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Opinión

Un mapa para quienes deben evitar los delitos

Asesinan al custodio de un preso en un hospital, toman mate. Balean un micro de hinchas de fútbol, toman mate. Matan, mate.
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 Salir a la calle, por las noches, en los barrios del Gran Mendoza representa una osadía. Y no se trata solo de pretender volver a la vieja costumbre barrial de sacar una silla a la vereda y charlar con los vecinos: retornar del trabajo, la universidad, la escuela o de paseo en micro y tener que caminar un par de cuadras es, para muchísima gente que no sale en TV ni en los diarios, un riesgo. De hecho, deben dejar la casa en soledad para hacer esas cosas.

Pasa que los que más poder de llegada a los medios y al poder en general solucionaron sus problemas de seguridad poniendo plata extra a la que ya ponen con los impuestos: barrios cerrados, custodia, alarmas, rejas. Y algo más: el sistema político de seguridad está más pendientes, también, de que a ellos no les pasa nada por su grito los puede hacer caer.

El resto, que se joda.

Cada persona se ha vuelto "un cajero automático caminante" para los que buscan lo ajeno para vivir. Y los maleantes saben lo mismo que nosotros que nos estamos comunicando por aquí: 

- No los van a denunciar, es engorroso e inútil.

- Si lo hacen, ¿quiénes y cuándo los van a ir a buscar y adónde?

- Las cámaras de videovigilancia son un chiste: o un entretenimiento para quien las controla o directamente, un adorno caro que pagamos todos en beneficio de quien las vendió (¿y de quiénes la compraron?).

- No hay policías por las noches en las calles: están de día, cuando la gente los puede ver y pensar que eso dura mientras duermen.

Los que deben dar seguridad no la dan

La tergiversación de los objetivos de las áreas de seguridad es lo corriente. Se busca que no se levante la población en reclamo conjunto, no que esa gente viva segura. Se actúa sobe ellos en forma dirigida y focalizada, aplacándolos, dando respuestas puntuales que pueden durar dos días, dos semanas. Luego todo sigue igual.

No tenemos una encuesta de victimización, de modo de poder hacer un diagnóstico real de la situación, desde hace años. Entonces, se trabaja a ciegas, "al tun tun", respondiendo planteos de quien más posibilidades de hacer oír su voz en los medios tiene.

Las entraderas o la posibilidad de que se produzcan, mantienen perplejos a los vecinos de zonas céntricas, las que rodean a las plazas departamentales: allí hay comercios, empresas de diverso tipo, gente que maneja efectivo por la actividad que realiza. Y no estalla una crisis porque rige una especie de pacto que no sabemos si es real o tácito: no matan, "solo" torturan, atan, encierran, amenazan, gatillan sin balas.

Quienes reciben las denuncias, cuando las hacen, cumplen el rito de llenar formularios y acosar a la víctima. Pareciera que les resulta molesto tener que abrir un nuevo expediente que, saben, pasará a cargar el armario de las frustraciones de cada fiscalía, de cada comisaría.

Hay pachorra. En los controles policiales, éstos se juntan a hablar de la desorganización que sufren, de sus problemas personales o a mandar mensajitos y chatear por WhatsApp. Cumplen. Adornan, como las cámaras. No están en donde creemos que están.

Pero lo peor no es todo eso, sino el origen de la desidia. Arriba no hay planificación. Apabullan con su "cara de buenos" y su presencia en donde se la pidan, pero no saben/no pueden resolver problemas de fondo y mucho menos reaccionar ante situaciones que los toman desprevenidos.

Huelgan los ejemplos:

- Hacen una procesión por calles troncales y destinan más policías a custodiarla y cortar calles, que los que pudieron sentarse a ver cómo esa movilización no entorpeciera la circulación del resto. Quedan bien sólo con los organizadores. Eso les importa.

- El que cuida no cuida. Y si lo hace, lo matan y es una noticia que tapará otra mas grave cuando en realidad es un error dejar a un preso bajo el cuidado de un solo policía. El que cuida resulta tan víctima de la seguridad como los que ven en su uniforme cierta garantía. Un blanco fácil.

- Preparan un operativo de seguridad en el Malvinas y ni siquiera se sabe si van todos los policías que dicen que hay y que son pagados para tal fin. Mientras mandan SMS en sus puestos, los hinchas portan armas de fuego y balean al micro del equipo adversario.

- Se avisa de un presunto ilícito y desde la conducción política de la seguridad se lanza la consigna de que mejor es investigar que prevenir. Entonces, se moviliza a la fuerza, hacen un par de preguntas y se van cada uno para su lado: los ladrones con lo suyo a su cueva, los policías con su "estadística" para la comisaría. A fin de mes, el comisario exhibirá las cifras del delito en su jurisdicción y parecerá, hacia afuera, que todo funciona a la perfección.

- Roban a cara descubierta, la voleo, en plenas calles del Centro o del radio urbano más densamente poblado de Mendoza, en donde arrebatan una cartera, una billetera o rompen el vidrio de un auto, y las autoridades prometen preocuparse, no saben qué hacer y ruegan a Dios que el nuevo reclamo tarde en llegar para poder administrar sus caras de Pócker con tiempo a favor. Pero todo sigue igual.

Y el mapa del delito de Jaque

El candidato Celso Jaque no estaba errado: se puede bajar el delito en poco tiempo. El error fue no haber trabajado en ello.

Los mendocinos creímos que nos había mentido porque la propuesta era demasiado grande, aunque lo terminamos votando. Así somos.

Pero en realidad se optó por otra forma de sentarse en el sillón del la Seguridad: su conducción en forma partidaria, la administración del status quo, el intercambio de favores y condiciones con los sectores que son parte del sistema de seguridad/inseguridad, la ausencia de plan real de acción ante la inexistencia de diagnóstico, la reacción lisa y llana ante el escándalo público hasta que consiguieron bajar los decibeles del reclamo social no brindando seguridad, sino sacando micrófonos, actuando sobre el más quejoso.

Pero es bueno recordar aquello del mapa del delito porque más que nunca sigue vigente la necesidad de contar con ello. No para ser mostrado públicamente, como si se tratara de un trofeo logrado ocho años después (¡ocho años después!), sino como herramienta de revisión de lo que pasa, dónde y a qué hora para la acción organizada, programada y efectiva.

En todos estos años no han faltado recursos. Mendoza es la provincia que, proporcionalmente, junto con la de Buenos Aires, más plata puso por habitante en el Ministerio, aunque no en la Seguridad.

Lo mejor es que el delito no suceda: eso se llama prevención y no la hay. Lo que viene después es el accionar de la justicia, pero ya lo sabemos: se mira el ombligo, espanta leyendo artículos legales que supuestamente avalan su inmovilidad y aturde contando sus problemas, como excusa para justificar su actitud indolente frente al dolor ajeno que aunque cuando les toca conocerlo es porque la Policía no pudo evitarlo, por lo menos su accionar debería resultar un bálsamo.

Pasan cosas que no tendrían que pasar en una provincia como Mendoza, que supo discutir con alta política cómo doblegar a los "malos", que no son solo los ejecutores del delito, sino que hay cerebros detrás de ello. Y están no solo en sus escondites. A veces están dentro del propio sistema.