Opinión
Levante la mano aquel a quien le importa Mendoza
Vivimos tiempos de fuerte individualismo. Esta actitud no es nueva: desde hace tiempo pocos reaccionan ante un atropello convocando a la movilización colectiva si no es que lo que pasó los afecta personal y directamente. De algún modo, el "interés general" se está mirando desde una perspectiva personal, individual y, desde ese lugar, se pretende y reclama consenso. Obviamente que lo que se consigue no es más que un choque de posiciones, muchas veces entre gente que piensa en forma parecida, pero que compite por el protagonismo de "su" problema.
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Podemos trasladar esto a las cuestiones básicas de la vida en comunidad, en el barrio, en el edificio, pero también a la política, a lo social, a lo cultural. Vale decir, que muchas de las actividades que necesariamente deberían ser movilizadoras en torno a una serie de coincidencias básicas, se han vuelto una confederación de pequeños grupos de afectados que buscan imponerse unos sobre otros, aun dentro de un mismo espacio.
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En ese contexto, veamos lo que le ocurre a Mendoza:
¿Quiénes tienen en claro cuál es el problema de fondo de la economía provincial y pueden esgrimir al menos cinco líneas directrices que indiquen con precisión "qué hay que hacer", aunque duela, aunque cueste, aunque no tenga prensa positiva, aunque nadie lo recoja?
Para que exista seguimiento y estudios deben confluir varios factores: que exista interés en investigar, diagnosticar y proponer; que haya materia gris disponible para llevar adelante la tarea (aquí, afuera o dónde sea) y que se cuente con fondos para financiar ese trabajo.
El Estado lo tiene todo, pero actúa como parte del problema y se comporta como vector de esta enfermedad de la que hablamos: se mira el ombligo, no comparte datos, posee áreas que se superponen, chocan o compiten entre sí, que fluctúan en las consignas que las rigen cuando cambian de funcionarios, ante la ausencia de políticas permanentes o que sencillamente, navegan a la deriva. Todo eso, en el mejor de los casos: que estén activas y con sus empleados trabajando.
En el peor de los casos, lo que el Estado hace con sus áreas de sondeo de información es utilizarlas para saber quién tiene mejor imagen y quién no dentro de la política. Allí la política no es "pública" ni "de Estado", sino "de partido".
¿Le interesa más a un gobierno saber qué posibilidades tienen sus partidarios y opositores de ganar una elección que la información estratégica sobre el Estado que dirigen?
No es una pregunta que deba quedar abierta: se evidencia que sí. Se respira un "presente electoral permanente" en las capas medias y bajas de la administración que están vinculadas a la vida partidaria. El resto, se encarga de hacer que todo funcione por inercia. Por lo tanto, ese inmediatismo permanente busca el impacto fácil y a corto plazo. Les importa un rábano el futuro, aunque sea pasado mañana.
A otras instancias de la sociedad les falta alguna de las patas. Las universidades puede que tengan la materia gris, pero tal vez no estén logrando articular el espacio con la fortaleza suficiente para indicar pasos concretos y contundentes que debe caminar una provincia para seguir activa. O bien, que los recursos no estén destinados a ello, que no alcancen o que tengan que quedar bien con tantos sectores y con un bajo presupuesto de modo tal de que lo que llega, al final, no permite amasar ni el pan ni las tortas.
En el empresariado puede pasar lo mismo. Además, en el caso de Mendoza, es posible que una cuota de frustración los acompañe y los empuje al escepticismo. Emprendedores al fin, cuando encararon el diseño de un Plan Estratégico para Mendoza en el Consejo Empresario Mendocino, entre muchas otras iniciativas puntuales, se toparon con los celos y miedos de la política que no comprendió que la dimensión de la empresa de hacer de Mendoza un punto brillante en el mapa mundial no es solo un eslogan de campaña: hay que hacer cosas.
Es probable que una porción pequeña de la sociedad, la que está más informada, se esté preocupando por una situación que no vivió la provincia ni siquiera en 2001, cuando la coyuntura fue el problema. Hoy ya hay una crisis estructural. Claro que hay culpables y responsables más por omisión del deber público que por acción deliberada. De eso se debería encargar alguna remake de aquella "Ley de Residencia" que juzgaba a los funcionarios tras el paso por la función. Pero hoy no la tenemos y la situación es tan urgente que hasta detenerse en eso es contraproducente.
Pero si nadie levanta la mano diciendo que realmente le interesa Mendoza, nadie podrá sumarse al desafío de sacarla adelante.
Es necesario que los centros de pensamiento y planificación no solo actúen con seriedad, sino que lo hagan en forma visible. Los hay, pero muchos no están a la vista de todos y, por lo tanto, cuando preguntamos qué hay que hacer para reactivar la economía y solucionar los problemas que tenemos todos y que afectan a unos en mayor medida que a otros, responden elípticamente.
¿Cómo conseguir consensos sobre un núcleo de ideas básicas si no se las enuncia efectivamente?
El futuro de Mendoza, pareciera, se discute entre balbuceos tímidos y un montón de quejas fuertes, pero sobre pocos caminos que indiquen que se puede arribar a un verdadero plan que nos aliente a saber que "hay futuro". Tal vez sea la hora de tener un gobierno que sepa conducir en simultáneo lo coyuntural y lo estratégico, con la fuerza que cada cuestión requiere.
Y en ese punto, darle una oportunidad más a la democracia: reunir a todos los ex gobernadores en una casa, un instituto, un área pequeña y fuerte con rango estatal en donde cada uno asuma el liderazgo sobre alguna de las líneas directrices que hay que seguir. Una foto de vez en cuando no sirve y por más que la evaluación social resulte negativa sobre alguno de ellos, tienen la experiencia de gobernar y la Constitución les impidió tener un nuevo mandato. Pueden seguir brindándole un servicio a la provincia que gobernaron, sin mezquindades de ningún tipo. La hora de la grandeza y la adultez democrática.

