Opinión
Tres razones para armar el arbolito de Navidad
Muchas tradiciones venden los vicios de los hombres que las calzaron, pero sus herederos desconocidos, es decir nosotros, con los años las adoptamos al pie. Celebramos la navidad con los que nos importan, por ejemplo. Eso es todo y es sobrada razón para conservarlas.
Un tipo declaraba en el muro de los lamentos de Facebook que en su casa no se armó el arbolito porque no él dejaba entrar a un gordo que vendía dólares blue. Quedé pensando en los dos: el gordito que juega de patria por face y el otro gordo, ese que nadie sabe quién lo parió, pero da vuelta al mundo en una sola noche desde el principio de los tiempos. Ahora bien, colgarle el rollo de los dólares al arbolito de navidad, ponerle chapa al gordito colorado de agente desestabilizador, enterrar la fiesta de la navidad con el funeral de la política nacional que tenemos a diario, es tener menos imaginación que asesor de campaña.
Creer que algunos esperan las cuatro fiestas del año para atacar la raza argentina (no existen las razas); nuestra nacionalidad (irremediablemente mezclada), nuestro folclore (que heredamos) y nuestros valores (que supondrá personales, amasados en familia), no es tener solo muy poca imaginación, es simplemente no encontrar el tarro.
Contrariamente, a nuestra casa entran casi todas las fiestas. Cristianas o paganas, las inventadas por nosotros y las inventadas por otros. Llevo a mi hija a challarse al carnaval cuando es carnaval; bruja o monstruo cuando es Halloween y le ponemos nieve de algodón al pesebre el 8 de diciembre.
Nos reímos cuando la mojan, cuando le cae espuma en la plaza, cuando aparecen los regalos en navidad o reyes (de milagro, sigue siendo un milagro comprar los regalos) al pie del árbol, debajo de la almohada. Mi hija sabe, por supuesto, que Papá Noel es un poco falso, igual que la clase política argentina sin distinción. Sabe que en Belén no hubo pinos nevados, ni hay prueba alguna de la existencia del hijo de Dios, al contrario. Al contrario.
Y cuando no sabe, averiguamos. Vemos cómo vivían los judíos bajo el imperio romano -los hombres en general durante el imperialismo de Roma-; le explico que se los crucificaba con los mismos clavos -porque no había hierro para perderlo en los muertos-; cuento por qué una parte del planeta simula creer en estos reyes magos, renos que vuelan o en ese libro escrito por nadie y sin embargo, con más lectores que Harry Potter (HP).
Y cuando hay que ir a misa vamos, me siento atrás para no incomodar a los que rezan, estoy donde ella sabe que estoy si gira la cabeza.
Dios en 3 D
En el cine que nos pusieron para justificar el casino, vemos las versiones de Disney o Ridley Scott, seguimos a Moisés y comparamos efectos especiales. Cuando devolvemos los lentes, aclaramos faltantes en ese relato prolijo, lo que no nos quieren decir en 3D: para llegar a Canaán (ver la Biblia) los judíos debían asesinar a los pueblos que se toparan en el camino. Solo una prostituta salva su cuerpito del genocidio, al traicionar a los suyos y ayudar a los invasores a entrar en Jericó. Un genocidio a escala que miles de años más tarde sufrirán los judíos, a manos de los alemanes; los alemanes a manos de Europa; los Balcanes en los Balcanes, los pueblos precolombinos gracias a la imaginación perversa y muy cristiana de España.
Los mismos que el General Roca (dos veces presidente argentino) sacudió de la cola de sirena del país, y luego entregó a los tiburones. Por ejemplo. Por tomar unos casos.
Está claro que ese libro tan inspirador, la Biblia, se escribió en arameo, griego, hebreo, latín. Está claro que tiene 20 siglos de traducciones. Está claro, parafraseando a Parra, que todo se puede probar con la Biblia, por ejemplo que Dios no existe.
Entonces, nosotros que aceptamos todas las fiestas, hablamos de la xenofobia, la intolerancia de Dios y la misoginia en “los libros sagrados”. Y a veces nos adentramos en la misoginia perenne. La que existe contra las mujeres en pueblos africanos, europeos, asiáticos, árabes, latinoamericanos. Y después vamos por una hamburguesa, que no las inventaron los gringos, que ya las comían los romanos que podían comer. Y conversamos de cuando estuve vagando en Hamburgo, la ciudad que le da el nombre a estos sanguchitos y miramos llover.
En nuestra casa festejamos la navidad, sí, también el mundial, aunque no nos interesa la mantita del fútbol con su estúpida letanía. Cuando hay que aprenderse un himno a la patria, a la bandera o la biografía de sus probables defensores; cuando tenemos que poner al gran Sarmiento bajo la llama violeta, salta la eugenesia y la eutanasia, con Rosas la mazorca, con San Martín una campaña que no terminó en los abrazos.
Borges, el ciego, recomendaba no tocar a los ídolos porque su pátina dorada se nos pega en las manos, o algo así, estoy citando de memoria. De los héroes, entonces, hablamos y muchos cuelgan en el paño de corcho con cinta de papel hasta el acto que viene, para ser revisados. Los nombres de algunas calles que no deberían existir. Los afiches en algunas calles, que no deberían existir. En fin, nosotros pegamos.
Celebramos lo que nos digan que está bueno celebrar, porque la alegría en 12 cuotas inexorablemente pasa a ser nuestra deuda, cuando entra en la casa. No andamos asustados por fantasmas ni protegidos con santones ruteros, azuzados por golpistas, menos creyendo el cuento de que la democracia es un enorme mantel blanco en el que nos sentamos toditos a comer con las manos limpias.
Mi hija, mis hijos, celebran la navidad. Y sus hijos seguramente también lo harán. Saben que hay una muralla china entre la ignorancia y la estupidez y que se ensancha si abrimos puertas o ventanas para que entren gordos y flacos, sabiendo que los gordos adelgazan y los flacos engordan; que este gobierno y los que vendrán, no nos salvarán de la infinita miseria humana, ni la propia. La fábula del hombre es larga. Se repite la misma moraleja.
Entonces, si un viejo de barba blanca nos permite a unos millones, -una vez al año- creer que no somos los huérfanos más despreciados del universo, vale la pena el engaño, los disfraces, la infernal tarde de shopping, el jueguito de luces en la ventana enrejada. Asustar a los perros del barrio. Es un ratito nomás el que ladran.
Dionisio Salas Astorga.