Opinión
Que Guaymallén se llame "Quino"
¿Qué otro lugar del mundo podría recordar a nuestro mendocino más universal, Joaquín Lavado, Quino, si no el lugar en donde nació y fue a la escuela, Guaymallén? Ahora que algunas cuestiones de la historia se comienzan a resolver sin los complejos de otros tiempos, como que no hubo ningún cacique que se llamara Guaymallén, no hay motivos para regalarle el nombre de fantasía bajo el que se ha identificado al municipio más poblado de Mendoza a una fábrica bonaerense de alfajores, o bien dejárselo al distrito fundador, San José. O dejemos en pie la estatua elaborada por Mariano Pagés, y alguna otra cosa que se ocurra tras el debate.
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Formulada esta propuesta a los candidatos a la intendencia, más de uno reaccionó como una babosa ante la sal: se arrugaron enteros ante la sola posibilidad de enfrentar al electorado con un desafío que los obligara a dar explicaciones, llevar adelante una batalla y enfrentar la tarea de instalar a este lugarcito en el mapamundi.
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Curiosamente, cuando a un gobierno se le ocurrió la buena idea de construir un gran centro cultural en este municipio optó por denominarlo Julio Le Parc, el gran artista nacido en Palmira y radicado en Francia. A tres cuadras de allí, en la escuela Guillermo Cano, sin embargo, había ido a la escuela primaria Joaquín Lavado. A unas seis manzanas, se había criado, jugado y vivido, en definitiva. Se pretendió reparar ese contrasentido bautizando con su nombre al estudio de TV del canal estatal local Acequia: una decisión en miniatura que él celebró con la humildad de los grandes; una afrenta.
No hay en el mundo un mendocino o guaymallino más conocido que él. No bastará una escuela, una calle, una plaza para equilibrar esa gigantez basada no tan solo en alguna valoración artística, sino que se funda en que hizo reflexionar y pensar a millones de personas en su idioma original, cualquiera sea que se trate, con sus personajes de la historieta Mafalda. Su aporte cultural cobró dimensión global y fue capaz –y lo sigue siendo, por cierto- de movilizar estructuras vinculadas a las más diversas ideas políticas, todas ellas progresistas, en su honor.
Eso pasa en todos lados, menos en Mendoza, que suele tratar con envidia sino bronca; controlados aplausos, sino silencio a sus próceres.
Días atrás el gran experto catalán en volver emblemáticas a las ciudades, Toni Puig, se preguntó durante su conferencia en la Nave “¿por qué carajos no hay en Mendoza un gran parque temático de Quino y Mafalda, que no le haga el caldo gordo al artista, sino que sea un centro de cultura de dimensiones colosales y de conocimiento mundial?”. Lo ovacionaron de pie, como ocurre siempre. Al otro día, todos se habían olvidado de su consigna. Puig, “creador” de los fenómenos de Barcelona y Bilbao como sitios de conocimiento global, señaló con realismo que “venir a la Argentina sería ir al tango de Buenos Aires, al glaciar Perito Moreno y a Quino, en Mendoza”. ¿Qué sabía el catalán de Guaymallén, de su calle Francisco de la Reta, de la escuela Cano a la que fue o del estudio del canal Acequia?: nada. Así y todo dio en la tecla.
¿Hace falta fundamentar por qué Quino? No, claro, ya sabemos todos de quién se trata. Pero si hiciera falta, que los lectores lo hagan. ¿Hace falta reconocer cómo los docentes se hacen cruces para explicarle a los alumnos más “bichos” de hoy en día gracias a Internet eso del “cacique Guaymallén” cuando historiadores como Ricardo Ponte lo han demostrado hasta el hartazgo: no existió, es un juego de palabras, una construcción mentirosa en la que convinimos durante años aceptar haciéndonos los distraídos, cómodos, conservadores, panchos, chatos; con tal de no cambiar los sellos de algún despacho oficial o de no tener que exponernos al mundo para mostrarle: “Señores, este lugar es Quino, conózcannos, vengan, queremos desarrollarnos como eje de la cultura, la ecología, la tecnología, el pensamiento y te necesitamos”.