La Madera, minutos después del crimen: una zona en estado de silencio
Un Chevrolet Astra color negro inquietó, al caer la noche a los vecinos del barrio La Madera, un enclave de clase media trabajadora ubicado entre el barrio Unimev y el hipermercado Carrefour, en la zona más densamente poblada del Gran Mendoza.
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“Lo vimos parado en la esquina de Adolfo Calle y Pierandrei y pensamos que querían asaltar al kiosco de la esquina. Nos metimos a nuestro negocio, cerramos todo y nos llamamos con los vecinos. Después el auto se fue, no lo vimos más”, comentó un comerciante que advirtió, en medio del silencio de la noche, que “ni por las tapas se te ocurra dar pelos y señales de quién soy ni de dónde vivo”.
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Tiene un comercio en la zona y, asegura, no es la primera vez que sufre un asalto. “Lo de siempre”, se resigna. Pero de inmediato asegura: “Lo de hoy, no tiene nombre”. Se refiere al asesinato de la vecina de María Lourdes Gordillo de Croce, de 52 años, empleada del Banco Nación y madre de dos hijos mayores de edad.
No hay balizas de móviles policiales que delaten el sitio preciso, ni algún grupo de personas que permitan saber “allí es” el sitio del homicidio. En cada esquina, grupos de entre cuatro y ocho vecinos, con las mujeres colgadas de los brazos de sus maridos, que las sostienen con las manos en los bolsillos, con caras circunspectas, analizan lo sucedido.
Los pasos de un policía que taconea y tropieza, mientras avanza por Pierandrei para girar en Juan Gualberto Godoy dejan en evidencia la inmensidad del silencio. Hay bronca, pero nadie lo grita, como tampoco se manifiesta en forma audible el cúmulo de sentimientos que se agolpan en la zona: dolor, miedo, incertidumbre. El silencio es absoluto. La mujer ya no está tendida en el suelo con el balazo que le produjo el sangrado mortal, pero todo el barrio, una hora después del estruendo (algún vecino nos dirá luego que sintió “dos detonaciones”), la está velando.
Es allí, en la calle Godoy en donde se amontonan los móviles policiales y judiciales, escondidos en el medio de una cuadra oscura y en la que se advierte una aglomeración muda de vecinos que se abrazan y gesticulan: unos, como preguntándose los cómo y los porqués; otros, sosteniéndose el mentón mientras intentan, con los ojos largos, ver qué pasa en la zona cercada, la escena del crimen.
“Fue tremendo. Yo, cuando la vi tendida en el suelo y desangrándose, le puse un toallón para tratar de parar… pero no… La ambulancia se la llevó de aquí con el último hilo de vida. Yo creo que no llegó viva al hospital. Con su hijo de 28 años tratamos de sostenerla pero no… no…”, le cuenta a la periodista Danila Bragagnini la vecina que llegó primero tras ver cómo escapaban los atacantes por calle Talcahuano, la misma por la que miles de personas, todos los días, sin sospechar que allí pudiera suceder algo así, acceden al Acceso Este para encarar sus actividades cotidianas.
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Unos vecinos que están parados en la esquina de Cabrera y Pierandrei, a una cuadra del lugar, lanzan las primeras hipótesis:
- “Le quisieron robar el auto; hacía poco que se lo había comprado”, dice un padre de familia joven a quien se le enreda un hijo en la pierna.
- “No sé, no sé, no sé”, se asume como desinformada una señora de alrededor de 50 años, la edad aproximada de la víctima. Aunque luego pensamos: “Tal vez no sea que no sepa sino que no lo puede creer”. Estado de shock.
- Daniel, que recién llega de trabajar durante todo el día, se encuentra con el panorama. “La verdad –dice- no la conocía, pero acá dicen que era una vecina normal y trabajadora. No nos vemos las caras nunca porque todos trabajamos durante todo el día. Me dicen que le quisieron robar”.
- Otra vecina, visiblemente nerviosa, se escabulle ocultando su rostro, como si anduviésemos con una de esas cámaras al hombro. Tiene “pánico”, dice. En realidad –explica una vez que se suelta- “yo sabía que un día iba a pasar algo así”. Se refiere a las muchas veces en que sufrieron robos y los vecinos, inconscientes pero movidos por el hartazgo, salieron a “asustar” a los cacos, pensando que “alguna vez” les responderían con un tiro.
Pero es Margarita, una vecina que no se llama así, pero que así la llamamos porque quería hablar pero no aparecer, quien da datos. “Ella llegaba en su auto. La estaban esperando, estacionados un poco más adelante. Ella se bajó y también los tipos. Creemos que le quisieron quitar las llaves del auto. Las calles son angostas y si discutieron por otra cosa alguien habría escuchado. Un tipo disparó. Y eso es todo. Rápido y trágico”.
Sobre la medianoche y desde teléfonos lejanos al barrio había mucha interesada en que no se hablara de robo ni que la prensa se ocupara de señalar a la vecina asesinada a sangre fría en la puerta de su casa como tal. “está todo bajo investigación; ojo, no está todo dicho”. Todavía no sabemos qué quisieron que creyéramos/publicásemos/pensáramos. Pero por suerte (por desgracia, en realidad) estuvimos en el lugar y recogimos nuestras propias impresiones.
La justicia no ha hablado. Pero nadie puede refutar la primera impresión, esa que nos pasó por teléfono a la redacción de MDZ un vecino: “¡Por favor! ¡Le han disparado a una mujer en la puerta de su casa!”. Eso pasó. Y esa mujer, murió.