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Opinión

El monstruo narco y su gran amigo, el Estado corrupto

Lo que sucedió en México con los 43 estudiantes de una escuela Normal es gravísimo. Pero no es lo único que la sociedad entre Estado, política y narcos está haciendo en donde consigue tierra fértil para prosperar.

 El secuestro y asesinato de 43 estudiantes de una escuela Normal rural de México, hecho este último oficializado por la Procuraduría General de la República de ese país aunque con las dudas de los familiares, es un zamarrón a una humanidad hipnotizada por un interés individualista que le impidió, hasta ahora, comprender la dimensión de la tragedia mexicana.

Es que en la nación azteca no solamente han transformado, muy probablemente, en cenizas a estos estudiantes. Las circunstancias que rodearon al hecho hablan de un Estado involucrado en decenas de miles de asesinatos, torturas y hechos delictivos, bajo el imperio del mercado mundial de drogas y encubierto por redes monstruosas de corrupción e impunidad.

Es probable que mucha gente no se haya dado cuenta sino hasta ahora, en que 43 jóvenes desaparecieron de la tierra y aparecieron luego hechos polvo en seis bolsas con basura, de lo que ocurre allí desde hace años.

Este grupo de estudiantes que iban a protestar en recordación de otra lucha por los derechos estudiantiles ocurrida en 1968, fue interceptado por policías para evitar que “molestaran” en un acto político de la esposa del alcalde de una localidad, Iguala. Tras atraparlos, los entregaron a un cártel narco, Guerreros Unidos, al que señalan como un grupo ilegal, pero que se mueve a sus anchas en la zona habida cuenta de un presunto pacto con las autoridades. Hoy, a pesar de que los familiares del estudiantado se niegan a aceptar la versión oficial, construida tras la confesión de tres detenidos por el hecho, no están más, ya sea que permanezcan “desaparecidos” o estén realmente muertos.

La espiral de violencia del mercado de drogas empieza imperceptible y ajena. Primero, se sindican a los muertos como “parte de una guerra de negocios sucios”. Aunque muertos, se los descategoriza socialmente, se califica a sus asesinatos como “ajustes de cuentas entre bandas o bandidos” y, por lo tanto, desde el propio aparato del Estado que no previene ni interviene para desmantelar el gigantesco negocio ilegal del narcotráfico, comienza a decírsele a la población, tangencialmente, que eso que están viendo es poco menos que “ecología criminal”: ellos mismos se reciclan. “No es problema de las `personas de bien`, parece ser el primer mensaje” y, por lo tanto, se naturaliza algo tan irruptivo y anormal como es el asesinato de un ser humano.

Hundido en esa percepción, ni mexicanos, ni latinoamericanos ni el resto del mundo ha dimensionado lo que está sucediendo: quiénes controlan el Estado, las instituciones públicas, los espacios sociales, las escuelas, las plazas, las calles, las fuerzas de seguridad y podríamos decir que en muchos casos hasta la cultura y el deporte.

Mientras nos entretenemos con alguno de los videos de las decapitaciones del autodenominado Estado Islámico, pletórico de un fundamentalista odio religioso e ideológico, lo de México –y que lamentablemente se repite en una escala mucho menos en el resto de una Latinoamérica que provee de estupefacientes a los sectores tan acomodados como injustamente insatisfechos del “Primer Mundo”- es bastante más práctico y responde a una lógica mafiosa: se trata de negocios.

Es “normal” en México que uno vaya por la calle en alguna de las zonas más calientes y se encuentre con cuerpos descuartizados, vejados hasta la muerte, colgados en puentes o columnas, apilados por docena en terrenos baldíos. Pero, ¿es “normal” eso?

La prensa mexicana lo muestra a diario. Para quien no está acostumbrado resulta impresionante observar esas imágenes publicadas sin filtro en las portadas, en los noticieros de TV (haciendo clic aquí, se puede hacer un repaso por esas imágenes, pero con el alerta de que son tremendamente impactantes).

Pero resulta que tanta repetición acostumbra y los únicos que parecen comprender que “hay que hacer algo” son los que han sufrido la pérdida de algún ser querido.

En México están dadas las condiciones para provocar una bisagra en su historia. Lo que ha ocurrido es tan grave que nadie debería dejar de discutirlo en su casa, en su ámbito de trabajo, con sus amistades. No es un problema de un sector político, del arco ideológico o de “los estudiantes”. Lo que ocurre es una verdadera crisis humanitaria, a la que nos hemos acostumbrado a ver como público ajeno, como lo hacemos con los videos propagandísticos del Estado Islámico.

Pero de México y de sus 43 víctimas de Iguala emerge un dato que debe resultar una cachetada capaz de despertarnos: este “monstruo” que está matando puede corporizarse aquí o en cualquier otro lugar en cualquier momento y con el mismo dramatismo si no se le da a la institucionalidad e independencia del Estado la importancia que tiene y las herramientas para despojarse de la corrupción de los negocios ilegales que, hoy en día, parecen superar en su escala al resto de la actividad productiva humana.