Opinión
Un Scioli atrapado entre Tucumán y Tevez
¿Por qué Daniel Scioli no puede diferenciarse del escandaloso sistema electoral de Tucumán, cuyas autoridades defienden al minimizar los indicios de fraude quema de urnas? Porque su sola presencia no alcanza para imponerse como opción presidencial y es rehén de la maquinaria feudal de los peronismos provinciales, atados a las prácticas más perversas que le permiten seguir ganando a cualquier costo. ¿Por qué Scioli se pelea con Carlos Tevez, a pesar de que le puso su nombre a una tribuna de la cancha de fútbol propia de La Ñata? Porque -aunque resulte difícil de creer- en su entorno pesa más que el calor popular que el jugador recibe de millones de personas, el afianzamiento del electorado literalmente cautivo de la Formosa de Gildo Insfrán; Tevez solo dijo que allí había pobreza y le saltaron cual vampiros contra la yugular.
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En definitiva, lo que el gobernador bonaerense está haciendo es dar señales hacia adentro de un peronismo que no termina de confiar en él y del que todavía no es un líder indiscutido. Estos mensaje subliminales a los Alperovich, los Manzur y los Insfrán es también un gesto de sumisión ante el resto del cacicaje peronista del país.
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Scioli, que construye poder propio "hasta con bosta", como decía El General al parangonar la tarea política con la construcción de un rancho de adobe, intenta fortalecerse frente a los Kirchner, que le han copado las listas legislativas. No se entiende la lógica de sus movimientos desde los sectores independientes que lo ven cada vez como una opción más lejana. Pero sí si se conoce la intrincada maquinaria movimentista que, por primera vez, ha "alquilado" a un candidato a presidente que no nació peronista, sino que es un ex simpatizante radical que fue adoptado por Carlos Menem y que, en aquella época, funcionó como su propio grupo de choque para conseguir una re re reelección que, como a Cristina, no le llegó por imperio de la Constitución.
Tucumán tuvo anoche su "2001". Los opositores salieron a la calle a manifestar su bronca por lo que consideran una elección fraudulenta y fueron reprimidos violentamente por la policía del oficialismo, la que responde al mismo gobierno que defiende el candidato presidencial Scioli. Unos argumentos usados contra los radicales no les sirven, sin embargo, contra los propios. "Cuando nosotros reprimimos está bien, cuando ellos lo hacen está mal", pareciera ser la fórmula. Mejor dicho: "No tienen derecho a protestar contra nosotros", es una mejor síntesis.
Sin embargo, a pocos días de que los argentinos elijamos presidente, ¿nos importa que el principal candidato, el más votado, el elegido por el actual gobierno para garantizar su continuidad y permanencia, construya alianzas que consoliden lo peor de la política argentina porque le sirven a él como catapulta electoral? ¿O le vamos a reclamar en serio que, aunque no quiera cambiar de modelo, al menos nos ofrezca la posibilidad de una Argentina no pauperizada en lo político, como la que demuestra el Norte del país?
Si Scioli no es capaz por sí solo de imponerse montado sobre la idea de una nueva política, será muy difícil sino imposible verlo gobernar desde la Casa Rosada con determinación y decisión propia: será el exponente, tan solo, de una confederación de intereses muy locales y de discutible legitimidad social.

