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Se vende: oasis productivo y paraíso fiscal

La economía regional mantuvo un escaso nivel de diversificación industrial. Más o menos pasó lo mismo con la industria azucarera tucumana y con la industria frutícola del valle de Río Negro. Estas zonas, puede decirse, “zafaron” con el modelo agroexportador porque no competían con el mismo.

Dios comenzó a atender en Buenos Aires cuando nos constituimos como país hacia 1880. Sin ánimo de polemizar, permítaseme la siguiente afirmación: por aquellos años, Dios, no era argentino, sino inglés. Veamos. Es a partir de la resolución del conflicto entre dos Estados,  provincias del interior vs. provincia de Buenos Aires, cuando podemos hablar de Estado Nacional unificado. Es decir, una capital y legislación común para todo el territorio nacional. La guerra civil entre las provincias del interior pobre vs. la ciudad puerto, por el control de la renta aduanera, culminó con el ascenso del “roquismo” al poder nacional (1880-1886). Los “patriciados” del interior (pre-burguesía agraria) especialmente de Tucumán, Cuyo,  y la zona del valle de Río Negro, apoyaron el “proyecto roquista” de unificación nacional. Ahora bien, no obstante la pauperización agraria del interior, hubo excepciones. Una de ellas fue la industria vitivinícola mendocina. Aquí, pudo desarrollarse tal industria, por el “carácter complementario” que asumía la misma, en relación al esquema económico nacional, basado en la producción de materias primas de la región pampeana.

En función de esta situación, la economía regional mantuvo un escaso nivel de diversificación industrial. Más o menos pasó lo mismo con la industria azucarera tucumana y con la industria frutícola del valle de Río Negro. Estas zonas, puede decirse, “zafaron” con el modelo agroexportador porque no competían con el mismo. Se complementaban. Mientras, las provincias del norte, fueron condenadas a la pobreza.

Una clase muy particular

La debilidad característica de estos sectores de la pequeña burguesía mediterránea, y de los patriciados del interior, sumado a la consolidación del imperialismo como fenómeno mundial, provocan la fusión en una sola clase social de estos subsectores dominantes: patriciados del interior, burguesía terrateniente bonaerense y la burguesía comercial porteña. Había nacido la “oligarquía”. Esta se apropiará rápidamente del gobierno de Julio Argentino Roca hacia segundo mandato presidencial (1898-1904). De allí el carácter concentrador del modelo de acumulación agroexportador, que dominó la economía nacional entre 1880-1930.

Así, la nueva oligarquía mendocina, mantendrá una fuerte complementariedad con el sistema económico nacional en dos etapas: primero, en su esquema monoproductor, apoyado en un fuerte liberalismo clásico (generación del '80), y segundo, fomentando una acotada pero eficaz diversificación industrial, apoyada en un fuerte estatismo de obra pública, que mejoraba las condiciones de la infraestructura provincial (década del '30 en adelante).

En términos nacionales, una relación más que carnal con el capital inglés, puso de manifiesto el rol de economía complementaria que se nos asignó en el concierto internacional: proveer al mercado europeo de materias primas e importar manufacturas. El diseño de las vías férreas en Argentina constituye uno de los pilares fundamentales de este modelo, junto a la técnica del frigorífico que reemplazó a los saladeros de la época de Rosas.

Desde la capital hacia el interior, se extenderá el proyecto ferroviario, el cual permitió una eficaz invasión de productos manufacturados ingleses hacia las provincias. El gran pulpo que no conectaba sus brazos entre sí, llevó, lentamente, a la pauperización del interior pobre que comerciaba con carreta sus productos entre los pueblos del norte y el oeste. Las clases dominantes en Argentina, entonces, se configuraron bajo un interés francamente especulativo, con un notable desinterés por la reinversión o la inversión productiva por aquellos años. Clases “rentistas” y “parasitarias” en base al sagrado “humus” de la pródiga pampa. Pero aquí en la provincia, nuestra pujante industria, requirió de una burguesía inversora y no especuladora.

Una suiza de gansos

Librecambistas y antiestatistas proyectan un país chico con un gran centro metropolitano. La aparición del movimiento yrigoyenista y luego del peronista, especialmente a partir de este último, resquebrajaron tal modelo excluyente en el país.

No obstante, el proceso sustitutivo de importaciones que se inicia forzadamente hacia 1930, y que se profundizó en un sentido nacional y popular bajo el peronismo benefactor, trajo como consecuencia un enorme movimiento migratorio del interior del país, hacia la gran ciudad industrial que prometía “movilidad social”. Esos “cabecitas negras”, “descamisados” en alpargatas, constituirán el sujeto social que “inventará” al peronismo, tras la figura carismática de su líder. Eran los años felices, donde el pueblo entraba como protagonista de la historia y ocupaba espacios de decisión en la estructura del Estado y en el Congreso. Una verdadera revolución social extendida hacia el país entero. En Mendoza, tras la caída de Perón, los gobiernos demócratas pondrán el acento en la obra pública y el sostenimiento de la industria vitivinícola. Lo cual siempre nos diferenció del resto. Es desde allí que Mendoza sea vista, históricamente, como una provincia rica frente a otras pobres.

Atracción fatal de inversiones

Depende más de estrategias de integración económica nacional e internacional el futuro provincial. Mendoza tiene la suficiente capacidad productiva e infraestructura, como para plantear un desarrollo redistributivo de la riqueza, sin depender exclusivamente de aportes salvadores de la nación, como ocurre en otras provincias, a las que hay que prestar asistencia por su debilidad estructural.

Ahora bien, mientras cada vez más nuestras tierras queden en manos extranjeras, menos autonomía tendremos. La industria vitivinícola local, se somete a partir de los años 90, a un proceso de trasnacionalización, primero en la cadena de distribución y luego en la producción. Esta nueva configuración de intereses, no nos hace más dependientes de la nación, sino de otras naciones, del capital de otras empresas.

Se calcula que hoy, los extranjeros, son dueños del 3% del territorio mendocino. Medio millón de hectáreas, es decir, comparativamente, serían dueños de casi todo Luján de Cuyo, concretamente de casi 4.800 km. cuadrados.

Tenemos una estructura tributaria regresiva, ya que ala fecha, el monto acumulado de deuda impositiva asciende a más de 600 millones de pesos, de los cuales la mayoría es deuda empresaria. El Estado debe exigir este pago como lo hace con el resto de la población. Hay que redefinir el esquema tributario de Mendoza, que para muchas empresas se ha transformado en un paraíso de obtención de recursos con bajo tributo, de adquisición de tierras sin limitación alguna en cantidad y calidad. Mendoza se transforma lentamente en un tentador paraíso para la concentración, la monopolización  y el oligopolio. Si no recauda el Estado a la altura de la riqueza que se produce en la provincia, estaremos en presencia de un Estado diseñado a la medida del privilegio concentrador.