ver más

Opinión

Escuelas como depósitos de niños

Si hoy sacamos los 1, 2 y 3 porque estigamtizan, mañana sacaremos los 4, 5 y 6.

 Cuando uno de los debates más intensos en lo que a educación se refiere tiene que ver con la calidad, en la Provincia de Buenos Aires aparece una solución mágica que, a decir de Nora de Lucía, directora de Educación de esa provincia, se adoptó para “elevar el piso de calidad”. Esta solución tiene que ver con eliminar de la escala de calificaciones de las escuelas primarias el 1, el 2 y el 3 como posibles notas.

Aunque la vorágine de las noticias nos haga pensar que este fue un hecho lejano, esto sucedió apenas la semana pasada, y si hay algo que hace necesario regresar al tema es el hecho de que desde varios ámbitos relacionados con la toma de decisiones sobre educación no ven con malos ojos que esto sea así, por el contrario, lo han alabado (como el mismísimo ministro de Educación de la Nación, Alberto Sileoni), entonces, el riesgo de que otras provincias se sumen a esta idea está latente.

Por lo general, cuando se toman medidas efectistas sobre cualquier aspecto de la sociedad, se habla de que se colocan parches, pero en el caso de la eliminación de notas en la escala de evaluaciones no se puede hablar ni siquiera de parche, porque el globo sigue perdiendo aire por todos lados. Esta medida no es más que un insostenible intento de tapar el sol con las manos.

El sistema educativo necesita replanteos, reformulaciones y cambios, y la medida adoptada por la Provincia de Buenos Aires no hace nada de esto.

La evaluación no estigmatiza, estigmatizan las personas

Sería interesante preguntarse y tratar de llegar a acuerdos acerca de qué es la evaluación y para qué sirve. Cómo se evalúa, por ejemplo, el rendimiento en Educación Física de un niño con problemas de obesidad. Si se lo aplazara por no poder realizar determinadas actividades, los que están apuntando mal son los adultos que evalúan, porque ese niño no necesita que le exijan correr, sino que necesita un tratamiento que le permita tener la capacidad física esperable a su edad.

En el mismo sentido, si un niño, por ejemplo, no entendió cómo se hace una división, lo que debería hacer el docente es acompañarlo, volver a explicarle, hacerle un seguimiento especial hasta que ese niño pueda realizar una división.

Ahora, bien, en aulas con más de treinta niños, esto es verdaderamente dificultoso (más allá de lo que digan los iluminados técnicos de la educación que nunca estuvieron ante tres decenas de alumnos a los que hay que explicarles un tema), por lo que las formas de evaluación deben tener instancias grupales (las mismas pruebas escritas para todos los alumnos, trabajos prácticos u otras actividades) e instancias individuales (trabajos especiales, lecciones, resolución de problemas...).

En la instancia de pruebas grupales es cuando algún alumno puede llegar a ser evaluado con un 1, un 2 o un 3. ¿Es esto un problema? En una sociedad exitista como la nuestra, sí. Entonces estará en los docentes, los padres y la sociedad toda trabajar con eso, porque, en definitiva, no es esa nota la que estigmatiza, las personas estigmatizan, y no sólo al que saca un aplazo en una prueba, porque también hay estigmatizaciones por el físico, por el género, por el color de piel, por el barrio de procedencia, por la pertenencia social... Y cualquiera de estas estigmatizaciones es peor que un 2 en una prueba de Lengua. En todo caso, ese 2 en Lengua tal vez pueda ser el resultado de otras estigmatizaciones que afectan de peor manera al niño.

Y esta mágica solución que encontraron en la Provincia de Buenos Aires no resuelve nada. Menos cuando Nora de Lucía dice que desde el año que viene “lo que cambia es la escala, hay aplazos y son 4, 5 y 6”, frase con la que la funcionaria cae en su propia trampa, porque entonces un 4, un 5 o un 6 van a estigmatizar de la misma manera en que estigmatizan el 1, el 2 y el 3.

Lo que queda por preguntarse es si cuando los genios que prefieren ocultar la suciedad bajo la alfombra se den cuenta de esto último no van a eliminar también el 4, el 5 y el 6, y en ese momento sí habrán acabado con toda estigmatización, y con ella también con toda educación escolarizada.

Engañándonos a futuro

El sistema de evaluación, como ya dijimos, necesita ser revisado y entrar en sintonía con un sistema que pretenda mejorar su calidad educativa (siendo este concepto, el de calidad educativa, también otro punto a revisar y rever, pero no es este el espacio ni el momento). Pero, sea como sea, la escuela necesita una escala valorativa en la que alumnos, padres y la sociedad en general vean reflejados los avances de los niños.

Una escala evaluativa puede adoptar múltiples formas. Puede ser, por ejemplo, numérica (del 1 al 10), alfabética (de la A a la F) o meramente conceptual (con calificaciones como las que alguna vez se usaron: no alcanzó, alcanzó y alcanzó satisfactoriamente los objetivos), entre otras. Pero, sea cual sea la escala usada, siempre habrá una evaluación que indicará que el alumno no ha aprendido aún los conceptos o no puede resolver las situaciones que se le plantean.

Por eso, quitar los aplazos es, sencilla y tristemente, negar el problema. En lugar de trabajar con los niños trabajamos con los números. En lugar de preocuparnos por el aprendizaje de los estudiantes, nos preocupamos por las estadísticas. En lugar de darles una oportunidad a los alumnos, les damos oportunidades a todos los espejitos de colores habidos y por haber.

Dándoles a los problemas de la educación [pretendidas] soluciones como la que la Provincia de Buenos Aires dio a las estadísticas evaluativas nos estamos olvidando de nosotros y de las próximas generaciones, estamos engañando a los niños.

A este paso, llegará el momento en el ni siquiera podremos ver las sombras al final de la caverna, porque los cerebros gozarán (sin aplazos ni estigmatizaciones) de la más pura, blanca e impoluta oquedad.

Un sistema educativo planteado así, no es un sistema educativo, es sólo un sistema de contención. Muy mal habremos entendido el concepto de contención en el aula si este se reduce sólo a mantener en la escuela a los niños y no ofrecerles nada a futuro.

Una escuela que nada más se preocupa por contener no es una escuela, es un depósito de niños. Visto de esta manera, esto no es más que la pretensión de engañar al futuro. Nos estamos engañando a futuro.

Cárceles y escuelas sin contenido

Vayamos al punto definitivo. Si en lugar de escuelas lo que tenemos son depósitos de niños, entonces no estamos hablando de un sistema que incluye, sino de uno que excluye, que genera, a futuro, la exclusión de sus alumnos desde el momento en que empiezan su escolarización.

Tener a un niño en el aula pero no darle las herramientas cognitivas para resolver problemas es condenarlo a que se convierta en mano de obra barata (muy barata), cuando no en un desempleado.

Una escuela que no enseña es una escuela que convierte a sus alumnos en hombres y mujeres excluidos del sistema, y de ahí al delito hay un paso.

No faltará quien, luego de leer lo último, acusará de estigmatizador a quien escribe, pero no haría falta mucho para hacer notar que las cárceles están llenas de pobres, con un gran porcentaje de personas que no terminaron sus estudios primarios o secundarios. “Estamos trabajando para que terminen la escuela”, podrá argumentar un funcionario de Educación de la Provincia de Buenos Aires (y varios más), pero si en esa escuela que terminan los alumnos no se les enseñó, es lo mismo que si nunca hubiesen ido.

Entonces, si las escuelas no educan y las cárceles no resocializan, estamos ante dos meros contenedores, dos espacios que no cumplen sus funciones. Y para que cumplan sus funciones no necesitamos enunciados, necesitamos que se les dé sentido, que se les dé contenido.

Sin una educación real, cada vez hará falta construir más cárceles, pero sin aplazos.

Alejandro Frias