Carlos Varela: "¿Por qué los presos comunes no pueden quejarse?"

Carlos Varela: "¿Por qué los presos comunes no pueden quejarse?"

El abogado mendocino opina en una carta sobre el reclamo de los internos que piden la libertad y el accionar de los jueces federales, que se la concedieron a los acusados por delitos de corrupción.

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La grieta en los techos de la villa miseria

Todo comenzó el año pasado cuando una Comisión del Senado de la Nación publicó en el Boletín Oficial que se aplicaría en materia de prisiones preventivas nuevas reglas, es decir más cercanas a las exigidas por los sistemas de protección de derechos humanos donde la internación en la cárcel de una persona acusada de un delito es la última opción.

Así las cosas llegado el nuevo Gobierno, y con esas reglas, comenzaron rápidamente los jueces federales a dar la libertad a los presos sin condena acusados de delitos de corrupción, como Baratta, Thomas, De Vido o empresarios como Ferreyra etc, conocidos de las causas de los cuadernos y otros aderezos.

La canilla de libertades se cerró inmediatamente cuando los presos federales comunes pidieron igualdad de trato y no discriminación. Luego sucedió lo de Amado Boudou que extrañaba a sus hijos y también fue beneficiado con la prisión domiciliaria al igual que un afónico D' Elia que padece varias enfermedades. La última andanza fue la máxima autoridad en derechos humanos de la Nación, un reconocido militante de derechos humanos, Horacio Pietragalla, que en nombre del Estado pidió la prisión domiciliaria de un condenado precisamente por crímenes contra el mismo Estado, como Ricardo Jaime.

Pregunta estúpida: ¿Por qué los presos comunes acusados, detenidos o condenados de cualquier delito no pueden quejarse y pedir lo mismo?

Lo hicieron a la manera de los presos comunes; subiéndose a los techos, cubriéndose la cara, gritando, mandando audios, quemando colchones.

Lograron que se los escuche pese a la represión en varias cárceles, como en Florencio Varela, Corrientes, Devoto, y en Boulogne Sur Mer y El Borbollón en Mendoza.

Todo preso quiere la libertad. Todo abogado defensor tiene el deber y la obligación de pedirla por su cliente. Las cárceles deben ser sanas y limpias. La pandemia exige distanciamiento social, lavado de manos y elementos de higiene. Estos son elementos objetivos que cada penal y cada juez debe analizar. Eso se llama “hecho”.

Existen además protocolos aceptados que establecen que determinados grupos de personas son de riesgo y tienen el derecho a ser evacuados del penal. Ese es un aspecto subjetivo que cada establecimiento y que cada juez también debe conjugar.

Ahora bien por un lado el Gobierno Nacional y los jueces federales dieron señales equivocadas al respecto en materia de prisiones domiciliarias y libertades selectivas ( léase amigos o compañeros).

En Mendoza la política contra el delito de Alfredo Cornejo, durante su recordado gobierno, saturó las cárceles de la mano de la Procuración y la Suprema de Justicia y las leyes que lo ayudaron desde las Legislaturas provinciales y nacionales. Pabellones llenos de personas a las que el principio de inocencia, de la excepcionalidad de la prisión, los transformaron en alimentos vencidos para tirar. La autodenominada Opinión Pública fue la excusa del poder autocrático para encarcelar y castigar.

Cornejo tiene dos caras. La del autócrata durante su gobierno que fulminó todas las instituciones, las copó, digitó, amplió, etc, y la del demócrata on line que en Buenos Aires clama al Gobierno Nacional  libertades y garantías que aquí no concedió, implementando códigos procesales penales contrarios a todas las Convenciones de derechos humanos, que en pos de una justicia veloz y oral  la ha transformado en un altar de condenas on line y exprés en cárceles que aún tienen Medidas Cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Ahora bien otra característica de los techos carcelarios es ver cómo los discursos se entrecruzan. Si se trata de presos comunes una parte de la sociedad clama la cabeza de los jueces y expande el miedo del otorgamiento de las libertades y domiciliarias y por otro lado otro sector solicita el cumplimiento de los tratados internacionales y los Protocolos sobre Pandemia. El miedo tiene en este caso el contagio.

Pero cuando se trata de los presos de Lesa Humanidad ( secuestros, violaciones, asesinatos, desaparición de personas) que cumplen con los estándares de personas en riesgo, los que claman contra la libertad de los presos comunes callan, no les molesta que lleguen a su barrio tan distinguidas personas y los que invocan los tratados internacionales para los presos comunes argumentan el miedo del vecindario.

El hecho incontrastable es que unos y otros presos han dado una lección a la sociedad, han conseguido una Mesa de Diálogo donde se sientan, jueces, el Gobierno, la Iglesia y representantes de los presos. Al menos en Mendoza y Devoto.

Este ejemplo no ha contagiado a millones de trabajadores hoy en la ruina, a los profesionales liberales sin clientes y con deudas, a millones de kiosqueros, pequeños comercios, feriantes, o al 40% o más de pobres o a los empresarios más nombrados de esta sociedad como los de Techint, Pescarmona o Cartellone, o a los David o a los Vigil de Mendoza a subirse a los techos de sus casas o negocios y enarbolar la bandera del trabajo y el salario.

Difícilmente podamos ver a Moyano, Daer, Smith y tantos otros desde sus balcones protestando por sus trabajadores de la manera que lo han conseguido las personas privadas de libertad.

En las cercanías del Día del Trabajo ( quizás el próximo año haya que cambiar el nombre) los techos llaman a un reclamo justo y en paz.

En definitiva es como aquella película “La sociedad de los poetas muertos” donde los alumnos del profesor  echado ( Robin Williams se suben a los bancos en señal de protesta).  Ahí era el derecho a la mejor educación, hoy subirse a  los techos es nada menos que la sobrevivencia.

Una sociedad afónica es el mejor mensaje al Poder.

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