Etiqueta Negra: De la gula como inmoralidad
Para un hedonista no hay nada más inmoral que reprimir los sentidos y convertir al del gusto en mero acto fisiológico. La gula se ha vuelto un pecado estético (y dietético). A los gordos se les condena por su apariencia y no porque hayan hecho algo malvado.
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Demasiado pronto, con demasiada delicadeza, a un precio demasiado alto, con demasiada voracidad, demasiado. Según San Gregorio Magno, pionero en la enumeración de los siete pecados capitales, éstas son las cinco maneras en las que la gula se manifiesta, o bien se esconde, cebando la trampa con una razón más, con la exquisitez cara, el apetitoso tentempié entre comidas.
De hecho, la fórmula de Gregorio describe las distintas formas en que la mayoría de nosotros comemos, planeamos comer o pensamos sobre la comida, con una frecuencia más o menos diaria. En realidad, de las cinco señales de advertencia que identificó el papa como signo distintivo del glotón, sólo hay dos –«con demasiada voracidad» y «demasiado»– que sigamos relacionando con la gula. ¿Acaso el deseo de comer carne cara o de disfrutar de platos delicados suena a crimen contra Dios, una maldad que nos envía directamente a pasar la eternidad en el tercer círculo del Infierno? Si la gula fuera en realidad un pecado, ¿quién de nosotros estaría libre de culpa?