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Lago del Parque: El Mar de los Sargazos mendocino

A menos de un año de su vaciado y limpieza, se encuentra nuevamente poblado por las mismas plantas de antaño y sirviendo de albergue para la basura.
Foto: Alf Ponce / MDZ
Foto: Alf Ponce / MDZ

Metafóricamente hablando, los mendocinos podríamos sentirnos orgullosos de poseer nuestro propio Mar de los Sargazos, sito en pleno Parque General San Martín y flotando silencioso en la superficie del magnífico Lago General Espejo, epónimo que, estoy seguro, muchos desconocen, por cuanto nunca existió una referencia al respecto.

Para generarse el verdadero Mar de los Sargazos ubicado en el Atlántico Norte, donde cubre una impresionante extensión de alrededor de 3.500.000 de km2, entre los paralelos 25º y 35º N y los meridianos 40º y 70º O, hubieron de converger una serie de fenómenos naturales tales como temperatura elevada del agua de superficie, escasez de vientos y corrientes marinas junto a la abundancia de plancton y algas que flotan en la superficie. Debido a la diferencia de densidad, el agua de la superficie apenas se mezcla con el agua fría y rica en minerales de las capas inferiores, que podría reponer las sales consumidas. Por esta razón, en las regiones superiores del mar de los Sargazos apenas existe vida animal, y carecería de interés biológico si no fuera por el alga que le da el nombre, el sargazo (género Sargassum), que forma grandes campos, rebosantes de organismos marinos.

En los tiempos de la navegación a velas, llegó a constituir un formidable escollo, quedando con frecuencia las naves, atrapadas en la “calma chicha” y la maraña vegetal.

No existe, o mejor aún, no existía, ningún otro lugar en el mundo en que se dé este fenómeno, al menos en esa magnitud, por las razones ut supra expuestas: conjunción de fenómenos naturales.

En Mendoza, en cambio, sólo se requirió una condición, por demás abundante, para que un espectáculo similar, aunque en mucha menor escala, pudiera ser contemplado por los cientos de caminantes que, como el que suscribe, a diario vemos con una mezcla de tristeza y disgusto.

A menos de un año de su vaciado y limpieza, el Lago se encuentra nuevamente poblado por las mismas plantas acuáticas de antaño, enraizadas en la base y sirviendo de albergue para la basura que los desaprensivos arrojan cotidianamente.

La condición a que me refiero es la tan dañina DESIDIA por parte de los responsables del mantenimiento. Nada se ha hecho desde el rellenado de la presa para evitar, detener o eliminar la maleza que casi de inmediato volvió a aflorar. Ninguna lancha segadora ha vuelto a trabajar, y que yo sepa, no se sembraron nuevamente peces herbívoros que pueden contribuir a controlar la plaga.

Para completar este desolador panorama, nunca se cambiaron las baldosas del peri lago y tampoco se cubrió adecuadamente el pozo que se cavó a nivel de la compuerta de escape, sita en el costado este. Hoy constituye, además del aspecto desagradable, un real peligro para los caminantes.

No entiendo la razón del abandono, quizás las autoridades correspondientes sean inocentes víctimas de Belfegor, en cuyo caso deberían someterse urgentemente a algún tipo eficaz de exorcismo. Claro, yo no creo en los demonios, de manera que lo que urge, estimo, es la sanción o el remplazo de quienes tienen la obligación de velar por la conservación y embellecimiento permanente de esa joya paisajística que es el Parque General San Martín.

Eduardo A. Da Viá