Impunidad que tiene precio y la batalla dentro del Gobierno
El caso Alan Villouta, que quedó impune por prescripción, cala hondo en la credibilidad de las instituciones. Reformas que se caen y la batalla política dentro del Gabinete.
La impunidad que hubo en el caso de la muerte de Alan Villouta tuvo un impacto que trasciende el caso. Es de los hechos que hacen caer velos, en los que los eufemismos se alejan de los discursos. El joven murió atropellado en el Acceso Sur, mientras cruzaba por un sector no permitido para ello, pero en una acción que era y es habitual por la inseguridad y la falta de infraestructura. Quien lo atropelló, Verdenelli, no lo asistió, se fugó y se escondió hasta tener una estrategia judicial que lo favoreciera.
Desde ese momento hasta la prescripción, la causa estuvo signada por la astucia a la que acceden quienes tienen cómo pagar por ella. Primero alivianaron la carátula, se pagó una fianza, recibió una condena justo en el límite para que no vaya preso y luego ocurrió un hecho escandaloso para la Justicia provincial: la Corte tardó 6 años en resolver una apelación simple y con precisión milimétrica se declaró la prescripción porque llegó tarde una notificación.
No son errores, hubo negligencia. Esa impericia hace caer como un castillo de naipes la idea de una nueva justicia que construyó Cornejo. Es, justamente, en el Poder Judicial donde más reformas se ejecutaron desde diciembre de 2015. También crea ideas inexactas, como que “todo el Poder Judicial” duerme en esa pasividad. De nada sirven las reformas craneadas por grandes juristas si después todo depende de una notificación, si falla la gestión o, peor, el sistema es vulnerable y expone desigualdades según quién pueda pagar por esa diferencia.
Verdenelli no era una persona con antecedentes y su vida también es otra desde que atropelló y mató a Alan Villouta. El hombre, empresario de bajo perfil hasta entonces, se fugó y a pesar de la condena no iba a ir preso. De hecho casi no hay detenidos por incidentes de tránsito y solo el 0,1% de los presos de Mendoza está condenado por homicidio culposo. Pero en su caso no era eso lo que estaba en juego, sino el “hecho ético” de que la institucionalidad mendocina haga justicia. Que Verdenelli, que cometió un delito (culposo, pero delito al fin), recibiera la condena que le correspondía. Pero no pasó.
La imagen del gobernador Alfredo Cornejo junto con “su” procurador Alejandro Gullé tiene una confesión de parte implícita. La atención está concentrada sobre el accionar de la Sala II de la Corte, integrada por José Valerio, Mario Adaro y Omar Palermo. Pero esa intención tiene una onda expansiva más acotada que la realidad. Es la justicia modelada por el cornejismo la que falló: la Corte, el propio Ministerio Público con su pereza y el insólito mecanismo de notificación del que pudo escapar un acusado con solo aludir que estaba de viaje en Malargüe.
La habilidad del abogado Eduardo De Oro no tuvo muchos obstáculos. El letrado es un experto en el arte de hallar resquicios judiciales y chicanas. En el mismo Gobierno lo conocen porque, por ejemplo, es el mismo abogado que contrató el exsubecretario de Justicia Marcelo D'Agostino para que lo defienda en la acusación por violencia de género, causa que también estuvo trabada en el lodoso pantano de la “gestión” de Tribunales.
La familia de la víctima tendrá trabajo que hacer con sus abogados querellantes, que dejaron que se consuma la impunidad sin advertirlo. Esa sensación de que quien puede pagarlo logra beneficios es difícil de saldar. Pagar en cuanto a una “buena defensa”, con experiencia no solo en el análisis del Código Pena y el de procedimientos, sino en los complejos laberintos de los tribunales mendocinos y las impericias de quienes los conducen.
Aún con el anacronismo institucional que mantiene a la Corte como tribunal de alzada de un caso penal “menor”, más grave es la irresponsabilidad con la que se toma esa responsabilidad. La causa podrá ser apelada porque la interpretación del Tribunal Colegiado es discutible. Así lo entienden algunos de los principales asesores legales del Gobierno. El manejo del tema dejará de estar en manos de los “acusadores naturales”, es decir el Ministerio Público Fiscal liderado por Gullé. La querella política quedará en manos de asesores del Gobierno.
Pies sobre la tierra
El caso Villouta trae a tierra a buena parte del equipo de gestión del Gobierno que está en un plano distinto; que flota entre su presente con responsabilidad pública y su futuro. Es lo que les ocurre a los pre pre candidatos a Gobernador y sus equipos.
La profecía autocumplida de evitar candidaturas porque la gente tiene la cabeza en otra cosa ocurrió. Al final, todos están de campaña. Los ministros-candidatos están en una puja en la que difícilmente haya ganadores, sobre todo porque no es real. No compiten por el voto de la ciudadanía aún, sino por ganar popularidad. Despliegan las plumas ente un auditorio acotado y con visión distorsionada, el de las redes, y sobre todo ante el vigía del cuarto piso: Cornejo.
En ese camino, frivolizan su propio rol y alcanza con ver algunos de los posteos en redes. Además de simular interés por temas diversos, se explayan y responden temas sobre los que nadie les preguntó y exceden el interés público. Natalio Mema, por ejemplo, dedicó tiempo a decir públicamente que “no es pareja de la hija del gobernador Alfredo Cornejo”.
Ese video, realizado por un funcionario estimado y ponderado por propios y ajenos, delata la altura de la vara de la discusión pública en Mendoza. Para tranquilidad el Ministro, no solo es intrascendente para la vida institucional, sino que hubo gobernadores que enfrentaron contingencias reales en su vida personal que nunca interfirieron, por suerte, en su trayectoria política. Es solo una muestra de la desorientación de esa carrera en la que Cornejo liberó a sus funcionarios.
Todo ocurre y se magnifica en redes. La batalla comunicacional del oficialismo se juega en el borde de la impostación en un escenario donde cada vez más se confunde el medio con la realidad; las redes con lo que realmente pasa en Mendoza.
Es difícil el futuro de ese grupo de funcionarios, pues esa pelea interna tendrá consecuencias. ¿Cómo conviven los rivales internos que tienen decisiones e intereses cruzados? ¿Cómo convivirán después, cuando haya ganadores y perdedores? ¿Se subordinarán los perdedores? No está claro cómo juega el gabinete en esa tensa disputa, cómo están divididas las fuerzas. Mema, por ejemplo, tiene como aliados a la ministra de Seguridad, Mercedes Rus, y al de Hacienda, nada menos, Víctor Fayad. Tadeo, se supone, es el hijo político de Cornejo y, también se supone, difícilmente lo exponga sin un colchón político que lo contenga. Pero el Gobernador tiene la sangre fría y, lo ha demostrado, el bien superior que defiende excede el aprecio personal sobre cualquier dirigente.
El legítimo preguntarse por la sobrevida del equipo del “segundo cornejismo”. La experiencia indica que los heridos de las internas cornejistas no tienen un hospital político que los sane. Le pasó a Martín Kerchner luego de perder contra Rodolfo Suarez, por citar un ejemplo. Un caso de éxito por un enfrentamiento interno es el de Luis Petri, quizá porque sí generó una interna real dentro de radicalismo. Petri aprovecha el tiempo libre que le deja ser Diputado nacional para ganar terreno en sus giras de campaña, mientras sus potenciales rivales se desgastan entre ellos. Esa candidatura es también funcional al más competitivo de los radicales, Ulpiano Suarez.
El peronismo, mientras, festeja un triunfo que no le es propio del todo; pero tras años de sequía, todo sirve. El cambio en la Universidad Nacional de Cuyo genera expectativas y también preguntas. Adriana García llegó al rectorado con el apoyo de los extremos del peronismo: la derecha de Filosofía y Letras y Carlos Ciurca, con los votos del kirchnerismo y los sectores más progresistas. Javier Milei parece ser el “mal común”, pero en la diaria de la vida universitaria deberán combinar visiones distintas. También cómo se presentan ante el Gobierno. El desplante del radicalismo a la UNCuyo fue notorio. En la despedida de la gestión de Esther Sánchez y el la asunción de García. El radicalismo es tan mal perdedor que se olvida de la importancia de los gestos y los vínculos institucionales. Lo había hecho como oposición hasta 2015 y ahora, ante el mínimo tropiezo en la principal universidad de Mendoza. Más ruidoso es ese desplante al conocer que las universidades tienen cogobierno y que un rector no depende de sí mismo solamente.
El que comenzó a acomodar el discurso para mostrarse con los pies sobre la tierra es el propio Alfredo Cornejo. El Gobernador ratificó su apoyo incondicional a Javier Milei, pero advirtió que las reformas aun no tienen consecuencias positivas sobre la vida cotidiana de las personas. Esa es la real luz amarilla que inquieta y puede influir en la estrategia política del oficialismo.