Opinión
El diccionario de Runno: Maduro
maduro, ra
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Del lat. matūrus.
1. adj. Dicho de un fruto: Que ha alcanzado el grado de desarrollo adecuado para su consumo. Fruto, grano maduro.
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2. adj. Dicho de una persona o de una cosa: Que ha alcanzado un estado de desarrollo adecuado para su utilización, funcionamiento o empleo. El plan ya está maduro. No estoy maduro PARA ese puesto.
3. adj. Que ha alcanzado la capacidad mental propia de una persona adulta. Un joven muy maduro.
4. adj. Dicho de una persona: Que ha dejado de ser joven, pero no ha llegado a la vejez.
Nicolás Maduro desafía, y más que a simple vista, cualquiera de estas definiciones estrictas. Y ya no sólo se trata de relatos de los propios venezolanos. El mundo entero, quizá la excepción sea la democracia moderna y esplendorosa de Irán, parece agobiado por el estado de las cosas en la tierra del tan manipulado Simón Bolívar. Organizaciones internacionales, asociaciones de países, entidades de derechos humanos, conglomerados comerciales, no creen en las capacidades de Maduro para darle a su país una dirección medianamente lógica. Peor: han dado la espalda ante tanto cachetazo recibido a diestra y siniestra.
Uno puede ser de derecha, de izquierda, ultra de alguna otra cosa, apático, si quiere, pero, como decía Juan Perón, de lo único que no se vuelve es del ridículo. Y la Venezuela del presidente Maduro se ha confinado al ridículo, lo que no sería demasiado grave si no fuera por las consecuencias que sufren millones de venezolanos, hora a hora, día a día.
El trotskismo de Maduro podría resumirse es un frase insólita: "¿dónde vamos? a la revolución permanente de la decadencia". Nada simple. El razonamiento podría ser perfecto para Jay Gatsby, un Nicolás Maduro invertido. Pero el asunto es más simple para acotar la hipérbole del presidente boricua: representa un párrafo fallido del realismo mágico tropical, un cachivache, en medio de una tradición que avergonzaría a Carlos Fuentes, García Márquez. Ni hablar de Vargas Llosa.
Maduro eligió la caricatura ridícula demasiado rápido, apenas muerto Hugo Chávez -que en la comparación hasta parece un tipo regio-. Fue el momento místico del "pajarito chiquitico":
La vida en Venezuela se ha transformado en una pesadilla. En 2015, y la situación hoy es más preocupante, Caracas se transformó en la ciudad más violenta del planeta. Sorprendente esta idea de las revoluciones en sociedades cada vez más pauperizadas, menos satisfechas en sus niveles de alimentación, salud y educación, devaluadas en su calidad doméstica. Hoy, en cualquier ciudad del país, se sabe apenas lo que se come en el día (siempre escaso). Mañana, la revolución dirá, cuando dice algo en forma de proteínas, calorías. En octubre, una familia venezolana de cinco miembros precisaba diez salarios mínimos para adquirir la llamada "canasta básica".
Muchos creen que esto es una revolución. Tienen razón. Por fortuna hay medicación para estas extrañas patologías.
Nicolás Maduro ha profundizado una Venezuela inconducente, sin liderazgo, casi imaginaria. Es como si creyera que un país puede vivir en estado de asamblea permanente, como si todavía estuviera al frente de un sindicato o exiliado en una agrupación estudiantil universitaria. Apela en sus discursos a los brotes ideológicos más delirantes que hoy habitan el siglo XXI en América Latina. Las razones de Maduro se desploman ante la evidencia de tantísima realidad.
Si la social democracia de Carlos Andrés Pérez fracasó, a fines del siglo pasado, no es arriesgado afirmar que Maduro también murió en su inmadurez. Nunca le llegó a los talones a Fidel Castro y apenas si pudo tironearle las rodillas de los pantalones camuflados -estilo militar- a Hugo Chávez. El eterno adolescente inmaduro, Maduro. El hombre que quedó más orsai que nunca el mismo día que Obama pisó La Habana. El hombre que, para madurar, quizá deba retroceder en sus pasos.



