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Aprender a ser más tolerantes
¿Cómo lograr el punto de equilibrio entre lo que a uno le gusta o espera de los otros y lo que ellos son y están capacitados para hacer o dar?
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Por Natalia Aramburú, directora de la sede Mendoza del Método DeRose.
¿Cuántas veces nos quejamos de diversas situaciones o circunstancias de la vida? Del clima, del tránsito, del gobierno, del vecino, de la ciudad, de los servicios, del trabajo, del estudio, etc. Pero principalmente, ¿cuántas veces nos molestamos o irritamos a causa de una característica o manera de ser de alguna persona?
Así como todos criticamos con frecuencia -mental o verbalmente- actitudes de nuestro jefe, compañero de trabajo, empleado, amigo, hermanos, padres, hijos, pareja, etc., seguramente ellos también tendrán sus críticas respecto a nuestro comportamiento, carácter o personalidad. Tal vez sería más inteligente y menos desgastante aprender a ser más tolerantes, y que la felicidad y estabilidad emocional no dependieran tanto de circunstancias externas sino de algo más profundo que solo concierne a cada uno. Ejercitar la tolerancia, sí, pero obviamente sin caer por eso en la sumisión a los deseos de los demás.
¿Cómo lograr el punto de equilibrio entre lo que a uno le gusta o espera de los otros y lo que ellos son y están capacitados para hacer o dar?
Podríamos comenzar observando qué cosas nos generan intolerancia o irritación, y analizarlas para descubrir si son tan graves. Este ejercicio es interesante, ya que nos permite comprender que a veces nos alteramos por cuestiones que objetivamente no tienen tanta importancia, y que tal vez puestas en una balanza con otras que son más graves, pierden ese poder de modificar nuestro estado de ánimo y nuestro humor. Es una cuestión de autoestudio.
Por ejemplo: si nos molesta algún aspecto de nuestra pareja, sería muy saludable -además de tener una buena comunicación y ver la posibilidad de que el otro mejore específicamente en ello- tratar de descubrir si es tan grave aquello que nos genera inestabilidad, procurar ser más tolerantes y lograr desde lo más profundo que esas cosas realmente no nos afecten. Al fin y al cabo es por propia eleción que estamos junto a ese compañero.
¿Cómo lograr el punto de equilibrio entre lo que a uno le gusta o espera de los otros y lo que ellos son y están capacitados para hacer o dar?
Podríamos comenzar observando qué cosas nos generan intolerancia o irritación, y analizarlas para descubrir si son tan graves. Este ejercicio es interesante, ya que nos permite comprender que a veces nos alteramos por cuestiones que objetivamente no tienen tanta importancia, y que tal vez puestas en una balanza con otras que son más graves, pierden ese poder de modificar nuestro estado de ánimo y nuestro humor. Es una cuestión de autoestudio.
Por ejemplo: si nos molesta algún aspecto de nuestra pareja, sería muy saludable -además de tener una buena comunicación y ver la posibilidad de que el otro mejore específicamente en ello- tratar de descubrir si es tan grave aquello que nos genera inestabilidad, procurar ser más tolerantes y lograr desde lo más profundo que esas cosas realmente no nos afecten. Al fin y al cabo es por propia eleción que estamos junto a ese compañero.
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Algo común en las parejas es que al convivir descubran diferencias de criterio en cosas simples, desde la decoración de la casa hasta cómo ordenar la heladera, cómo usar la pasta dental, dónde dejar la toalla mojada, si tener televisión o no... En algunos casos, estas diferencias terminan generando discusiones absurdas y hasta peleas o distanciamiento. Todo sería mucho más fácil si cada ser humano se propusiera ser más flexible y adaptable.
Si aplicamos esto en nuestros pequeños círculos, tendremos relaciones humanas mucho más fluidas, por el simple hecho de no querer caprichosamente que todos sean como deseamos. Esa actitud más flexible y tolerante se irá ampliando a más ámbitos y personas, y nos tornaremos más sociables, menos pre-juiciosos respecto a las “diferencias” con los demás, aceptando que todos tenemos “defectos” y cometemos errores, pero también somos capaces de cambiar y mejorar. Independientemente de la raza, religión, nacionalidad, orientación sexual o política, somos humanos y como tales deberíamos aceptarnos amorosamente unos a otros.
En palabras del escritor DeRose: La solución no es reclamar por las personas y las circunstancias para intentar cambiarlas, sino educarse a sí mismo para adaptarse. La actitud correcta es dejar de querer infantilmente que las cosas se modifiquen para satisfacer el propio ego, y modificarse a sí mismo para adaptarse a la realidad. Eso es madurez.