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El Estado que mata

La violencia de género y los agentes del estado que no funcionan.
Foto: Alf Ponce / MDZ
Foto: Alf Ponce / MDZ

 Los femicidios, vale decir, las mujeres asesinadas por violencia de género, son sólo la punta del iceberg de un problema más grande y extendido y que, como el término utilizado para la analogía, permanece bajo la superficie, invisibilizado.

A diario, decenas de mujeres, aunque también hombres, travestis, homosexuales, aunque también ancianos y niños, son amenazados, golpeados y atacados en el seno de la sociedad mendocina. Algunos logran cumplir más o menos el trámite y consiguen ser más o menos escuchados. Otros, directamente no: no saben cómo hacerlo, no pueden, no los dejan o no los escuchan.

Pero no cabe ninguna duda de que siendo la violencia un problema en Mendoza es tarea del Estado abordarlo con una respuesta contundente, no violenta y eficaz.

El primero de los puntos debe ser que sus propios agentes no deberían ejercer la violencia. Se supone que su formación tiene que estar sobre la del promedio, de modo de poner paños de agua fría en situaciones candentes, de mediar para resolver conflictos y de actuar con todo el peso de la justicia, rápida y efectivamente en donde se clame su presencia.

No sucede esto. Los últimos hechos demuestran que, sintetizando, el Estado es que violenta y mata. Es el Estado el que pone un arma en la mano de algún policía que la usa (y mal) ante cualquier situación que lo supera, descontrolado e incapacitado emocional y técnicamente para usarla. Es el Estado quien los forma.

Pero no hace falta portar un uniforme para detectar a agentes estatales que terminan siendo culpables de la violencia imperante. Los hay de corbata o sin ella, con traje o vestidos de sport en todas las oficinas que no atienden bien a una víctima, que la revictimizan y maltratan, que se burlan de ella o la orientan mal, que no resuelven situaciones conflictivas sino que encierran a quien las sufre en una espiral que termina siendo un laberinto que alimenta la burocracia y que muchas veces termina con la muerte.

Después, nos mostramos sorprendidos, conmovidos.

¿No es momento acaso de que toda la dirigencia se ponga al frente de los cambios que hacen falta? Si quienes tienen que hacerlo no saben, no hay que esperar más: ofrezcámosle al Estado, en sus tres poderes, como sociedad, un salvavidas. Nos salvará la vida propia.