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Opinión

Carrió , masoquista con Merthiolate en la mano

La aliada de Macri es la que provoca muchas de las heridas dentro del frente Cambiemos, pero también la que aplica antisépticos.

Represente a un colectivo de pensamiento o se represente a sí misma, Elisa Carrió, “Lilita” para amigos y enemigos, tanto para sus íntimos como para sus muchos detractores, se ha vuelto a transformar en un factor de equilibrio, una especie de conciencia viviente sobre el hombro de los funcionarios. Esa idea cobra mucho más peso si se comprende la dimensión que le da una de las principales figuras del macrismo, como debería serlo la vicepresidenta Gabriela Michetti: ella ha dicho que Carrió trabaja “sola” y que es “incapaz de hacerlo en equipo”. No hace falta escarbar demasiado para darle cierta credibilidad al planteo de la dirigente porteña que quedó catapultada al segundo cargo de importancia en el país como “premio consuelo” por haber perdido las paso por el gobierno porteño con Horacio Rodríguez Larreta.

Pero el poder de esa “soledad” de Carrió no solo es indómito, como lo dio a entender Michetti, sino que tiene una fuerza inusitada. Tanto, que es la vicepresidenta la que tuvo que volver sobre sus pasos un día después de que la rebelde aliada de Macri que junto al mendocino Ernesto Sanz se prestó al juego de la interna presidencial para dar cimientos al frente Cambiemos la criticara.

La líder única de la Coalición Cívica le apuntó directo en la frente cuando cuestionó su honor por haber permitido el nombramiento del ex jefe de la AFIP kirchnerista Ricardo Echegaray como Auditor General de la Nación. Y este jueves, sin demora, cuando el exfuncionario pasó a la categoría de “procesado” por la justicia, la propia Michetti avanzó en el sentido contrario al recorrido y empezó el camino de su remoción.

Cuando durante la campaña preguntaban alrededor de Mauricio Macri sobre el futuro rol de Carrió, contestaban en off que la quería "lejos". La chaqueña (que ahora quiere encabezar las listas al Senado por la provincia de Buenos Aires, en probable competencia contra Randazzo, Massa y Scioli) ya rompió todas las estructuras de gobierno o políticas que pudo, empezando por el radicalismo, la Alianza, el ARI y la Coalición Cívica. Sin embargo, ella no aceptó salir del país en algún cargo diplomático y se quedó en su banca de la Cámara de Diputados. Tampoco le permitió a los propios cargos de relevancia y solo dice buscar “lugares de control”, como el propuesto para el mendocino Gustavo Gutiérrez, como síndico de YPF.

Entonces tuvo que reinventarse. 

Es la que genera muchas de las heridas que el frente Cambiemos se autoinfringe, pero al mismo tiempo es quien aplica los antisépticos.

La pudrición del poder genera una catarata de pus. La presencia de Carrió en ese espectro cumple en esta etapa un rol absolutamente opuesto al de los acólitos de Cristina Kirchner que la reverenciaban como verdad revelada y guay que atinaran a cuestionar algo de su entorno.

Entonces Carrió así y todo sirve. 

Porque alertó sobre los peligros del banqueo y ganó, desde su soledad, cuando nadie les daba bolilla a las otras voces que decían lo mismo. Porque atacó la designación de Echegaray y le torció el brazo a la propia vicepresidenta de la Nación desde adentro de la alianza gobernante. Carrió es el Merthilate de Macri que impide que todo llegue a podrirse y actúa antes de que se genere el pus. 

Al final, es la más peronista de las macristas ya que construye un poder alternativo desde adentro y les quita lugar en el escenario a los opositores.