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Mano a mano con un abogado: ni de Dios ni del Diablo

Carlos Varela Álvarez, héroe y antihéroe en los casos más complejos. Las víctimas y los DDHH.

Cuando el primer hombre se dejó de hacer monerías, se puso de pie y le robó la mujer a su prójimo, otro debió actuar de abogado. Dicho de otro modo, desde que la humanidad tuvo la capacidad para entenderse víctima o victimario de alguna tragedia, otro, un tercero, actuó en defensa o en acusación.

Y Dios (o el Diablo, varían las versiones) llamó a esos "otros" como abogados.

En Mendoza sobran. Tanto, que la justicia cada tanto inventa nuevos juzgados con tal de que haya en qué entretenerlos. La sociedad, por otra parte, alimenta su proliferación: tenemos el pueblo que más litiga en el país, según los expertos.

Lo cierto es que todos tenemos derecho a ser defendidos. Lo tengo yo, mi vecino, mi compañero de trabajo, su esposa, la mía, el ladrón, el embustero, el cafiso, el cura; el culpable y el inocente y hasta el que, pareciendo pertenecer a la lista de estos últimos, acredita un prontuario digno de una película.

De paso, series televisivas y producciones cinematográficas han recaudado millones por hablar bien o mal de los abogados, en sus diversos roles: defensores, querellantes, jueces, fiscales, políticos o delincuentes.

Hay un abogado mendocino que no le hace asco a ningún caso. Él mismo es un caso digno de estudio: se reconoce abogado, siempre, lo que equivale a decir que está dispuesto a ejercer el derecho siempre que se sienta capaz de hacerlo.

Se llama Carlos Varela Álvarez, nacido en Chile de padre argentino, es argentino también por opción. Se exilió y vivió en Suecia por lo que representa, además, probablemente uno de los pocos vecinos de la zona que lee, escribe y hasta habla sueco.

Ese idioma no le ha servido aquí para mucho, salvo para continuar con la costumbre de leer los diarios de un país que lo recibió, en el que estudió y hasta en el que pudo haber sido otra cosa en lugar de abogado: "sociólogo o periodista", dice.

Hoy es héroe y antihéroe. En Tucumán lleva el caso Marita Verón, la chica desaparecida en manos de las redes de trata de personas. En Buenos Aires, defiende de las acusaciones de pagar coimas a los senadores al ex ministro de Trabajo, Alberto Flamarique. En el Norte es un héroe. En el caso de la "Banelco", aparece como todo lo contrario.

No le escapa a la calificación de "abogado de Derechos Humanos", pero tampoco se esconde a la hora de evaluar por qué una porción de la sociedad está peleada con ese rubro del derecho. Una charla extensa, pero interesante. Un mano a mano con el abogado de Dios y del Diablo.

En lugar de café aceptó agua. El "ablande" antes de los temas duros empezaron por su persona, su formación y su pasado:

- ¿Qué otra cosa le gustaría haber estudiado?

- Sociología o periodismo.

- ¿Sí? ¿Se hubiera dedicado al periodismo?

- Sí, el periodismo fue una gran opción y estuve a punto de dedicarme a eso cuando vivía fuera del país, en Suecia, y estaba entre que me quedaba y volvía hasta el 83. Yo no quería ser abogado en ese lugar y creía que el periodismo era una opción interesante para quedarme y ser útil. Sí, fue una de las opciones. Siempre, en el campo de las letras.

- ¿A qué edad se recibió? Es chileno. ¿Estudió aquí o allá?

-Nací allá, pero soy argentino por opción, porque mi padre era argentino así que tengo la nacionalidad argentino. Yo opté por la nacionalidad argentina así que es ésta. Yo estudié en Chile, pero también en Argentina, en Córdoba y Mendoza y en Suecia también estudié algo. Pero la formación universitaria es de Mendoza y con mucha felicidad terminé en Córdoba, en “La docta”, y a los 27 o 28 años me recibí.

- ¿Directamente empezó a practicar el derecho penal?

- No, no, no. Como siempre, todos somos hijos de una gran contradicción: yo no quería ni ser abogado ni ejercer el derecho. Digamos que siempre he pensado que la abogacía es una de las carreras que menos vocación necesita. De hecho, creo que está tan saturado de abogados porque, como dice el dicho, “No serás nada o serás abogado”. Entonces, la abogacía es algo como para todo el mundo y fue una carrera que no me costó mucho. Cuando me recibí dije: “No quiero ser abogado; quiero ser docente universitario”. Y la realidad me llevó a otra cosa. Primero, me sirvió mucho la Universidad Nacional de Córdoba porque allí hicimos mucha clínica barrial e los movimientos como el Santiago Pampillón. Yo alcancé a ver los últimos movimientos universitarios y eso era muy distinto a Mendoza. Cuando volví a la provincia para ejercer o recibirme, surgió la posibilidad de trabajar con Luis Triviño. Él creó el Departamento de Derechos Humanos de la Universidad Nacional de Cuyo y fue el primer Instituto de Derechos Humanos de la Argentina, y trabaje allí con Diego Lavado. El primer trabajo que me tocó fue, ya que quería ser docente, nada menos que censar el Barrio Flores. Y bueno, cuando llegamos al barrio, por la mañana, encontramos hasta un polaco de 80 años que estaba ahí y que nadie lo había censado. Era el terreno de la Universidad que todavía está en proceso de cambio al Barrio Flores. El primer censo lo hicimos con el Movimiento Ecuménico de Derechos Humanos y la Fundación Ecuménica de Cuyo. Allí es cuando la gente nos empezó a dar trabajo, porque íbamos a censar, pero venían con problemas sucesorios, de los menores y después de un tiempo, abrimos un consultorio jurídico barrial en La Favorita que se llamaba Salvador Allende.

- Allí es donde se mezcló aquel ideal de la sociología con la práctica del derecho…

- Allí, bueno, tenía el exilio adentro, el tema de los Derechos Humanos. Habíamos fundado en Mendoza la primera delegación en Argentina de Amnesty International. Yo venía de militar mucho en el extranjero y le encontré a la profesión ese brillo, ese gusto donde estaba el conflicto social y eso me llevó al derecho penal, porque era lo más urgente. En realidad, siempre ha sido lo más urgente. Empecé y hoy es lo único que me gusta dentro de la profesión; me encanta. Se dio un proceso de enamoramiento con la profesión.

- ¿Es verdad eso que se cree que si sos muy rico o muy pobre tenés más problemas con la justicia?

- Hay gente muy rica que está muy feliz porque mientras más debe más lo cuidan. Entonces esa gente vive muy bien. Pero no es que no tengan problemas: mientras más negocios tienen más dificultades tiene también. Lo que pasa es que tiene más posibilidades, seguramente, de evitar la ley. El pobre no es que tenga más problemas: es que si tiene un problema, también tiene más pronóstico de que le vaya mal. Eso es como el servicio público que se le ofrece. Si uno mira la salud que se le ofrece al hombre rico y al hombre pobre, es distinta. Si uno mira la educación, también es distinta. Obviamente, entonces, que en el derecho penal también es distinto. Por ejemplo, en la cárcel, cuando uno empieza los juicios y escucha que la primera pregunta que le hacen a la persona que está detenida es sobre su nivel de estudios, la respuesta es que más del 70 por ciento es analfabeto o semianalfabeto. Es decir que la pobreza en la cárcel tiene una proporción mucho más grande que los niveles de pobreza dentro de la sociedad. Eso habla de un gran desequilibrio.

- Hay una gran contradicción entre la defensa de valores que implicó luchar contra la Dictadura y que ahora estemos hablando de que la Democracia no ha logrado resolver problemas como éste.

-Es tremendo.

- ¿Habla mal de la Democracia? ¿O qué?

- Habla muy mal de la Democracia. En algún momento, a fines del 2000, sobre todo después de esa elección en el gobierno de De la Rúa en que la gente casi no fue a votar, yo sentí que la gente le había dado la espalda a la política. Ganó el “no me importa”. Como que llegamos a una etapa en que nos fue absolutamente indiferente la política. Época en que más sonó el “que se vayan todos”. Fue cuando dejamos de creer en la representación, toda representación quedó en crisis: entre ellos, el periodismo, los abogados. Todos los que prestamos servicios de intermediarios. Todos los intermediarios quedamos en crisis y quedó entre el poder y la gente un precipicio muy grande, que después se pudo regenerar. Pero la Democracia le sigue debiendo a la gente lo básico: salud, servicios públicos, seguridad, derechos humanos para todos –porque yo creo que el concepto es este: el derecho humano no puede tener exclusiones- entonces la Democracia debe, por ejemplo, en Mendoza justicia, municipio, policía… Creo que la gente sigue reclamando lo mismo muchas veces y se suman otras cosas que quizá son más complejas: el acceso a la información pública, la transparencia, la lucha contra la corrupción. Pero los grandes temas de la sociedad son los que están en deuda.

La justicia

- Si pudiera calificar del 1 al 10 el funcionamiento de la justicia en Mendoza, por cuyos pasillos ha transitado aunque ejerce el derecho en diversos puntos del país, ¿qué nota le pondría?

- Éste ha sido un año especial. Antes de irme este año yo no creía que mereciera más que un 5, en cuya calificación me incluyo porque no es bueno eso de echarle las culpas a la política, a los periodistas, a los abogados y no incluirse. No es que los otros sean malos y yo soy maravilloso: pienso que en general tenemos un promedio bastante bajo.

Pero recorriendo otras provincias le subí un poco la nota a Mendoza porque me ha tocado trabajar en provincias como Santiago del Estero u otras, en donde los niveles de institucionalidad son bajísimos.

El fenómeno de Santiago del Estero del que nadie se acuerda, pero allí había un caudillismo muy fuerte como todos los del Norte, con los Juarez, los Menem, los Romero Feris, los Romero en Salta, por los que se produjeron intervenciones de la justicia y la calidad institucionalidad es muy mala. La diferencia entre la gente y el poder sigue siendo abismal.

- Eso le hizo ver que Mendoza está mejor…

- Me ha hecho revisar un poco la situación de Mendoza y yo creo que aquí tenemos una cosa fantástica, que estamos aún a tiempo y es que Mendoza sí puede.

- Pero pudiendo, no lo hace.

- Bueno, ¡eso es lo que no puedo entender! Lo que me enoja conmigo mismo y me enoja con Mendoza es que sí podemos. No quiero ser peyorativo, pero no somos Haití que está muy abajo y en donde el Estado no existe. Mendoza es una provincia que todo el mundo reconoce en la Argentina como una provincia en donde hay institucionalidad, en donde te puede gustar o no una resolución judicial, donde los niveles de corrupción han sido menores que en otros lugares, donde la renovación de la política de alguna medida existe, gracias a una cuestión constitucional que es un tema importante: la imposibilidad de reelección. Me podrá gustar o no, pero es así. Mendoza tiene recursos, tiene universidades, grandes centros, pero es una Mendoza que en el proyecto general falla igual que el país. Como Argentina, Mendoza es un espacio que no tiene proyecto: no lo hay. Falta eso que tiene que ver con saber cuánta agua tenemos, cómo avanza el desierto, hacia dónde va la ciudad.

- ¿Falta un liderazgo que movilice o los liderazgos que existen reflejan a un mendocino que es “chato”?

- El mendocino es “chato”, pero con espacios de pensamiento. Nadie puede decir que en Mendoza no hay espacios de pensamiento cuando tiene universidades, centros de investigaciones, medios de comunicación, muchos profesionales. Por eso uno dice: “Bueno, qué pasa que esas personas no pueden ponerse en coordinación para pensar”.

Es como que todos tenemos un diagnóstico pero no hacemos nada. Todos sabemos lo que quisiéramos de Mendoza, pero falta un espacio que se coordine.

Eso debiera ser una gran iniciativa privada o estatal, que se ha intentado, como lo hizo el CEM, pero que no logran establecer un proyecto sobre aquellos puntos básicos que son el Norte hacia donde tenemos que movernos: si vamos a cambiar el modelo productivo, si es el turismo o los recursos naturales; si no vamos a aceptar los monopolios de comunicación, esos grandes ejes que a lo mejor pueden plasmarse en una Constitución, pero que en términos sociales o políticos no existen. Nadie asume con un proyecto.

- ¿Por qué pasa?

- Porque si hay algo que es una estafa, de izquierda a derecha en la Argentina son los programas electorales. Todas terminan siendo maravillosas y cuando van para atrás y releen dicen: “Uy, qué escribí”.

- En Colombia, su Constitución del 91 incluye el voto de programas y la revocatoria del mandato de quien no las cumpla.

- En Australia hay una sentencia en contra de un partido que no cumplió con su propuesta. Es un fallo muy bonito, con el que lo condenaron por no cumplir con lo que se había prometido.

- Pasa algo más aquí: se propone reformular las leyes, reformar la Constitución y los partidos más reformistas se oponen.

- Al margen de eso, está el problema del cumplimiento de la palabra dada. Aquello de “yo me comprometo a esto”. U otra cosa: ponerse a elaborar leyes que no prometieron. ¿Cómo es posible? El voto a los 16 o la Asignación Universal por Hijo no formaban parte de la propuesta del kirchnerismo sino que son leyes sacadas de otros partidos. En eso hay que ser honestos. Si vas a proponer leyes tan importantes, llevalas en tu plataforma y en todo caso explicás por qué no las pudiste hacer. Pero cuando te votan, no lo hacen con un “etcétera” para que pongás lo que quieras. Las grandes leyes, como el aborto, el matrimonio igualitario o la Ley de Medios, debieran tener mucho más consenso que el que otorga el Congreso. Vía plebiscito o con otros mecanismos institucionales. Los suecos tienen la doble legislatura, es decir, que si la ley es votada por la legislatura siguiente queda firme y se transforma en política pública. Porque si no viene otra legislatura y lo va a cambiar. Porque Argentina arranca y retrocede, arranca y retrocede, es un dilema de Sícifo.

El defensor

- Ha tenido y tiene en sus manos casos muy relevantes de diverso tipo. Con esa experiencia, si se lo propusieron, ¿elegiría ser el abogado de Dios o del Diablo?

- El problema es que ninguno de los dos necesita abogado.

Dios no necesita abogado y el Diablo… ¡menos! Es el abogado por excelencia. Ninguno de los dos me contrataría.

Yo creo que soy una persona que presta un servicio a quien lo necesita y, si el caso me interesa, lo tomo. Con algunos límites, pro cuando me ha tocado representar a los que la gente considera “los chicos malos de la clase” lo he hecho porque esa gente necesita, para mí, el mismo nivel de justicia que aquellos casos que conmueven. Yo los he tomado de la misma manera y quizá eso ha hecho que me lleven de un lugar a otro y entonces a algunos les moleste cuando me posiciono como “abogado de Derechos Humanos” o cuando defiendo a personas que a la sociedad no les gusta. Yo trato de que la persona tenga ese servicio jurídico, tanto si es víctima como si es imputado.

- Le está pasando ahora una situación contradictoria: es abogado en Buenos Aires de (Alberto) Flamarique, acusado de las coimas en el Senado, y en Tucumán del caso Marita Verón. ¿Héroe en Tucumán, antihéroe en Buenos Aires?

- Y... sí.

- ¿Cómo lo vive?

- Lo vivo bien porque en los dos casos estoy lejos de la prensa, por ejemplo. Y en eso hago una crítica a los medios. Porque el caso de Marita Verón es extraordinario, mirándolo no como abogado, porque hacía mucho tiempo que yo no veía un espacio en la Argentina donde los distintos estivieran juntos. Yo no había visto que De Narváez, Macri, Binner, Cristina, La Cámpora estuvieran todos detrás de Susana Trimarco (N. de la R.: la incansable madre de la chica desaparecida). Acá hay algo en lo que todos estamos de acuerdo. Por oportunismo político, por convicciones o por lo que sea, toda esa gente y miles de otras personas, han generado un espacio extraordinario.

- ¿Por qué “lejos de la prensa”?

- Yo me alejo de la prensa porque siempre traté de ser menos importante que el cliente. En el caso Marita Verón ustedes van a ver que son otros los abogados que aparecen, yo muy poco. Sí he visto, en cambio, cómo la prensa se ha comprometido con el caso. Es muy raro que el periodista en la entrevista se comprometa con el caso. Me ha pasado en muchas entrevistas que desde Página/12 hasta que Magdalena o Nelson Castro, están preocupados y han tomado partido por Marita Verón. Y en el caso de Flamarique… bueno, es imposible “hacer prensa”. Lo que yo diga no le interesa a nadie. Hay una condena mediática, yo lo asumo así. Y por lo tanto mi estrategia es tratar de convencer al juez, que es quien me interesa. Yo no discuto más con la prensa.

- Pero la condena mediática ya está dada no sólo en el caso de las coimas en el Senado sino en los dos.

- Sí, en los dos. Por eso digo que en ambos el periodismo ha hecho una valoración y, por lo tanto, si sobreseen a los imputados en el caso Marita Verón hay impunidad, y si sobreseen a Flamarique también va a haber impunidad y allí vamos a desconfiar del sistema. Es lo que yo siempre me pregunté con Yabrán, por ejemplo. ¿Qué hubiera pasado si Yabrán no hubiera tenido nada que ver (con el asesinato de Cabezas)? ¿Qué hubiera pensado el juez si lo absolvía? Lo hubiésemos crucificado, porque fue tanto el posicionamiento mediático en contra que terminamos condenándolo. Hoy día yo puedo hacer un ejercicio: el 100 por ciento de los casos condenados por los medios no han pasado por ver e informar sobre el expediente. Terminamos por creerle al medio o a la víctima, a este o al otro, pero ustedes muchas veces han tomado partido por una persona y la resolución del caso ha resultado al revés, pero cuando eso ocurre, esa noticia es ya muy pequeña.

- ¿Cuánto incide la opinión de los grandes medios en el expediente judicial?

- Hay casos como María Soledad que no podría haber sido solucionado sin los medios. Fue la filmación del juicio lo que permitió la recusación del Tribunal. Eso fue extraordinario. Allí jugaron un papel positivo. En el caso Bordón, aquí en Mendoza, los dos medios más grandes –ustedes todavía no habían nacido- se jugaron: el Uno por la hipótesis de la droga y Los Andes por la de homicidio. Y era salir todos los días con alguna información, todos los días bombardeados por los dos medios. Y afortunadamente la justicia nos dio la razón. El otro medio siguió vendiendo diarios: nadie se hace responsable en estos hechos.

- No me imagino cómo sobrellevan esos casos en los que la gente, los medios y todos tomar partido en contra de las víctimas. Recuerdo el caso Guardatti: marchas de silencio con solo 10 personas y ¿tal vez por una gran presión y poder de la Policía y debilidad de la política?

- Sí. Además porque ensuciaron el caso. Hay una técnica en el expediente que demuestra cómo se ensucian. En el de Marita Verón los defensores de los acusados dicen que se fue de la casa porque se iba a hacer un aborto, en fion… de Guardatti se dijo que está viviendo en España descansando y tomando sol… Bueno, tiene que ver muchas veces que los medios no logran instalar el tema, o fallan las estrategias que uno tiene y otras veces, directamente, a la sociedad no le importa. Esa es la peor situación: cuando la sociedad le da la espalda a casos tan graves como ese.

- Voy a hacer una pregunta desde la ingenuidad absoluta: ¿cómo puede ser que a alguien lo maten, desaparezca completamente, no lo encuentren nunca más y del asunto la sociedad tampoco vuelva a hablar? Caso Guardatti, por ejemplo, en el que si bien nadie habla de ello, los expedientes están vivos, lo están buscando.

- Es un caso interesante. Usaste dos palabras diferentes: desaparecer y matar. Técnicamente Guardatti no está muerto, aunque todo el mundo pueda suponerlo, el padre, la madre, pero es un desaparecido de todas partes. Es un desaparecido para la justicia, para la familia, para la sociedad, para los medios. ¿Cuándo va a ser noticia Guardatti? Cuando lo encuetren. Mientras tanto, es un desaparecido en todo. No hay un signo más grande que el de pregunta para un desaparecido. Es la pregunta eterna. No hay respuesta para eso. Es grave porque repetimos lo que nos pasó: que haya desaparecidos en Democracia, que hayamos tenido varios desaparecidos en Mendoza habla muy mal de nuestras instituciones.

- ¿Por qué a mucha gente le resulta más cómodo desconfiar de la víctima que apoyarla? ¿Pasa eso?

- Sí, claro.

- ¿Sobre todo cuando no es un “hijo de la clase media o alta”?¿No tendría que ser al revés?

- Depende. Cuando se ha tratado de desaparecidos es muy fácil establecer dudas por parte de los gobiernos. Si desaparece alguien dicen que “se fue con su novio”. El Estado no cree en la víctima en principio y, por lo tanto, termina estando en situación de sospecha. Por otro lado también ha habido casos en que alguien ha desaparecido y ha vuelto, engaños, autosecuestros… Pero yo creo que cuando los casos son muy claros de desapariciones, realmente la gente lo ha tomado en serio. Por ejemplo, pasó con Bordón. Todo el país se movilizó con esa situación, no creía en la policía y todos los medios jugaron muy bien. Ahora, en otros casos, cuando la persona tiene antecedentes o pertenece a sectores sociales más bajos, la atención es menor.

- ¿Pasa más cuando la que desaparece es una mujer? En Mendoza permanecen desaparecidas muchas chicas de quienes se sospecha que fueron captadas por redes de trata de personas y, si bien hay sectores del Gobierno, la sociedad civil y los medios interesados, no hay un clamor social.

- Nosotros somos una sociedad muy desconfiada, honestamente. Somos una sociedad machista también y ese machismo se traduce también en la Policía y en el Poder Judicial. Porque se haya creado, por ejemplo, un Ministerio de Medio Ambiente no terminó la contaminación. Por crear una Secretaria de la Mujer tampoco se termina la discriminación. Son prácticas culturales. Nosotros sospechamos mucho como sociedad de este tipo de situaciones. Cuando se instala la duda, eso ayuda mucho, como pasa con Johana Chacón. No consideran que es una chica “desaparecida”, están pesando si es o no un familiar, pero no en si es una red de trata. Quien puede dilucidar eso es la justicia y allí yo creo que tenemos una gran deficiencia.

Mendoza tiene una gran deficiencia y es carecer de una policía altamente tecnificada y una justicia tecnificada para estos casos.

Con esto quiero decir que las unidades fiscales trabajan igual un caso de éstos que cualquier otro, con más o menos personal, no específicamente. La tecnología, lo que uno ve en la televisión, está muy lejos.

- Me quedé pensando en todos los sectores que se unieron por Marita Verón. Es bueno por un lado, pero por el otro, ¿no está demostrando que el poder de las redes de trata es inmenso e inacabable?

- Además nosotros lo que apreciamos muchas veces es que las redes de trata que vemos y denunciamos, siempre se refieren a prostíbulos de muy bajo nivel: son aquellas lucecitas rojas que se ven al costado de las rutas. Pero los grandes prostíbulos, las grandes redes, las VIP, no se tocan. ¿Cómo están combatiendo a las grandes redes de trata en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en la provincia de Buenos Aires, en Mar del Plata, por nombrar centros urbanos, o acá en Mendoza, en donde también hay una prostitución VIP? Por otro lado hay un gran cinismo, porque incluso hay sectores que consideran que el ejercicio de la prostitución es un trabajo. Hay sectores que se han opuesto a la lucha que ha hecho Susana Trimarco contra el cierre de los prostíbulos porque consideran que la prostituta es una trabajadora. Un sector sindical que es muy progresista y que yo admiro mucho, con De Gennaro, como la CTA queestá en esa psotura.

- Una cosa es que sea un trabajo voluntario y otro que se trate de trabajo esclavo, ¿no?

- Pero bueno, si uno mira la ley de trata, ese trabajo también es parte del negocio. Porque la prostitución podrá ser autoritaria, pero autónoma. No la comandada por un “cafiso”. La pelea es enorme. Ese “trabajo”, digamos, es una actividad cultural. Sin uno ve la Biblia, de Magdalena para acá está en nuestra cultura y somos los hombres los que seguramente más usamos ese “servicio”. Es muy difícil que se combata con un caso o con una ley. Se puede combatir, igual que el narcotráfico o las bandas organizadas, con políticas públicas.

Si no hay políticas públicas, la pelea está perdida. Si no, la única respuesta es el aumento de las penas o más cárceles.

- No hemos hablado de Monzer Al Kassar, su defendido y su “perla negra”. Pero algún caso como ese, emblemático y difícil, ¿le ha cambiado creencias o ideas con las que llegó a la hora de aceptar el desafío? ¿Ha tenido algún clic fuerte en su carrera?

- Todos. Todos te abren la cabeza. Yo no he podido entender a abogados que dicen que solamente son defensores. A mí me ha tocado tanto ser querellante como defensor. Por eso yo digo que mi mesa es circular: de repente llega la víctima y tengo que investigar un caso de tortura o violencia policial. Y por el otro lado llega una persona que está acusada de cometer un delito y entonces, lo que uno ve es que los une la tragedia.

Tragedia es el sinónimo del derecho penal. No hay ganadores; no hay personas felices.

Uno puede estar satisfecho porque no condenaron a su cliente; o porque logró la condena de otra persona, pero siempre, alguien perdió.

- ¿Algún caso lo conmovió particularmente?

- Días atrás me tocó un caso que estaba llevando en Mendoza en el que conocí a la víctima de mi defendido. Se trató de un accidente de tránsito. Yo no la había visto: solo había revisado el expediente. No es un caso paradigmático.

- Tal vez el más común de los casos

- Sí, pero ví a la víctima. Y no podía movilizarse. Ese día yo me planteé si estaba bien lo que yo estaba haciendo. Jamás dudé que mi defendido necesitara un defensor, pero quiero que me entiendas: me planteé si yo podría seguir defendiéndolo. Me golpeó mucho. En donde falla todo el sistema penal es en la reparación a las víctimas… Incluso si yo perdiera el juicio y condenaran a mi defendido, eso no estaría para nada reparando el daño de la víctima. Ahí hay un problema pendiente.

- ¿Cómo lo resolvemos?

- He discutido muchas veces con mis compañeros de Derechos Humanos porque me parece que la víctima en el derecho penal tiene muy poco espacio. Es como que el derecho penal se concentra mucho en la persona que está acusada y está bien que haya una protección.

A mí me parece que la víctima es la que sostiene al sistema y hoy está fuera. A la víctima no le sirve de nada que el acusado vaya preso: quiere que se le repare de alguna manera.

- ¿Por ejemplo?

- Te matan a un familiar en un asalto. Bueno, el asesino va a ir presa por un tiempo. Pero esa familia quedó destruida.

- ¿Cómo se repara eso?

- Además del daño psicológico, ¿cómo sigue viviendo el familiar?

- Ni hablar si esa persona muerta era el sostén de la familia…

- El tema es: qué pasa con el proyecto de vida de esa familia. El familiar de la víctima probablemente no pueda demandar al asesino porque puede que sea insolvente. Entonces, el asunto a plantearse es qué hace el Estado. Porque a la persona que delinquió la va a proteger, tanto es así que tiene derecho a estudiar, que si le pasa algo en prisión el Estado puede ser demandado, y todo eso está bien. Pero esa persona que no hizo nada…

- …Y a la que le pasó todo…

…¿Cómo la repara la sociedad? ¿En dónde se encuentra con el Estado?

- ¿Conoce algún sistema en donde se haya resuelto este dilema?

Nosotros hemos propuesto proyectos, como un fondo de reparación para las víctimas, con un seguro que no tiene que ver tanto con el tema dinero, sino con la reparación y con el proyecto de vida de la familia que ha sido víctima. Le va a faltar la parte afectiva, pero deben seguir estudiando, conseguir acceso a la vivienda, etc. Nadie dice quitarles derechos a los que ya lo tienen, sino precisamente equilibrar el sistema. Esa persona que sufrió una violación y que sufrió toda su vida… ¿qué hace después de que condenan al violador? Hablamos del agresor y queremos hasta matarlo a veces. Pero de la víctima nadie se acuerda. Y doy un ejemplo del desequilibrio: si el violador hubiese sido un policía, la víctima puede demandar al Estado. ¿Pero si el violador no es empleado del Estado? Tiene que haber más equilibrio.

- Tal vez allí radique la desconfianza de mucha gente que ve a los abogados de Derechos Humanos con desconfianza y bronca.

- Puede ser porque siempre los ve posicionados defendiendo a personas que están en conflicto con la ley. No toman en cuenta muchas veces que a las víctimas del terrorismo de Estado las han defendido esos abogados. Contra el olvido de la sociedad han dado luchas heroicas, fundamentalmente los abogados de Mendoza, algunos de los cuales hasta son escrachados con pintadas e insultos. Pero yo creo que sí tengo como crítica que no hemos podido transmitir la idea de que necesitamos un diálogo con la sociedad. Cuando se lo explicamos, lo entiende. Cuando entra en conflicto con la ley, la gente nos busca como abogados porque sabe que el abogado de Derechos Humanos pelea su caso. Hay cierta cerrazón en algunos organismos de Derechos Humanos, lo acepto. Por ejemplo, nunca apoyaron con claridad las marchas por los desaparecidos en Democracia. Hemos tenido presencias emblemáticas pero personales, no con la misma fuerza que con los desaparecidos por la Dictadura y un desaparecido vale lo mismo, haya ocurrido e Dictadura o en Democracia, es una tragedia.

- También es criticable que quien es abogado de Derechos Humanos solo denuncie los casos cuando ocurren en un gobierno del que no son simpatizantes y los callen cuando simpatizan o hasta son miembros de un gobierno.

- Tengo la idea de que las personas que se dedican a la defensa de los Derechos Humanos no deberían asumir compromisos públicos con los gobiernos. Los gobiernos normalmente tratan de acallar esas voces incorporándolos. Lo mismo hicieron al poner a Romina Piccolotti en Ambiente. Fue coptada. Lo mismo ocurre en Derechos Humanos con grandes temas como corrupción, transparencia, política internacional. Por defender a un modelo terminan justificando todo. No me parece correcto.

Los que defienden Derechos Humanos deben tener independencia de los gobiernos, aunque puedan simpatizar más con unos que con otros. Es la única manera de ser creibles.

- Hasta aquí llegamos. Muchas gracias.

- Estamos en contacto.