Si la economía funciona, entonces qué es lo que falla en Chile

Se cumple una semana desde que en la República de Chile se encendió la llama que dio lugar una ola de protestas de enorme magnitud que ahora mantiene en vilo, para bien y para mal, a la comunidad internacional. El fenómeno se presentó como un estallido que parecía imposible y tomó por sorpresa a políticos y analistas. Las causas que sostienen la demanda van mucho más allá de las teorías monetarias. Una mirada desde las calles del país vecino.

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Ignacio de Villafañe

El mayor reclamo de los chilenos es la falta de justicia

Pachy Reynoso / MDZ

Los números dan y dan bien. "Chile ha sido una de las economías latinoamericanas que más rápido creció en las últimas décadas debido a un marco macroeconómico sólido que le ha permitido amortiguar los efectos de un contexto internacional volátil y reducir la pobreza”, indica el Banco Mundial -organismo vinculado al Fondo Monetario Internacional (FMI)- para marcar luego que esta última paso del 30% en 2000 al 6.4% en 2017.

Y no se trata solo del Banco Mundial. En su informe “Perspectivas Económicas de América Latina”, publicado en 2019, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) explica que “la mejora de los resultados de desarrollo de Chile en las décadas pasadas ha sido sólida”. Subraya, para sostener tal afirmación, tres aspectos centrales:

  1. El hecho de que entre 2003 y 2015 la población económica que vive con menos de 5,50 dólares al día bajó de 29,8% a 10,1%.
  2. Que la esperanza de vida es de 79,5 años, la tasa de mortalidad infantil de 6,3 por cada mil nacidos vivos
  3.  Que el PBI per cápita aumentó dos veces y media entre 1990 y 2017, quedando en 22.767 dólares. Sobre este dato, la comisión enfatiza que únicamente Panamá y República Dominicana estuvieron cerca de igualarlo.

Si se comparan todas estas cifras con la realidad argentina nos encontramos con que de este lado de la cordillera el PBI per cápita, otra vez según las mediciones de la Cepal, en 2017 era de 18.934 dólares -casi 4 mil dólares menos que en Chile-, la esperanza de vida es de 76.6 -tres años menos que en Chile- y que la tasa de mortalidad infantil es de 9,2 por cada mil nacidos vivos -tres puntos más alta que en Chile-. Muchos de estos números y de los anteriores, vale aclarar, corresponden a cortes estadísticos hechos en 2016.

Chile

Sin embargo, algo de todo lo que se sabía sobre el "milagro" chileno y su "verdadero oasis con una democracia estable" -palabras mencionadas por el presidente trasandino, Sebastián Piñera, apenas once días antes de estallara el conflicto- al parecer no estaba bien. Entre tantos datos económicos y estadísticas con proyecciones promisorias se ocultaba un error que muchos habían advertido pero pocos dimensionaron como lo que ciertamente podía llegar a ser.

"Había desigualdad pero no sabíamos que les molestaba"

La frase fue pronunciada el martes pasado por periodista y presentador de la televisión chilena, Polo Ramírez, durante la edición el programa matutino "Bienvenidos", emitido por Canal 13. "Sabíamos que había desigualdad pero no sabíamos que les molestaba tanto", fue lo que dijo por señal abierta.

El intento del periodista por explicar su sorpresa ante la masividad de las protestas tras cuatro días continuos de sostenerse las mismas generó un profundo rechazo en las redes sociales y el fenómeno fue replicado en varios medios al otro lado de la cordillera. Sin embargo, da cuenta del malestar que hoy expresan millones de chilenos en todas las calles de la república, que durante décadas aguardaron a la espera de un futuro mejor mientras observaban como el día a día se les hacía más difícil -con subas de tarifas, jornadas laborales extensas y, sobre todo, jubilaciones bajas- mientras "los ricos se hacen cada vez más ricos", tal como indicaban los reclamos que MDZ pudo recoger por parte de los manifestantes durante su cobertura de los conflictos en Chile.

Es que la economía al otro lado de Los Andes "funciona", en el sentido de que el país efectivamente se enriqueció, la clase media aumentó, las proyecciones se cumplieron, la gente vive más años y mueren muchos menos chicos que en otros países de la región. 

El problema es que esa economía que logró el "milagro" que hasta hace menos de una semana muchos políticos argentinos se encargaban de mostrar como un ejemplo -algunos de ellos, candidatos a Presidente en las elecciones de este domingo 27- no contemplaba las desigualdades que generaba, con un sueldo mínimo de 301 mil pesos chilenos (424 dólares) y diputados nacionales con dietas cercanas los 10 millones de pesos chilenos, una cifra 33 veces mayor.

¡No es la economía, estúpido!

Lo cierto es que lo que aqueja a Chile no es un fracaso económico. Si el estallido social de hoy es o no consecuencia de la aplicación de "el neoliberalismo y las recetas del FMI", como señalan desde Buenos Aires algunos dirigentes como la diputada nacional Fernanda Vallejos (Frente para la Victoria) es algo que pertenece más bien al terreno de las interpretaciones. Prueba de ello es que las protestas de la república vecina están plagadas tanto de militantes de izquierda como de derecha, de opositores de Piñera y de partidarios de Piñera, de anarquistas y de defensores -u opositores moderados- del modelo actual.

El reclamo es tan grande que incluso va más allá de lo que se manifiesta en las calles. Es tan grande que una vez en curso el toque de queda todos abandonan la vía pública y continúan con los cacerolazos bajo techo, gritando por la ventana, contestándose entre vecinos y (algunos) cargando contra los carabineros a la distancia. Los chilenos se quejan incluso mientras trabajan, se quejan mientras esperan el transporte público y cuando están dentro de sus casas.

Claro que por "economía" se pueden entender muchas cosas. Pero el punto es que en los datos, en los informes basados en planillas de cálculo, en lo que se esperaba que debía suceder, todo sucedió como debía. En las protestas de Santiago, por ejemplo, se escuchan más manifestantes quejarse de que con su sueldo "solo se puede tener lo justo" o que lo que ganan "no alcanza para pagar el instituto privado", que ciudadanos afirmando que no les alcanza para comer.

Por otro lado están los que realmente pasan hambre, que también existen y no son pocos. Pero en las marchas preponderan más los reclamos estructurales que los urgentes. Las jubilaciones son magras. Pensiones cercanas a los 100 mil pesos chilenos en un contexto donde abastecerse para dos o tres días en el supermercado puede costar entre 15 y 20 mil. Pero no son solamente quienes reciben las pensiones los que se quejan de esto sino que todos en la calle lo hacen, incluso los jóvenes de 26 años que apenas ayer comenzaron a trabajar pero que ya saben el futuro que los espera. Los reclamos son de fondo.

De qué se quejan

Una encuesta recientemente publicada por la agencia Active Research señala que al menos hasta el miércoles, luego de que Piñera anunció su paquete de medidas para satisfacer la demanda social, el 61,5% de los chilenos consultados consideraba que las mismas no eran suficientes para dar mayor equidad. Además, 52,4% de los encuestados indicó que tenía poca o nada de confianza en que sus políticos superarán este momento de crisis mientras que el 83% se encontraba entre de acuerdo y muy de acuerdo con las movilizaciones y el 84,1% admitió compartir las motivaciones que dieron lugar a las mismas.

Es decir, hay un fuerte descreimiento en el sistema democrático vigente como instrumento capaz de satisfacer las demandas de una sociedad que se hartó, otra vez según la encuesta de Active Research, de los sueldos de los trabajadores, los precios de los servicios básicos, las pensiones de los jubilados, la desigualdad económica, el costo de salud y el del transporte público. Todos reclamos que se escuchan hasta en comunas como Las Condes, una de las más ricas de Santiago.

Ahora todos los esfuerzos del presidente Sebastián Piñera están puestos en garantizar el cumplimiento del "derecho y la obligación" que tiene "la democracia" de "defenderse", tal como explicó durante uno de los anuncios en de extensión del Estado de excepción. Pero lo tiene que hacer mientras se encarga de limpiar la cara de un sistema político cuestionado por el grueso de una población que no confía en sus representantes y se cansó de no llegar a fin de mes mientras observa como el Gobierno se ocupa de que los intereses de los sectores más ricos tampoco sean vulnerados.

La economía actuó como se prometió que actuaría. El modelo se implementó con orden, construyó el oasis y repartió sus frutos según lo pactado. Lo que no se advirtió es que en el camino surgieron nuevas demandas, nuevas dolencias, nuevas necesidades que por años se ignoraron hasta que el sábado estallaron con suficiente estruendo como para quedarse. Quizá esa economía no servía y la democracia debería haberla descartado tiempo atrás. Es una lectura posible. En todo caso, la democracia debería haber actuado antes.

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