Padres y madres, ¿el otro mal de la educación?
“¿Sabés cuál es la pata educativa que todavía no tocamos?”, le pregunto al director. “¿Cuál es?”, me repregunta (mirándome con cara de estar pensando “a ver con qué me sale este ahora...”). “Los padres”, le digo. “¿Cómo es eso?”, me pregunta, y como yo adivinaba que eso era lo que me iba a responder, le explico: “Los padres y las madres, que también son parte de la comunidad educativa, y están los que no van nunca a la escuela o los que están todos los días ahí rompiendo...”. “Está bien, hacelo”, y ahí concluye el diálogo, momento en el cual, de inmediato, tengo la sensación de que puedo arrepentirme de haber propuesto esto.
¿Por qué escribir en primera persona sobre los padres y las madres y su incumbencia en la escuela? Porque soy padre de dos hijos, uno que ya va a la secundaria y otro que aún está en la primaria, y creo que no he sido uno de esos padres molestos que cuestionan a los docentes ni tampoco me he comportado como uno de esos adultos que dejan a sus hijos en la puerta de las escuelas y hasta allí llega su compromiso. En definitiva, no puedo ser yo quien evalúe esto.
También se me hace necesario escribir en primera persona para que quede claro que a los padres y madres a los que me referiré en este artículo no son todos (a ver, de nuevo, que quede claro: no son todos), y cada uno de los lectores sabrá si le cabe el poncho o no.
Y por último, es necesario escribir en primera persona para que si alguna vez me he comportado como los padres y madres que describiremos a continuación, los docentes afectados me lo hagan saber; mi correo laboral es afrias@mdzol.com.
Los progenitores y la escuela
En la actualidad, el compromiso de padres y madres con la escuela y la educación de sus hijos tiene tantas variables que sería casi imposible explayarse sobre todas ellas en un artículo periodístico. La complejidad de los tiempos que corren hace que, en la mayoría de los casos, tanto padres como madres trabajen, con lo que los chicos ya no cuentan con un adulto que los acompañe en la realización de tareas con la misma asiduidad con la que contábamos los de las generaciones anteriores.
Más de un especialista y muchos textos que analizan esto hacen referencia a una culpa compartida socialmente de parte de los progenitores, lo que en múltiples ocasiones se traduce como una suerte de compensación material de los niños y adolescentes, tratando de cubrir de esa manera el tiempo que no se comparte.
Y si uno escucha a los progenitores, puede escuchar versiones variables sobre la forma en la que ayudan a sus hijos en la escuela, pero también pueden encontrarse casos en los que los padres y las madres aseguran que no les pueden ayudar a los niños porque el método de enseñanza no es el mismo con el que ellos aprendieron.
Si a eso le agregamos que los chicos manejan mucha información (por lo general, con un procesamiento inadecuado), entonces los adultos tienen razón al sentirse distantes de las nuevas generaciones, y cuando todas estas razones se conjugan, el resultado es que hay muchos alumnos, tanto de primaria como de secundaria, que avanzan sin mucha ayuda de la familia.
Es un problema es complejo, pero, antes que asustarse, lo más adecuado sería buscar estrategias que, sin alterar las responsabilidades de cada integrante de la familia dentro y fuera del hogar, se encaminen a un mejor acompañamiento de los alumnos.
Hay otro modelo de padres y relación con la escuela que tiene que ver con aquellos adultos que asisten a las reuniones, se hacen el tiempo para acompañar a sus hijos con las tareas y aportan cuando son reclamados por los docentes o por los directivos.
Pero también hay un modelo de padre que se podría considerar casi histórico, porque todos los que hemos pasado por el sistema educativo los hemos visto y hasta hemos tenido noticias de ellos, cuando no los hemos sufrido. Se trata de esos padres que están de manera permanente en la escuela (en la puerta de la escuela, por lo general), que se especializan en opinar hasta de lo que no saben y que pretenden participar en la educación de sus hijos activamente... pero mal.
Son adultos que con sus actitudes no aportan mucho, al contrario, hacen ruido muchas veces, además de que, por supuesto, no aportan al verdadero debate sobre educación.
Los progenitores en la puerta de la escuela
Silvia da clases en una escuela de Ciudad. Alicia está a cargo de un sexto grado en Guaymallén. Mónica trabaja desde que se recibió en Luján. Todas ellas son docentes de primaria, y cuando oyeron que desde el diario andábamos buscando docentes que nos contaran experiencias con los padres, aceptaron que las llamáramos por teléfono para conversar sobre el tema.
En cuanto uno les pregunta sobre esto, de inmediato hacen referencia a los grupos de madres que se reúnen en la puerta de la escuela a la entrada y a la salida del turno. En esos corros delante de los colegios surgen corrillos y chusmeríos que no sólo involucran a los docentes, sino también a otros padres y madres.
“Son terribles”, dice Alicia, “si te les cruzás, te hacen la cruz”. “Yo una vez me enteré de que me iba de la escuela de cambio de funciones gracias a una madre que vino y me preguntó qué iba a pasar cuando me fuera. Por supuesto que no me iba a ningún lado, alguna de las madres había escuchado algo y de ahí se inventaron toda la historia”, recuerda Mónica.
Estos grupos no sólo se dedican a chusmear sobre los docentes, sino que, por ser generalmente cerrados y muy chicos, también se encargan de estigmatizar a chicos compañeros de sus hijos, cuando no a los padres de estos.
Personalmente, he conocido casos en los que a determinados alumnos sus compañeritos no les pasaban las tareas cuando faltaban, por decisión de estos grupos que se reúnen en las puertas de las escuelas.
Los progenitores en el aula
“Hace poco, fui testigo de un grupo de padres que quería imponer el uso de un manual a la maestra”, le digo a Alicia por teléfono. Ella se ríe y dice: “Yo fui testigo de un caso al revés. Quisieron que una compañera no usara el manual que había elegido. Un grupo de padres no lo compró y cuando la maestra les preguntó qué pasaba, dijeron que no querían usar ese libro así que no lo iban a comprar”. “¿Y qué pasó?”, le pregunto. “Nada, lo terminaron comprando, porque la maestra se puso firme”, cierra la docente.
Cuando los padres quieren intervenir en lo que sucede en el aula, cuestionan métodos sin saber de pedagogía; se quejan si los docentes les dan mucha tarea en casa a los chicos y se quejan si les dan poca; a principio de año les dicen a los docentes que tengan “cortitos” a sus hijos, pero en cuanto les llaman la atención van a la dirección a quejarse por la actitud del docente; no respetan las normas de convivencia que sus hijos firmaron y dejan que estos vayan con, por ejemplo, celular a la escuela...
“El primer año que di clases, imaginate, yo recién me recibía, tenía un segundo grado y les tenía un miedo a los padres, y viene un día una madre y me dice 'nena, mi hijo más grande en segundo vio las tablas hasta la del cinco'. Voy y le pregunto a la directora y me dice que estaba loca, que las tablas en segundo ni se veían. Entonces, cuando vuelvo a ver a la madre, le digo que había hablado con la directora y que las tablas en segundo no se veían, y me respondió que me lo había dicho porque a su hija le daba para aprender las tablas, entonces quería que las enseñáramos en segundo”, recuerda Silvia.
Los progenitores en la casa
Pero queda un tercer ámbito en el que los docentes intervienen en la escuela sin siquiera estar en la puerta o en el aula: la casa.
“Vos imaginate la imagen que el chico puede tener de su maestra si la madre se la pasa diciendo que es una inútil. La pérdida del respeto a los docentes viene por ahí”, dice Silvia.
La pérdida del respeto a los docentes tiene mucho que ver con la desvalorización del conocimiento en la sociedad, pero seguramente hay mucho de lo que dice esta docente.
Imaginemos por un momento a un infante expuesto a lo que dicen sus padres sobre los docentes, los compañeros o los padres de sus compañeros. Además de expresiones que se repiten en las aulas y en los recreos, hay actitudes que se replican de parte de los chicos.
“Yo he dicho varias veces en reuniones de padres que no hablen delante de sus hijos, pero les entra por un oído y les sale por otro”, sostiene Alicia, quien a continuación se ríe y dice: “Mirá, yo no soy exactamente flaquita, al contrario, bastante rellenita estoy, así que me imagino que en algunas casas seré la gorda... y ponele a continuación lo que quieras”.
Los progenitores, como la mayoría de los integrantes de la comunidad educativa, viven un tiempo de incertidumbres respecto de la escuela. Seguramente no faltarán ejemplos de casos como los que expusimos, además de otras variables que no han sido abordadas en este artículo, pero algo es seguro: cuando, como padres, pretendemos ir más allá de lo que nos corresponde en la educación escolarizada, lo más probable es que metamos la pata.
Alejandro Frias