Opinión
Entre la incultura cívica y las mafias electorales
Eran las 8.15 del domingo. El policía custodiaba celosamente el ingreso a la escuela. "No, todavía no puede pasar". "¡Pero si a las 8 empezaba la votación!". "Sí, es verdad. Pero acá no. No han habilitado todas las mesas". "¿Podemos ver si la mía sí?". "Me dijeron que no. Que si no están todas, no". "¿Y qué pasa que no están todas?". "Qué quiere que le diga: no han venido las autoridades de mesa. no vaya a ser cosa que lo agarren a usted por culpa de esos irresponsables...".
Te puede interesar
¿La autonomía municipal le puede mejorar la vida a los mendocinos?
El oficial parecía tan indignado como el votante frustrado, pero no tenía el control de la situación. "Alguien" dijo que "si no están todas las mesas, no empezamos", como si se tratara de una cosa que se puede decidir per se, como si no hubiese reglamento. O tal vez, como si no lo supiera y la soberbia de los desinformados lo llevara a tomar decisiones en forma autoritaria, en función de una pequeña cuota de poder que otro "alguien" le había dejado en sus manos, palabras y acciones.
-
Te puede interesar
La Corte Suprema enciende una luz de esperanza en la selección de jueces
Observador privilegiado, en posición panóptica, el votante asistió a la llegada de un auto. En su interior, un señor barbado, mayor y una joven que se arreglaba, a las 8.22, las pestañas. Entremordió sus labios, como saboreándose frente al espejo. Con tres movimientos de una mano se acomodó el jopo (le quedó igual) y salió. Saludó apurada y ensayó, en vano, tres pasos de trote, como para decir "ahí voy, ahí voy". "¿Es usted fiscal de algún partido?". "No, soy presidenta de mesa".
El policía miró al votante y le habló dos o tres frases completas solo con la mirada. La chica entró. No intentó trotar más. "A las 8 se empezaba a votar", le dijo, en tono elevado, aliándose con el votante espectador. La chica se asustó, pero calculó con rapidez no darse vuelta para no sentirse aludida. No terminó allí. Tampoco pudo acceder al cuarto oscuro y ni siquiera a un lugar al reparo, cuando a la intemperie el termómetro registraba 3 grados, el día más frío del año.
A las 8 y 24 y a las y 26 llegaron otros dos y allí sí se abrieron de par en par las puertas del colegio electoral. En ese lapso que fue desde las 8 a las 8.40, la zona pasó de la oscuridad al sol pleno. Lo bueno es que si tocaba fila frente al cuarto oscuro, el calor solar sería un buen compañero. Pero lo malo es que no había que hacer cola. No sólo no habían asistido una reglamentaria hora antes la totalidad de los presidentes de mesa y la "autoridad" general había "pifiado" en no habilitar las aulas que sí contaban con control, sino que los votantes tampoco lo estaban haciendo masivamente, como en otras oportunidades. En las mesas, cadenas de sobres firmados por presidente de mesa y todos los fiscales se acumulaban, desbordándose y hasta cayendo al suelo, una práctica que no se puede hacer, que la justicia impide, pero que -arrogándose un poder temporario de su parte- se hace. Porque nadie controla a los que controlan y allí las normas se vuelven a reescribir. Solo es cuestión de consenso. U omertá, en caso de que lo que se resuelva pudiera ser algo non sancto.
Esta historia real ocurrió en una zona "bien" de la Ciudad de Mendoza.
¿Qué paso en Guaymallén para que la democracia haya recibido la cachetada que se le asestó en las Primarias de hace tres semanas?
Pudo haber pasado "de todo". De hecho, la Junta Electoral, integrada por miembros de los tres poderes de Mendoza, todos ellos compuestos, a su vez, por exponentes de la política mendocina, con diferentes roles y responsabilidades, decidieron anular, romper, tirar a la basura el voto de 9 mil ciudadanos de ese departamento.
¿Por qué? Porque un candidato del FpV denunció que otro le jugó mal, que hizo trampa, que hubo lo que legalmente se conoce como "fraude" y que hubo una organizada estructura que falseó una boleta, la introdujo en casi todos los cuartos oscuros como si fuera real (superando el presunto control de autoridades de mesa y fiscales) o bien fue distribuida y llevada a las escuelas desde sus hogares por los votantes.
El hecho trabó el escrutinio. Mendoza no puede proclamar en tiempo y forma a los candidatos para las elecciones generales del 21 de junio porque no logra terminar de contar esos votos. A las apuradas, apremiados porque "se les viene encima" el cronograma electoral, las autoridades electorales eligieron a su secretario permanente como único vocero de sus decisiones y éste, anunció el veredicto sobre el bochorno guaymallino: lo que todos creen que fue fraude es un "error" que se multiplicó y que listo: lo único que la justicia "puede" hacer es eliminar los votos emitidos en las 35 urnas sospechosas y... "sanseacabó".
Pero no es así.
Quien hizo lo que se hizo para devaluar la democracia, también le quitó todo su valor al sufragio de nada menos que 9 mil personas.
¿Son pocas? ¿Son muchas? Son ciudadanos que ejercieron su derecho y, en la Argentina, además, deber de votar para elegir a sus autoridades.
La pelea entre dos candidatos del FpV por conservar/volver al poder en Guaymallén no fue solo eso, no se trata de una "riña" ni de un debate proselitista. De lo que estamos hablando es de la violación de la ley y tampoco de cualquiera de ellas (porque si bien todas valen igual, la del sufragio universal es sagrada, ¿o ya no?).
Mientras hay gente a la que votar o donar unas horas cada tanto a su Estado para preservar y valorar el sistema democracia le importa menos que llegar puntual a una película en el cine, hay otra que espera ansiosa el momento de poder decidir, en lo poco que le permite un sistema que no se ha ampliado con el paso del tiempo en Mendoza a nuevos derechos y formas de discusión con decisión vinculante: el simple, trascendental, sagrado, solemne y fundamental hecho de emitir su voto.
En resumidas cuentas, la reunión de sectores del Estado que toma decisiones consideró que lo que muchos llamarían un "delito", no fue más que un "error".
Uno que causó que fueran a parar a la basura los votos de 9 mil personas que interrumpieron sus muchas o pocas actividades domingueras para emitir el sufragio.
Hay castigo para ellos por cumplir. No lo hay para los políticos que inauguraron una metodología inédita en la democracia contemporánea -al menos en nuestra provincia- como es la trampa deliberada, el "error", como gusta llamarle al bochorno la Junta Electoral.
Todo, para echar raíces en un puesto que debería ser entendido como el primer escalón de la democracia: el de intendente. Y el jefe comunal que, por otro lado, tendría que ser el vecino más querido, el más confiable, el mejor capacitado para administrar el terruño de todos y ser conocido después de que oportunamente abandone el cargo, sin pretender atornillarse como eso: el mejor de los vecinos.

