Opinión
Vuelta de página: entre un "tal Pérez" y un capricho final
Nadie deseó este final de mandato a nivel nacional y tampoco en Mendoza. La sobreactuación de Cristina Fernández de Kirchner por seguir ocupando un rol protagónico aun en el ocaso de su período presidencial opaca lo que la historia pudo decir sobre sus ocho años en el poder. En Mendoza, más previsible debido a la impericia del equipo al que le entregamos la tarea de gobernar, la situación es inédita.
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La historia recordará que "un tal Pérez" fue elegido a dedo por un operador poderoso de este tiempo, que ya no está entre nosotros, como el que más posibilidades de ganar tenía. La época quedará en la memoria como aquella en la que el peronismo elegía a sus candidatos no por antecedentes o capacidades de gestión, sino por sus posibilidades de ser "vendidos" públicamente para ganar. Mejor hubiese sido que pasara sin ruido. Hizo mucho y así quedó la provincia, devastada, descontrolada, en ciertas áreas anárquica. ¿Qué dirán los libros de historia de los berrinches públicos y privados de un gobernador que no sabía manejar las crisis y para el que cualquier cuestión era una de ellas? ¿O de su esposa omnipresente en Casa de Gobierno, con despacho oficial y sin cargo?
Se llega al día del traspaso de mando y algo une a Cristina Kirchner y a Paco Pérez más allá del abismo que separa a uno y a otro si es que se analiza su liderazgo y gestión: ambos se van por la puerta de atrás. Pérez lo hace literalmente: no puede enfrentar a la multitud y el tiempo dirá si podrá caminar libremente por las calles de Mendoza, como lo hacen los exgobernadores habitualmente. Cristina, en función de un capricho, hará lo mismo en una situación tan insólita que la máxima dirigencia de su partido guarda respetuoso silencio en medio del triste papel en que sus adláteres más cercano se han colocado a la hora de que la historia deba dar una vuelta de página.
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Vendrán tiempos difíciles, porque no es común que una Nación democrática se rija por caprichos personalistas o por el hambre desmedido de poder que los lleva a fundar insólitas teorías, con tal de justificar cualquier acción que los lleve a no tener que cumplir los cuatro años de destierro de la Casa Rosada que, mínimamente, deben cumplir por mandato popular.
Acá vemos cómo el gobierno de un país que si no es gemelo, al menos actúa como mellizo de grandes semejanzas del nuestro, Venezuela, sufre la espantosa cachetada de su presidente elegido democráticamente, Nicolás Maduro, diciéndole a su pueblo que se equivocó, que votó erróneamente y que con el voto del domingo "ganaron los malos" y que por ello deben aguantarse el ajuste fenomenal que él hará.
El secreto de un país feliz está en que hay volver a comprender la finitud de los mandatos y que esa alternancia es nada y nada menos que lo que hace que seamos libres y no rehenes de la maquinaria de ganar elecciones en que se transformado la política.
En los últimos años se ha invertido la carga: se nos pide que agradezcamos a quienes gobiernan las libertades y los logros de gestión cuando no le debemos nada a nadie, y ellos sí tienen que rendirle cuentas al pueblo que es soberano. En su lugar, se ha creado una entelequia que indica que la ciudadanía es "pueblo" cuando los aplaude ciegamente, y es poco menos que una horda golpista cuando indaga, cuestiona y pone sobre la mesa disconformidades que son lógicas en una sociedad plural y participativa.
Somos todos responsables de un cambio de actitud, porque ningún gobernante se sentiría tan poderoso como para querer frenar una vuelta de página para imponer su imagen en la que sigue, si no fuera porque se le tolera la actitud.
¿Qué dirá la historia de este traspaso de mando en Mendoza y en Argentina? Es un primer buen ejercicio para comprender cuánto avanzamos, cuánto retrocedemos y cuánto toleramos del status quo como sociedad en democracia.