Opinión
Los pactos secretos en ese lugar que se parece a Mendoza
Hay un lugar en el mundo en donde se difunde que un funcionario público, con sueldo estatal y poco más, se construye una señora casa en un barrio privado de los más caros (sin vender su casa anterior) y planta dos cero kilómetros en la puerta y ningún fiscal lo investiga.
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Todo sigue su marcha como si no hubiera pasado nada.
En ese mismo sitio del universo, en el que aparentemente rigen los tres poderes del Estado que establece el sistema republicano de gobierno, se determina que un fiscal de delitos complejos podría haber incurrido en un accionar contrario a la ley por hacer escuchas y pedir allanamientos en forma bastante extraña, pero quienes son puestos para que lo investiguen no avanzan en la tarea y mucho menos piden su juicio político, oportunidad en que se ventilarían las acusaciones y el acusado podría ofrecer su defensa, además de poder ver cómo juegan los protagonistas políticos que lo defienden y acusan: podría resultar toda una revelación.
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¿Cuántas otras cosas se cree que pasaron o directamente se sabe que sucedieron y no se nota una acción correctiva detrás?
Es la tierra de los "aeropolíticos" que conocieron el avión recién al arribar a la función pública y no se trataba de naves de uso común y corriente, sino de firmas que debían controlar; mejor dicho: que deberían haber controlado. "Amigos", les llaman esos funcionarios a sus propietarios cuando recién se vinieron a conocer estando uno de cada lado del mostrador y jamás compartieron un 'fulbito' o un pupitre en la escuela.
La teoría imperante en ese punto del planeta es "esperemos que otra noticia tape esta 'bomba' y sigamos andando, como si nada".
Allí, contentos desde la militancia antiminera por la ratificación de la constitucionalidad de la ley 7.722, no observan que los argumentos esgrimidos podrían haber sido más sólidos que juntar tres recortes de diarios de anteayer: un deslave en Brasil, el drama de Veladero y hasta una encíclica papal tomada como ejemplo por un poder que debería mantenerse ajeno a todo lo religioso a la hora de emitir sus fallos.
Así podrían agregarse cosas que pasan y que se esfuman entre los humos de mil incendios institucionales que la sociedad, hasta ahora, solo puede castigar mediante el voto, cada tanto.
Aunque al Poder Judicial y a la Procuración de la Corte no se los elige con el voto popular, por lo que hacen lo que quieren, cuando quieren y como quieren, y solo por casualidad alguna vez reciben un llamado de atención.
La meseta de decisiones y opiniones que hay entre una y otra elección termina siendo una zona desértica en donde pareciera imperar una confabulación de todos los elementos para que nada pase.
Esto podría ser el argumento de un buen thriller literario o cinematográfico. Pero el problema es que ese lugar del mundo se parece demasiado a Mendoza y solo por eso, todo indica que el silencio será la marca que prevalecerá. No vaya a ser cosa que alguien quiera levantar la cabeza sobre el hombro y romper con la medianía...