Opinión
Un país en el que los fiscales reclaman justicia
En la Argentina se vive el inquietante momento en el que son los fiscales los que convocan a una marcha para pedir justicia. Uno de los tres poderes de la República exige garantías para el cumplimiento de su tarea.
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No se trata de un reclamo por presupuesto, una movilización sectorial o un planteo genérico: es bastante específico, según lo han manifestado algunos de los que rompieron el silencio para plantar el hito: hay un muerto entre ellos y justamente estaba investigando al poder.
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La movilización del próximo 18 de febrero de los fiscales no es una “movida”, sino que pretende ser una bisagra. Como quisieron serlo, en su momento, por citar algunos ejemplos la gente en las calles durante aquella Semana Santa en la que se pretendió derrocar desde un sector de las Fuerzas Armadas a Raúl Alfonsín, o tras el atentado a la Embajada de Israel y la AMIA cuando la única bandera decía: “La única solidaridad es hacer justicia”.
Hoy en día los que pueden “hacer justicia” se sienten vulnerables, desprotegidos, caminando por una cornisa por el solo hecho de ejercer su labor.
La historia nos juega una mala pasada a los argentinos, que hemos sabido salir de todas las crisis pero todavía no logramos elevar la calidad institucional: de aquella consigna por la AMIA a la conmoción por la muerte del fiscal que tenía en sus manos la investigación del acto terrorista jamás resuelto, Alberto Nisman.
Las “marchas del silencio” vieron su esplendor en provincias en las que el poder político encubrió crímenes y manejaron de manera feudal la cosa pública. Sirvieron, como en el caso de Catamarca, el más presente en la memoria colectiva por el significado que tuvo, pero también en otros estados argentinos, para unir sin dejar fisuras y para que esa enorme energía del silencio se elevara como el más poderoso de los reclamos de cambio.
¿Los fiscales de la República quieren cambiar a un gobierno? Las chicanas a modo de defensa no caben cuando el planteo de quienes deciden exponerse todos juntos para que no sufran las presiones de a uno es monolítico. Se busca un cambio, seguramente, pero debería ir bastante más allá de una lista de nombres de inquilinos de la Casa Rosada: la refundación republicana, el momento de la madurez democracia, de la independencia de los contrapesos constitucionales, del juego de oficialismo/oposición en su más exquisito concepto del equilibrio para que surja lo mejor para la vida en la República.
Es grave e importante lo que está sucediendo y es por ello que no cabe la banalización de la muerte del fiscal Nisman por todos los medios, inaugurando cada día una teoría en su contra más perversa, más mediáticas, más acusatoria contra la víctima de carne y hueso que tiene la investigación judicial en torno a los por qué de la no resolución de la Causa AMIA.
Amén de las operaciones de prensa de altísimo porte que se han lanzado para “embarrar la cancha”, desde los tres poderes del Estado se han pronunciado frases muy fuertes en los últimos días que merecen la serenidad se una marcha silenciosa, que contenga a todos, que permita la “gran foto” de todos los que piensa igual que propuso hace unos días en MDZ el historiador Luis Alberto Romero y que provoque el respetuoso silencio de, además, los que operan, embarran y distorsionan.
“Ahora están matando”; “está volviendo la época en se tiraban muertos por la cabeza”; “Nisman está muerto por haber hecho su trabajo de fiscal. Nunca creímos que se iba a cruzar ese límite”; “todo indica que fue suicidio”, o “no tengo ninguna duda de que no se suicidó”.
Es la muerte la que ronda y, por lo tanto, la celebración de la vida lo que convoca a estar movilizados.


