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Opinión

Blanco o negro; o rojo o amarillo o verde o azul

Una reflexión a partir de la actitud de los lectores de MDZ frente a temas centrales: ¿tomar partido rápidamente o pensarlo todo un poco más?
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 La credibilidad es el gran requisito de todo accionar humano. ¿Por qué iniciar una columna de esta manera? Porque es la primera conclusión posible y también la definitiva, después de analizar nuestro comportamiento como espectadores y como gratuitos analistas frente a temas cruciales, los que marcan la vida diaria desde las cosas simples hasta las que involucran a sociedades por completo.

Como insumo para que hablemos de esto, fue de gran impacto ver cómo, frente a la nueva “guerra mundial”, como llamó el papa Francisco a la batalla contra el autodenominado Estado Islámico, los lectores de este diario se mostraron confusamente convencidos de cuestiones que los enfrenta con sus propias convicciones. ¿Cómo? Sí. Preguntados sobre esta gravísima situación, respondieron –sintetizando- que es el problema más importante del mundo en este momento (más del 40%) y que no lo es (más del 30%), mientras que un 10% dijo no contar con información suficiente como para definirse.

Pero luego, cuando les preguntamos si hace bien EEUU en liderar a las fuerzas occidentales aunque también mediorientales que conforman una alianza de una treintena de países que buscan eliminar la amenaza del terrorismo de la evolución de Al Qaeda, la respuesta no fue la misma. Se dudó de EEUU. Tanto, que, en algún punto, en nuestras encuestas también queda al descubierto que se descree de la veracidad de los videos de las decapitaciones que difunden los yihadistas. Y hasta –untados en el desconocimiento o bien, camuflados por el consumo salteado de una que otra noticia en el bombardeo noticioso mediático- se llega a darle algún viso de razón al movimiento que busca quedarse con medio mundo, obligándolo a cumplir con sus principios que hasta los islamistas dicen que son una “versión extraña” del Islam.

¿A qué puede deberse este comportamiento de los lectores? Hay muchas razones. Pero el emergente es la desconfianza: Barack Obama es el Premio Nobel de la Paz que más guerras ha apadrinado, si es que no lo era ya Henry Kissinger y, además, otro motivo puede ser que la manipulación mediática de las grandes cadenas occidentales en otras guerras han puesto en tela de juicio su veracidad actual.

Pero paremos un poco: estamos hablando de una verdadera crisis mundial y no de una competencia de apoyos. El tema merece una atención extra, más allá de lo que nos empujen el "ángel" o el "demonio", uno en cada oído. No somos clones de Homero Simpson. O podríamos evitar parecérnosle.

Pero en el medio de esta situación tan grave aparece la ignorancia como zona gris: ¿con quién informarnos para hacerlo bien? ¿Quién no miente?

Aquí es en donde aparece el fenómeno que marca una actitud que ha teñido los últimos años: el maniqueísmo, la “obligación” de optar por uno u otro; la presión para “tomar partido” y una supuesta necesidad de hacerlo en forma rápida, urgente. Tomar posiciones para una “guerra” entre dos facciones que ya vienen elegidas por otros.

Hay un triunfo de la estupidización con la imposición de esta manía que aparece, además, fácilmente detectable como un resultado de un experimento que se ejerce desde los grandes medios masivos de comunicación. Porque no es lo mismo que preguntemos, tajantemente, por sí o por no en una encuesta, para conocer el grado de convicción de un lector a quien le queda la opción de ni siquiera votar, que ofrecer medios que muestran los hechos como verdades opuestas, como mentiras de un lado “o” del otro y que terminan por generar un efecto de incertidumbre en los sectores que luchan por, todavía, pensar: no creer en ninguno.

Lo que ocurre con el terrorismo de esta versión recargada y evolucionada de Al Qaeda es un ejemplo para muchas otras cosas. No se sabe quién tiene, al final, la culpa de que existan. Está la duda en torno a si Occidente los persiguió tanto que terminaron por radicalizarse al extremo. O si, directamente, los inventó para justificar su industria de la guerra. Pero también es cierto que lo que están haciendo es dramático y pone al mundo en una situación tan extrema, que naciones adversarias se unen para pelear contra ellos.

Nadie sabe ya, a estas alturas, si dos más dos es cuatro, aunque todo indicaría –en potencial y repitiendo un principio básico aprendido por generaciones- que sí.

Y es por eso que el maniqueísmo impuesto como forma de fomentar el debate termina siendo un problema que genera descrédito e incertidumbre. ¿La opción es marxismo o capitalismo? ¿ O, a estas alturas, es “mi forma de capitalismo” contra “tu forma de capitalismo”; “mi forma de marxismo” o “tu forma de marxismo”?

Pasó durante unos años por Mendoza un intelectual brasileño, Sergio Couri, que definió muy sencillamente este momento: “Internet ha triunfado y es un Parlamento”, dice, para agregar que “tanto el marxismo como el capitalismo han fracasado”, y propone buscar otras formas, muchas otras formas y no solo una “tercera vía” que, al final, termina por consagrarse como un atajo en la polarización y no en una respuesta “completa” a la búsqueda de una forma de vida.

Es posible entonces, reflexionar sobre esta democratización extrema de los conceptos y las opciones de pensamiento que la red de redes nos ofrece, aun con sus limitaciones y controles. Y así como se nos invita a tomar partido por uno u otro, también podemos advertir que no todo es blanco o negro: que hay colores, un arco iris de posibilidades que necesitan ser descubiertas, militadas, proclamadas, pensadas, esgrimidas, lanzadas al ruedo.

¿Es “bueno” o es “malo” el papa Francisco? ¿Fue la última década en la Argentina “ganada” o “perdida”? ¿Nuestro país tiene que ser “amigo” de EEUU o de China; de los vecinos bolivarianos o de los que no lo son? ¿Putin u Obama?

La preocupación por el triunfo de los preconceptos radica, sin dudas, en que siempre han llevado a la humanidad hacia precipicios: ¿Israel o Palestina?, ¿argentinos o extranjeros?, ¿patronal o trabajadores?

La verdad es que hay un mar de posibilidades y pensar, todavía, es algo gratuito. 

Hay que navegar ese territorio y, en todo caso, hacerle caso omiso a las convocatorias a las posiciones extremas. No hay nada más sano y productivo que discutir, convencer y convencerse, pero para ello hay que estudiar, conocer, saber, reconocer el pensamiento ajeno y al otro como una persona igual que nosotros.

Una vez más para los habitantes de este mundo, el único que tenemos, está en el diálogo y también en la discusión, en la polémica y el debate. Pero en la diversidad y sin necesidad de anular al que piensa diferente. Es difícil. Pero pensémoslo.