Presenta:

En cada instante, nuestro futuro inmediato y lejano

Muchas veces no nos atrevemos a cambiar por miedo, pero comenzar a entrenar cambios, aun pequeños, nos torna flexibles y nos prepara.
447991.jpg

Por Natalia Aramburú, directora de la sede Mendoza del Método DeRose 

Si existe algo llamado destino… ¿será inmutable ese destino? ¿O habrá alguna manera de modificarlo?

Para algunos el destino existe y es inamovible; para otros, existe pero en cierta medida es modificable. Según ciertas culturas y filosofías muy antiguas, hay una ley universal de causa y efecto que -tal como las leyes de la física- no resulta influida por las circunstancias o la época, sino que trasciende esas limitaciones y es aplicable en todo lugar. Conociéndola podemos ser más conscientes y dueños de nuestro destino, o al menos de gran parte de él.

Según esa ley, el destino es algo maleable que podemos modificar por medio de nuestras acciones, palabras y pensamientos. ¿Interesante, verdad? Desde este punto de vista es difícil evadir la responsabilidad de asumir que la forma en que actuamos, sentimos, pensamos y el tipo de vida que llevamos son consecuencia de una cadena de decisiones que hemos tomado y de acciones que venimos realizando desde hace tiempo. No obstante, también en cada momento presente estamos tejiendo nuestro futuro inmediato y distante.

Esta ley no determina que las acciones y sus consecuencias sean buenas o malas; esa lectura se la da la percepción de cada uno, bajo la influencia de la ley humana del momento y del lugar, o simplemente del punto de vista individual. Por ejemplo: una persona que llega tarde al aeropuerto y pierde el vuelo, piensa que la consecuencia de su acción es un hecho negativo; pero si luego el avión tiene un accidente, pensará que el efecto de su demora fue positivo, pues aún sigue con vida.

 

Lo interesante de esta ley de causa y efecto es que nos da la posibilidad de aprender y -lo más importante- de cambiar. Si observamos cómo fue nuestra vida hasta ahora en distintos aspectos (familiares, económicos, sociales, profesionales, afectivos, etc.) y tenemos, por ejemplo, entre 25 y 45 años, es muy probable que la tendencia siga siendo la misma o muy similar salvo que decidamos modificar algo. Podemos cambiar aquellos aspectos que no nos gusten tanto o que simplemente queramos mejorar. Para eso es necesario tener madurez y no paralizarse pensando: “bueno, yo soy así”. El yo soy lo construimos diariamente y cualquier cambio, incluso si es pequeño, puede a largo plazo generar modificaciones muy grandes en nuestra vida. Podemos cambiar desde la marca de la pasta dental, hasta la forma en que dormimos, lo que comemos, lo que estudiamos, el trabajo, la ciudad donde vivimos, los grupos de amigos e incluso nuestra pareja… Eso sí, sólo si lo decidimos.

Muchas veces no nos atrevemos a cambiar por miedo, pero comenzar a entrenar cambios, al menos pequeños, nos torna más flexibles y nos prepara para adaptarnos a otras mudanzas que ya no dependan de nosotros y que, si estamos familiarizados con ellas, no nos resultarán para nada dramáticas.

De todas formas, es importante no irse al otro extremo y, por el afán de cambiar incesantemente, tornarnos personas inestables y sin convicciones. La propuesta es ser más conscientes de que nuestra vida depende en un gran porcentaje de nosotros mismos, y cada acción que decidamos llevar a cabo generará consecuencias inmediatas y futuras.