Opinión
El débil y la poderosa
Cristina Fernández de Kirchner es la primera presidenta que llega al final de un segundo mandato con los niveles de popularidad que tiene. Es cierto que también es fuerte el rechazo, por su virulencia en todo caso, pero nunca otro presidente fue tan acompañado por las encuestas ante similares circunstancias. Vino a Mendoza con ese contexto y con la finalidad principal de respaldar la candidatura de Adolfo Bermejo para la gobernación, un dirigente del peronismo mendocino que no es de su riñón, pero que acepta el trasplante.
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Tan poderosa continúa siendo la presidenta que aun cuando le quedan pocos meses en la Casa Rosada, siga generando alineamientos en torno suyo, al extremo de producir “milagros” y allí, en donde le eran adversos, ahora le imploran su bendición para tener chances de ser opción electoral; allí en donde hace días, no más, se la negaba, todos multiplican su nombre como en una plegaria.
Desde la profunda división entre quienes la aman y la odian, hay que tender puentes que permitan describir la realidad de la presidenta, sin fanatismos. Y hay que reconocer, en esa tarea, que la presidenta es capaz de generar una adhesión sostenida sino creciente, aun en el ocaso de su período presidencial.
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No es lo mismo haber escuchado, con esfuerzo y comprendiendo la misión que buscaba al pronunciar cada frase -calculada y probablemente ensayada- al gobernador Pérez, que oír a Cristina en su discurso multipropósito. Elige la Cadena Nacional y también elige a quiénes mencionar y sobre quiénes callar, con quienes aparecer juntos, pero a la vez de dar un mensaje esencialmente político partidario, planta los mojones de su pensamiento, que es el de sus seguidores. Lo consolida y da un paso más, aun sabiendo que el poder se agota en poco tiempo. Pero con ello, construye nuevas formas de ejercerlo, de modo tal de conservarlo como si se tratara de un “fondo anticíclico” para después de diciembre.
Poderosa, consigue que aun los más rebeldes se arrodillen ante su sola presencia. Débil, es capaz de pronunciar a la perfección el rosario dictado, aunque con él esté borrando algún berrinche anterior.
Ella sorprende y se hace necesaria. Hay que escucharla, guste o no, haya cansado o no: algo va decir y lo dice.
Él no.
Finalmente, la historia del peronismo se rige por la ley del más fuerte. Hoy será un núcleo de ideas y mañana será otro, el contrario si resultara necesario, con tal de conservar el único objetivo: llegar y conservar el poder. Eso en sí mismo es su ideología, no sus tonos “progres”, “nacionalistas” o “neoliberales”, según la temporada que les toque vivir.
Trasladado a Mendoza, en donde siempre el peronismo ha sido “otra cosa” y en la que en rara ocasión ha logrado una identidad propia, Cristina aparece como el “todo” ante un sector territorial que quería levantar la bandera de la provincianía pero que el factor electoral, en las PASO, los dejó con poco derecho al pataleo. Así y todo, un gobernador débil, que afronta por primera vez en su mandato una merma en su imagen y aceptación pública, aparece como la contracara de Cristina. Le debe todo a los de arriba y a los de abajo, a la Casa Rosada y a las intendencias. Y así concluye su paso por el Poder Ejecutivo provincial: con prestigio prestado.