Opinión
La estrategia del miedo: un Halloween electoral
El miedo como condimento de una campaña preelectoral ha vuelto como herramienta de quien ejerce el poder para minar el camino de los que pueden quitárselo.
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Fueron muchos los años en que los argentinos trabajamos desde los más diversos sectores para exorcizarnos de los fantasmas del pasado, tiempos de persecución, etiquetamiento de personas según su pensamiento, consecuente persecución, torturas y muerte.
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Sin embargo, el miedo ha retornado y esta vez, como estrategia publicitaria, como algo que está a mano y, se sabe, da resultados.
Desde un lado se pretende instaurar el miedo a que “todo se vaya al carajo”, que se le quite el pan de la boca a millones de personas, que se de marcha atrás con derechos adquiridos y es posible que desde el otro se pretenda hacer creer que hay un futuro de vía libre al narcotráfico y el crimen en caso de que gane el oficialismo. Ambos son prejuicios y opciones falsas y lo que están logrando es turbar el pensamiento, bloquearlo, con el afán de conseguir un voto visceral y no racional, porque el “miedo a volver a tener miedo” todos los días está en el ADN argentino.
Repentinamente, la política sostiene que se puede viajar en el tiempo. Así, el oficialismo augura que “subirse” a Macri es viajar a los años ’90, como si el Scioli no fuera un vehículo conocedor –tal vez mejor que el jefe de Gobierno porteño- del camino al menemismo que lo parió.
Son opciones falsas cuando lo que se quiere es que no se discuta la situación real en la que queda la economía del país. Siempre resulta un buen cuco hablar del pasado, ¿pero sí se pretende regular ese “viaje en el tiempo” que proponen queriendo que revivamos un 2003 bastante diferente a este 2015?
Lo ideal sería que ambos aspirantes a la presidencia mostraran todas sus cartas del presente sobre la mesa. Y que, sin alentar el terror (el económico, el político, el de la inestabilidad, el de “la patria está en peligro”) planteen qué van a hacer para llevar adelante el país desde dentro de cinco semanas.
Lo hecho, hecho está y el miedo no tiene que volver más a la Argentina. Lo triste es que una especie de Síndrome de Estocolmo guíe a los que fueron víctimas de los peores momentos del país en el pasado y sean los que lo invoquen al presente, cual médiums del horror.
Nada malo puede pasar. Se trata de elecciones presidenciales: nada grave, sí importante.
Disfrutemos de la posibilidad de que se realicen con absoluta limpieza, cosa que, por otro lado, debe ser así y no hay que agradecerle a nadie: es lo exigible y lo que corresponde, lo que nos hemos ganado por haber elegido la democracia como sistema de vida.