Opinión
Linchame que me gusta
Somos ciudadanos vagos, simplistas, superficiales y reactivos. Eso quiere decir que no somos lo contrario: comprometidos, capaces de comprender la complejidad de las cosas que pasan, profundos a la hora de evaluar la realidad y serenos, para no equivocarnos al irnos de cabeza.
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Pero eso no es todo: también somos oportunistas y carecemos de convicciones. Esto último puede ser el resultado de una educación mala: creemos firmemente en algo hasta que de un minuto a otros, estamos convencidos de lo contrario. Y así sucesivamente.
Lo que estoy describiendo es una percepción personal y crítica, exagerada para que se comprenda la situación, de los mendocinos.
Usamos pocas palabras ya que nuestro repertorio parece ser escaso y no sabemos explicar las cosas. Por eso abusamos al agrandar o disminuir la dimensión de los problemas, sin tener chances de recorrer un entramado de posibilidades maravillosas para contar un hecho.
Así, si hoy el tema es, por ejemplo, "la cárcel", todos salimos a opinar al tope: desde el "no me interesa" hasta el "hay que poner una bomba". Si la discusión fuera, acaso, por los intentos de linchamientos a ladrones pescados in fraganti, igual.
Pero en este último caso, la cuestión no pasa sólo por cómo se opina, sino que estalla en el qué se hace en esos casos.
Un video que mostró MDZ días atrás, en el Microcentro mendocino, dejó entrever cómo cualquiera que pasara junto a una pareja que estaba siendo "ajusticiada" popularmente se prendía en la condena. Lo hizo hasta una niña con uniforme escolar, que se le colgó de las mechas a la mujer ladrona que resultó ser la novia del ladrón atrapado en el lugar.
Al día siguiente, todo siguió como antes. Ya opinaron. Ya actuaron. "Listo y a esperar qué nos deparan las emociones", parece ser el resultado inmediato, ya que ante posiciones ultras o maniqueas, lo que queda como resultado es la nada.
Esto revela que hay un Monstruo dando vueltas por allí, y que es alimentado por la inacción y la falta de preceptos claros por parte de quienes deben conducir algunas áreas clave de la gestión pública.
Los funcionarios se escudan en que "trabajan mucho", "dejan todo de sí", "estamos en todas partes", pero sin orden ni plan: porque sí y sin darse cuenta de que de su tarea depende la estabilidad de toda una sociedad. Si bien sus aportes de gestión no cambiarán la historia, la ausencia de esto mismo sí lo hace y para mal: nos volvemos una sociedad sin norte, abúlica y reaccionaria.
Las señales son unívocas: se está alimentando al Monstruo desde el Estado. Algunos indicios están más que claros:
- La sociedad sale a repeler a los delincuentes porque no cree que nadie más lo vaya a hacer. De hecho, en el último caso, la policía tardó en llegar al punto cero de la Ciudad de Mendoza para clarificar la situación e impedir que de dos delincuentes que había, una horda multiplicara el concepto, volviéndose ellos mismos en violentos y, por qué no, en asesinos si todo pasaba a mayores.
- Si el gobierno o sus propagandistas son los que salen a promover una cultura inclusiva y comprensiva hacia quienes han transgredido las normas, exagerando una posición que es aceptable pero a su nivel, no como ítem central de una gestión, es lógico que se imponga un criterio Cambalache en la sociedad. No podría aguardarse otro resultado por la torpeza del exceso de militancia en la función pública.
- Pero hay más: desde los mismos sillones desde los que se justifica el pago de aguinaldo y vacaciones a los privados de libertad (poniendo en debate algo que ya está debatido e implícito en la legislación laboral) se sostiene que quien quiera ser policía deberá pagar para serlo. Así no hay cordura que alcance. La política le está dando proteínas al Monstruo.
¿Quién tiene la brújula para definir hacia dónde vamos como sociedad y, con ella en la mano, puede decir cuál camino es el correcto y cuál no?
Más ejemplos de imposturas que desorientan e impulsan la reacción social:
- El secretario de Seguridad de la Nación, Sergio Berni, acusa a la ex ministra de Seguridad, Nilda Garré, de "sacapresos", de estar a favor de los delincuentes. Por supuesto, marketiniza que "yo no". El asunto es que a los dos los impulsó la presidenta, la misma Cristina Fernández de Kirchner, bajo un mismo "modelo" que se quiebra ya en sus conceptos centrales.
Hasta ahora veníamos quejándonos de una Argentina "dividida" por concepciones ideológicas contrapuestas. Jorge Lanata instauró la idea de una "grieta" que comenzaba a dividir a la sociedad. Pero lo cierto es que aquello era mejor que esto: la indefinición, el hecho de colgarse de la tendencia de ideas y acciones que sirva para ganar, el gatopardismo, el oportunismo y la carencia de un corpus de ideas en torno a qué hacer.
Ni siquiera se es pragmático a la hora de plantear las acciones en materia de seguridad: están actuando a los tumbos.
Y lo peor es que una sociedad que es vaga, simplista, superficial y reactiva, se adapta con facilidad a esa propuesta de la nada. Y así estamos.