Creen haber visto llorar a una foto de Cristina
Si Mauricio Macri exagera al ser demasiado crudo al hablar de la realidad y mostrarla tal cual es, o peor aun, sin conseguir dar rienda suelta a sueños concretos para los tiempos cercanos, Cristina Kirchner se ancla en sus antípodas también en esto: es todo sueños, etérea, mística, de otro mundo.
En localidades provincianas de cualquier costado del mundo, esas que están hartas de vivir en un eterno presente, cada tanto una imagen religiosa lanza lágrimas de sal, agua, sangre o algún otro líquido. Proliferan las apariciones salvadoras en sitios impensables. Nadie busca una explicación. El solo hecho los convence de que deben seguir la inercia de los tiempos y los hunde, en definitiva, en una introspección que niega al entorno definitivamente, cual condenados.
La vuelta al ruedo político de Cristina Kirchner sucede no como el retorno de quien debe dar unas cuantas explicaciones en torno a la realidad de la que habla Macri, asustado, esa que es palpable y perceptible a simple vista en un país en donde la pobreza se consolidó y la obra pública se pagó sin que exista, sino como una "aparición".
En una salida de paseo que logró que se arremolinaran tras de sí muchos de sus acólitos (los artistas, aquellos capaces de despertar mediante el drama o la comedia sensaciones reprimidas), Cristina escogió a un grupo de apóstoles para darles su mensaje, y son ellos los enviados a reproducirlo por doquier. Se topó con pobres cuya condición adjudica al gobierno que lleva cuatro meses de gestión contra los 12 años de su imperio sobre la paz de la Tierra y lloró por ellos amargamente.

Así como apareció casi levitando sobre la Isla Maciel y se reprodujo en miles de tuits de quienes daban crédito de ello, se esfumó para dejar que los elegidos dieran testimonio de su palabra.
Ante las cámaras de TV no supieron explicar con claridad de qué les habló Cristina. Es que la emoción los embargó, de lleno, por el solo hecho de "poder mirarla de cerca a los ojos", como relató uno de los presentes a las cámaras de TV. Otro, sólo pudo balbucear, atolondrado aún por aquella presencia: "Nos dijo lo de siempre, que salgamos a explicar lo que está pasando y que lo que ella nos dio", dijo otro. Mientras que, los más preparados para comunicar, periodistas al servicio de la reproducción de su voz sin alteraciones de ningún tipo, dieron fe pública de que primero fue el verbo y después la luz.
Cristina Kirchner salió de su relax postpresidencial en El Calafate citada por un juez con el que tiene una manifiesta enemistad, Claudio Bonadio, para dar explicaciones por una sospecha que pesa en su contra. Sin embargo, posee la capacidad sagrada de transformar el demérito en virtud y mostrarse como la solución a los problemas que su propio ejercicio del poder sobre la Tierra dejó como secuelas.
Su seducción llevó a que los mismos curas "en opción por los pobres" que denunciaron el crecimiento imparable de las villas miseria durante su gobierno y el avance mortal de la droga y el narcotráfico la acogieran sin chistar, enmudecidos por su sola presencia, en una reunión que mantenían.
Es que la Argentina es un país de contrastes, pero también de verdades paralelas incontrastables. Se sabe, aquí, que lo que no une el amor lo consigue el espanto.
Es por ello que conviene a los acólitos hacer crecer -hasta dosis capaces de provocar espasmos- el espanto sobre el actual gobierno, no dejarlo aprender a caminar siquiera, en medio de sus constantes tropiezos. Algunos de ellos, los más rústicos usados para ello, han llegado a señalar el momento actual del país como un "genocidio", una "dictadura", "el fin de la democracia", el "retorno al 76", entre muchas otras atrocidades que retumban dolorosamente en nuestra memoria y corazones.
Deben pensar en sus catacumbas que si logran impulsar ese pánico, si consiguen perpetrar la resurrección del monstruo, catalizarán ya no sólo la pasión de los propios, sino convertir a los espantados.
Cristina Kirchner no consigue el aval del peronismo, pero avanza para consolidar su rol de contrapeso adentro del Justicialismo que la vio nacer y, de ese modo, a fuerza de un cinismo de dimensiones poco conocidas, ser, también, la alternativa futura o cercana (en dos años se eligen cargos que otorgan fueros) al primer gobierno de corte empresarial que haya tenido la Argentina.
Su sector no saca los votos que le permitan entronizarse, pero cuenta todavía con una capacidad de movilización importante, al que le llaman "amor". Funciona allí una "teoría de los espejos": se juntan muchos, pero a la hora de los votos no alcanza. Deciden creerle a una serie de espejos que multiplica esa misma imagen por miles y miles, y no a las urnas.
Ella, empresaria y millonaria, promete a "sus" pobres exorcizar a los argentinos de lo que considera un maleficio: cree y hace creer que las urnas (inertes, objetos, simples depositarias del voto) le dieron la espalda y no la ciudadanía. No lo acepta.
Por eso es difícil realizar el análisis político en la Argentina, un asunto que no es de ahora, sino que viene desde casi siempre, podría decirse apelando a un término poco serio. Es pasión y no razón. O razonamiento al que se arriba dominado por la pasión, algo que ya cuenta en sus haberes hasta con catedráticos que pueden explicarlo sin que se les mueva un pelo.
Es peronismo en estado de delirio místico que toma a los que no tienen el "virus" inoculado por el general Juan Domingo Perón a millones de argentinos y que provocaba pragmatismo endémico asociado a la coyuntura mundial.
El kirchnerismo recibió otra cepa: provienen de los más diversos orígenes políticos, pueden tener brotes de peronismo, pero su calidad de mutantes de aquello es detectable a simple vista de sus post en Facebook o tuits: se emperran en una postura y sólo la cambian (inclusive girando 180 grados) cuando él o la líder da la orden, como pasó cuando el enemigo antipatria Jorge Bergoglio se convirtió en el amigo y compañero papa Francisco.
La Madre Cristina, impoluta de todo lo que se le acusa, recibe las acusaciones de corrupción y desgobierno cual latigazos del Demonio y nos corre el foco por fuera de la realidad, a un plano que está en una dimensión en la que solo los escogidos (o los muy desprevenidos, los ansiosos de poder, los ingenuos, los golpeados de siempre por la vida) pueden asumir como legado. Sus estigmas y laceraciones podrán verse, de aquí a la próxima elección, en miles de acólitos que ofrecerán arrojar sus cuerpos a las llamas por Ella. Como ya comenzó a pasar. ¿Amén?
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