¿Es la política o la economía?: de donde vienen las buenas noticias que tiene Javier Milei
Javier Milei acumula señales en reservas, exportaciones, dólar e inflación. Sin embargo la política sigue sin ayudar. Y no solo por el escándalo Adorni.
Javier Milei con efectivos de la Policía Federal
La frase "¡Es la economía, estúpido!" pasó a la fama política despues que la pronunciara en 1992 James Carville, asesor de campaña estrella de Bill Clinton. Llegó a utilizarla tanto que la pintó en un cartel que colgó en el bunker del candidato demócrata.
Carville estaba convencido que aunque George Bush padre pudiera exhibir como un estandarte el triunfo en la primera guerra con Irak, las verdaderas preocupaciones de los estadounidenses estaban en el bolsillo. Y así logró ganar la elección.
Hoy en Argentina algunos creen que se vive una antítesis de esa estrategia de campaña del equipo de Bill Clinton. Los números macro de la economía y las finanzas ofrecen solo buenas noticias, el problema esta en la política. Y si la política se estabilizara, muchos creen que las asignaturas pendientes de la economía comenzarán a ponerse en línea con más velocidad.
El problema es que el gobierno no logra estabilizar certezas en su estilo político, sin detenernos en la baja intensidad de sus internas que no obstante muchas veces se juegan como batallas de alta estrategia.
La economía le está dando al Gobierno una ventana que pocos gobiernos han tenido. Exportaciones en alza, reservas en el nivel más alto desde 2019, dólar quieto, compras del Banco Central, actividad con recuperación y una inflación que podría mostrar otra desaceleración.
El problema ya no está, al menos por ahora, en la ausencia de señales económicas. Está en la capacidad política para convertir esas señales en poder estable.
Ahí aparece la tensión. Los números grandes ayudan. La política no acompaña con la misma eficacia. Y cuando eso ocurre, el mercado no mira solo la planilla. Mira quién sostiene esa planilla, con qué mayoría, con qué orden interno y con qué garantías para atravesar el próximo conflicto.
Luis Caputo resumió la apuesta la semana pasada con una frase que opera como programa y como advertencia: “la economía se llevará puesta a la política”. La frase tiene fuerza porque expresa confianza. También revela un problema. Para que la economía se lleve puesta a la política, primero la política tiene que dejar de trabar a la economía.
El Gobierno tiene números, pero la política espera
La estructura real del poder dentro del Gobierno explica parte del riesgo. Javier Milei es presidente, economista y actúa como ministro de Economía. Luis Caputo es ministro de Economía, aunque en los hechos funciona como un ministro de Finanzas completo. Manuel Adorni es jefe de Gabinete y vocero presidencial en ejercicio, pero ese segundo rol quedó condicionado por su retiro ante la prensa en medio del escándalo por la investigación sobre sus bienes y sus gastos sin declaración jurada.
Ese vacío empujó a Caputo a ocupar un lugar que no debería tener. Un ministro de Economía argentino necesita cuidar el equilibrio diario, defender el programa, sostener expectativas y avanzar con las reformas pendientes. No puede transformarse en vocero de una interna oficial. Menos aún si esa interna tiene bajo rendimiento político y además debe actuar continuamente como escudo de Adorni.
La cuestión no es menor. En la Argentina, el ministro de Economía siempre administra escasez, expectativas y riesgo. Si además debe explicar desórdenes de la mesa política, el costo se traslada al corazón del programa. La confianza no se pierde solo por un número malo.
La macro, por ahora, juega a favor
El contraste es fuerte porque los datos económicos dan margen. En exportaciones, el salto es relevante. Después del piso de 2023, marcado por la sequía, la serie muestra recuperación en 2024, crecimiento en 2025 y nueva aceleración en los primeros meses de 2026.
Las exportaciones pasaron de US$ 66.788 millones en 2023 a US$ 79.721 millones en 2024 y a US$ 87.077 millones en 2025. En enero-abril de 2026 llegaron a US$ 30.820 millones, con una suba interanual de 21,5%. El dato de abril fue de US$ 8.914 millones, récord para ese mes según INDEC.
Entre 2023 y 2025, el aumento fue de US$ 20.289 millones. Equivale a 30,4% en dos años. Es un dato de poder. Porque dólares de exportación significan margen externo, menor presión cambiaria y otra conversación con el mundo financiero.
La actividad también aporta. El EMAE de marzo sumó 3,5% frente a febrero y la economía creció 5,5%. La pesca mostró 30,9% interanual; agricultura, ganadería, caza y silvicultura, 17,9%; explotación de minas y canteras, 16,3%; industria manufacturera, 4,6%.
No todos esos datos pesan igual. El Gobierno necesita que el crecimiento deje de ser una foto sectorial y se convierta en una secuencia. Pero el punto político es claro: hay indicadores suficientes para sostener relato, expectativas y negociación.
Está claro que la tensión social que genera la impaciencia de algunos sectores a que los beneficios de las reformas y el equilibrio fiscal llegue a los bolsillos del argentino de a pie no es un tema menor. Se ve en las mediciones de imagen de la gestión de gobierno y del propio Javier Milei que cayeron a sus mínimos históricos.
El último informe de Jorge Giacobbe Consultores muestra una imagen negativa de 53,9 % y una positiva de 35,9 % para Javier MIlei. Son números bastante parecidos a los que relevó Management & Fit que lleva ese número a casi 59 % y la Universidad de San Andres.
El justificativo a estas mediciones es casi siempre el mismo: temor por la caida del poder adquisitivo y cansancio ante el ajuste continuo. Un repaso por la curva del consumo da una muestra de eso.
Reservas, dólar e inflación: la tregua que vale
Mientras tanto otro números entusiasman. Las reservas llegaron a US$ 47.908 millones, el nivel más alto desde 2019. El recorrido de desembolsos también pesa: US$ 12.000 millones en abril de 2025, con la salida del cepo; US$ 2.000 millones en agosto de 2025, tras la primera revisión; US$ 1.000 millones en mayo de 2026, con el tercer desembolso.
El dólar, además, no rompe el esquema. El Banco Central compró US$ 9.000 millones en 2026 y el mayorista no pasa de $1.400. El dato tiene un cambio cualitativo: ya no es solo el campo el que aporta dólares. Aparecen la emisión de deuda en dólares de empresas y provincias y el saldo positivo de ingresos por Vaca Muerta que ya le compite a la soja.
Ese punto es central. Si la oferta de dólares se diversifica, el poder económico del Gobierno cambia. Depende menos de una sola fuente estacional.
La inflación de mayo también puede traer otra señal de alivio. Las consultoras prevén una nueva desaceleración y estiman un IPC de hasta 2,5%. En un país donde el precio del dólar y el precio de los alimentos suelen definir la conversación pública, ese dato tiene peso político inmediato.
Pero la tregua no es una victoria definitiva. Los analistas miran junio con cosecha gruesa y mayor demanda estacional de pesos como factores de contención. La calma cambiaria sostiene el carry, aunque la inflación todavía corre por encima del rendimiento en pesos y del ritmo de devaluación. El programa tiene aire, no blindaje.
El FMI ayuda, pero marca la cancha
El desembolso del FMI llegó con advertencias. No es un detalle. El organismo pide aflojar el cepo, revisar estadísticas, consolidar reservas en el Banco Central y que el país salga a buscar financiamiento en los mercados.
También advierte sobre los préstamos en dólares por el riesgo de un descalce de monedas ante un movimiento abrupto en los tipos de cambio. Esa señal obliga a leer el presente con cuidado. La calma cambiaria es un activo, pero también puede alimentar conductas que después cuestan caro.
El Gobierno necesita mostrar que el acceso a dólares no descansa solo en desembolsos, deuda o apuestas de corto plazo. Wall Street espera garantías políticas antes de desembarcar. No alcanza con buenos datos diarios. Las inversiones que aportan buenas noticias todavía esperan, en muchos casos, condiciones para concretarse.
Ahí está el límite de la tesis de Caputo. La economía puede empujar. Pero el capital mira el sistema completo. Y el sistema incluye Congreso, gobernadores, jueces, vocería, coordinación interna y capacidad de ejecución.
El Congreso marca el verdadero precio
Mientras la macro ayuda, la política no logra organizarse. El Congreso muestra el punto más visible. El Gobierno tiene dificultades para avanzar con leyes que considera claves, como la reforma electoral con eliminación de las PASO. Esa opción aparece lejos de concretarse.
Además, deberá debatir proyectos que el propio Milei envió: ley de ludopatía, Super RIGI, ley de lobby y etiquetado frontal. La agenda existe. La fuerza para imponerla, no siempre.
El oficialismo enfrenta así una paradoja. Tiene más argumentos económicos que en otros momentos, pero no consigue traducirlos en control legislativo y político.
El nombramiento de jueces abre otra batalla sin cierre. El Gobierno impulsa candidatos que, en varios casos, tienen pedigree kirchnerista. Ese dato genera ruido dentro de su propio espacio. El caso de María Verónica Michelli expone el nivel de desorden: tenía aval de libertarios y aliados para ser jueza federal, pero los Milei frenaron el pliego al enterarse de que es cuñada del periodista Hugo Alconada Mon.
En La Libertad Avanza hay bronca. Culpan a Karina Milei por estas desprolijidades. Esa pelea importa porque no se trata solo de nombres. Se trata de método. Si los filtros políticos aparecen tarde, el costo se paga en público. Y si el costo se paga en público, la autoridad se erosiona.
Gobernadores, fondos y equilibrio
Milei, mientras tanto, negocia con gobernadores y busca equilibrio en el Congreso. Para eso, el Gobierno aceleró el envío de fondos a provincias amigas vía ATN. Además, las transferencias automáticas crecieron 8,6%.
Esa decisión revela que el Gobierno entiende la necesidad de construir poder territorial. También muestra que el ajuste discursivo convive con la negociación material. No hay mayoría gratis. No hay gobernabilidad sin compensaciones. No hay reforma sin acuerdos.
Se acerca el Mundial de fútbol. Después llegarán las vacaciones de invierno. La política puede entrar en un receso largo, cubierta por un clima social menos atento al conflicto institucional. Ese período puede ayudar al Gobierno. Le ofrece calma, menos presión y más espacio para que los números de la economía ocupen la escena.
La calma también puede ser una trampa
Pero la calma no siempre equivale a control. También puede ocultar problemas que vuelven con más fuerza cuando se agota el paréntesis.
El Gobierno tiene a favor exportaciones, reservas, dólar y una inflación que puede seguir en baja. Tiene un FMI que desembolsa, aunque advierte. Tiene sectores que aportan dólares más allá del campo. Tiene una economía que, en sus números principales, ofrece argumentos.
Lo que no tiene resuelto es la política. Y esa es la variable que define si los datos se transforman en poder o se consumen como una buena racha.
La economía puede darle tiempo a Milei. No puede reemplazarle la conducción.