelos se respaldaban en cosas seguras para ellos y sus hijos, y las pocas veces que se aventuraron no tuvieron éxito. (En mi opinión, ese resultado se debió a la timidez con que habían encarado el proyecto.)

Apelo en este punto a un nuevo concepto: el autoestudio. Quiero escapar al esnobismo y no citar la famosa zona de confort. Pero el hilo del asunto va por ahí. Si no está a gusto con lo que realiza (trabajo, estudio, profesión, amistades, etc.), acuda a la autoobservación. Ya no se siente cómodo ni del todo satisfecho en su trabajo, y justo aparece una oportunidad. Pero el miedo al cambio es mayor y ¡zas!, prefiere quedarse con lo ya conocido y dominado, convenciéndose a sí mismo de la seguridad (falsa, por cierto) que le da su empleo.

Por favor, lea con atención. ¡No es cuestión de renunciar ahora mismo! Son ejemplos de cómo el miedo puede llevarnos a la inacción. Entiendo que lo más importante, al momento de enfrentar algo nuevo, es la convicción, determinación y pasión que pongamos en juego. 

  Por Marcela Heras Emprendedora del Método DeRose Mendoza