Nunca seremos reinas

Nunca seremos reinas

En los últimos meses se ha planteado en Argentina la idea de suprimir las elecciones de las reinas. Incluso hay quienes proponen cambiarle el nombre por “la elección de la embajadora” quitándole la capa y la corona. ¿Cuál es el problema con este tipo de concursos?

Fatima Mernissi (de origen musulmán) en su libro “El Harén occidental” nos cuenta cómo cuando llego a América se dio cuenta de por qué a las mujeres occidentales no hacía falta encerrarnos en un harén para tener control sobre nuestros actos y cuerpos. Explica cómo en el arte y literatura orientales, la principal característica de la mujer es la inteligencia y astucia y que por esto mismo, al ser atributos peligrosos para los hombres, deben ser encerradas y controladas.

En cambio, en occidente, el control esta en el aire, en el mundo simbólico (medios de comunicación, instituciones, concursos, tiendas de moda) haciendo creer a la mujer que debe enfocar toda su inteligencia en lograr la talla 38 y aparentar la eterna juventud. Dice en una parte de su libro: “A diferencia del hombre musulmán, que establece su dominación por medio del uso del espacio (excluyendo a la mujer de la arena pública), el occidental manipula el tiempo y la luz. Esto último afirma que una mujer es bella sólo cuando aparenta tener catorce años” Así, la autora concluye que como en oriente están encerradas, las mujeres saben contra qué luchar. En cambio en occidente, la dominación se diluye penetrando en las mentes: “las mujeres son encerradas en pensamientos sobre su cuerpo y su edad, son infantilizadas, minusvaloradas, cercenando así la consecución de una igualdad real”.

Para bajar esta idea a nuestro cotidiano, pensemos en esos anuncios de champú, en donde una mujer joven, flaca y con sus cabellos perfectos atraviesa la oficina en que trabaja y es mirada con admiración por todos los hombres en la sala. Somos seres que nos construimos por identificación y estas publicidades nos enseñan que esto es lo que debemos ser para lograr ser vistas. Así, en este ejemplo simple, vemos que incluso en la oficina, no es nuestra capacidad lo que importa, sino ser admiradas por nuestra belleza, con cabellos y silueta perfecta.

Estos mensajes nos llegan de tan jóvenes y con tanta fuerza que las mujeres (incluso en nuestra juventud) no tenemos la más mínima noción de nuestra verdadera belleza. Es que ser mujer, joven y bella, tampoco es suficiente: tenemos que ser reinas.

Porque ninguna, no importa lo jóvenes o sexy que seamos, lograremos alcanzar las expectativas que el mundo nos dice que tiene de nosotras. No hace falta que nadie nos explique lo que esto significa: lo aprendemos desde muy temprana edad a través de la observación tanto en la tele como en nuestras fiestas populares de los concursos de belleza en donde aquellas con ciertos atributos son elegidas.

Una vez ganada la competencia o alcanzados estos estándares (y dudo que muchas mujeres lo hayan logrado) no termina la cosa, porque sabemos que cada año habrá una nueva elección, y otra mujer puede ganar nuestro puesto de miss universo o reina de la vendimia. Y allí comienza todo de nuevo: cremas, botox, tratamientos, dietas, etc.

Es bueno ponerle nombre a las cosas: los concursos de belleza y la elección de la reina son la emulación de que las mujeres tenemos que ser jóvenes, bellas, complacientes, sonrientes y que por demás debemos ocupar el espacio público para deleitar los sentidos de los hombres. Es poner foco en que la valía de una mujer esta sólo vinculada a estos atributos y que si los pierde estará muerta civilmente, o será elegida otra reina en su lugar.

Y si esto no es así ¿Por qué no elegimos a los reyes? La respuesta es simple: a los varones se les exigen muchas cosas, pero no la belleza y la juventud.

Y aquí es donde se hace visible la trampa. Porque no importa lo capaces, inteligentes, bellas o buenas personas que seamos, si no alcanzamos esos estándares o atributos no seremos válidas. Esto último nos condena a estar siempre en falta, incumpliendo, faltando a la primera norma de la feminidad: la belleza y juventud eterna.

Ahora bien, para defender la continuidad de estos certámenes en algunos casos se propone que la jovencita sea llamada “embajadora” y que deba presentar un proyecto social para postularse.

Inmediatamente nos surgen algunas preguntas al respecto ¿Podrán postularse y ganar mujeres de más de 40 años? ¿Reclamarán los hombres que a ellos también se les otorgue el título de embajador? Aunque parecen buenas alternativas, creemos que no. Porque con o sin capa y corona, se trata de concursos de belleza. Y por demás, no de cualquier belleza, sino de “esa” asociada a los patrones aceptados por nuestra cultura.

Volviendo a las ideas de Fátima Mernissi, parece claro que estas elecciones y emulaciones de la belleza eterna femenina se nos aparecen como una forma de control social hacia las mujeres que nos distrae de buscar nuestros verdaderos objetivos y de pisar fuerte en nuestras profesiones y actividades.

Por un lado, parte de ese control consiste en que aquellas mujeres que salimos de “la trampa” de estos símbolos, seamos permanentemente estigmatizadas: “Raulito”, “no pareces una mujer”, “a vos que no te importa nada”, “te vas a quedar solita”. Y por otro, algunas mujeres nunca escaparemos de ella y viviremos en constante contradicción con esos estándares dilapidando nuestra energía y dinero en alcanzarlos: porque como los años pasan, y la juventud se acaba, nunca seremos reinas.

La autora:

  • Emiliana Lilloy-Abogada.
  • Directora de la Diplomatura en Género e Igualdad (UCH-Fundación Protagonistas)

  • Directora en IGUALA Consultora
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