El fútbol argentino, triste y fiel espejo de la realidad nacional
Pasan largos años que los partidos de fútbol se juegan sin los hinchas o simpatizantes visitantes. Espectáculo y pasión a medias. Cepo real a todo lo que no sea parcialidad local. Los barras bravas reinan en las cercanías de los estadios y lucran con todo lo que es el espectáculo deportivo.
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Esa es la “cara pacífica” de su habitualidad. A tiros y agresiones violentas, con heridos y homicidios, saldan sus diferencias internas (las drogas abundan y son mercancía de valor) y las pujas con los barras de otros clubes.
En la violencia con la que se enfrentan han muerto terceros inocentes. Locura incontrolable y con códigos de sangre, apriete y dolor. Pasa en el fútbol de Buenos Aires y la provincia, en las ciudades del interior y hasta en torneos de ciudades pequeñas. La violencia se extendió a las divisiones infantiles y juveniles.
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Padres y parientes de niños y jóvenes que hacen sus primeros pasos en su pasión, intolerantes y agresivos, interpelan a gritos, ademanes y amenazas a árbitros, jueces de línea y dirigentes adversarios, provocando en numerosas ocasiones grescas y alborotos mayúsculos que incluso obligan a suspender los cotejos.
La intemperancia y el desatino se han trasladado, como signo de ejemplo indeseable, a la máxima competencia de la Liga Profesional. Son responsables del descalabro jugadores, dirigentes, cuerpo técnico y ayudantes e incluso periodistas partidarios que atizan el fuego de la irracionalidad.
Jugadores profesionales, millonarios muchos de ellos, protestan con habitualidad, airadamente y con ampulosidad a la autoridad del juego, exponiendo sin razón ni justificativo a los árbitros. Simulan gravedad inexistente de infracciones comunes, revolcándose innecesariamente en el campo de juego. Resisten las decisiones arbitrales, e incluso hacen señas evidentes de “que hay arreglo de dinero” detrás de tarjetas de expulsión.
En paralelo hay empujones, bravatas, golpes y aglomeramientos donde también participan quienes están al costado del
campo. Esto ocurrió en el partido de ayer en la final de campeones entre Boca Juniors y Racing.
Tal fue el nivel de descontrol que el partido se dio por finalizado porque Boca quedó solo con 6 jugadores. Una final transmitida a numerosos países de diversos lugares del mundo. Un papelón internacional.
Los privilegiados jugadores deberían tomar como ejemplo la conducta del capitán del seleccionado argentino, Lionel Messi. Uno de los mejores jugadores de la historia, es medido, respetuoso del espectáculo y de las autoridades. No simula ni exagera infracciones, no gesticula, grita ni siquiera habla o increpa. Solo se dedica a jugar y deleitar con sus exquisiteces y habilidad y destreza únicas. Modelo a inspirar, seguir y adoptar. No es extraterrestre, ni extraño. Es simplemente argentino, aunque suene extraño.
Otro ejemplo de la locura y sinrazón se dio en la última fecha del campeonato de la Liga Profesional que obtuviera Boca Juniors.
Dirigentes hinchas, que incluso han postulado a la presidencia de River y algunos periodistas partidarios descalificaron la conducta del primer equipo al triunfar sobre Racing, privándolo del campeonato que quedó en manos de su tradicional rival.
¿Y el fair play, el juego limpio, el ejemplo a niños y jóvenes, la conducta correcta? Afortunadamente hubo también voces, como la de Rodolfo Donofrio, expresidente del equipo millonario, que pusieron sensatez y racionalidad a las emociones erradas y extremas.
Todo jugador con su máximo esfuerzo y virtudes debe bregar por el mejor rendimiento a su alcance, siempre, cualquiera fuera la ocasión, honrando el deporte y la conducta ejemplar.
En el descalabro actual la responsabilidad mayor de encarrilar el desatino existente está en dirigentes, maestros de fútbol de niños y jóvenes y en manos de los entrenadores. El deporte superprofesional debe ser un ejemplo de buena conducta, de esfuerzo colectivo y de respeto a adversarios, árbitros y reglamentos.
Muchos de los jugadores son privilegiados en medio de una crisis grave y colectiva que atraviesa el país. Su imagen debe ser impoluta y no reflejar como un espejo perfecto la violencia económica, social, verbal e institucional que reinan en el
país.
Millones de argentinos apasionados, entre ellos niños y menores soñadores, merecen una respuesta ejemplar de sus ídolos y del equipo de sus amores, alegrías y tristezas.
Finalmente es el fútbol un juego que semanalmente renueva expectativas y la posibilidad de mejorar perfomance y resultados. Es sólo eso, no una guerra inconducente y sin sentido.

