Opinión
La confesión
A mi derecha la ventana abierta para que escape el humo del cigarrillo. Café y teléfono, cenicero. Enjuago la boca y pito. Las nubes caen y un sol tímido se esconde de miedo. Camperas en las sillas, bufandas, mochilas escolares y un olor a desodorante de ambiente cochino. No tengo cerdos en el patio, aunque los he gestionado en el drugstore donde venden pizza, birra y faso. Por la ventana se cuela un grito de mujer en estado de shock. No pienso salir de mi casa. El plan es quedarme a vivir y acostumbrarme a morir.
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La higiene policial está enfrente llena de maleantes. Dos tipos en la puerta se cagan a trompadas. Las máquinas destrozan la calle para las elecciones de octubre. No pasan pájaros aquí, aunque los he gestionado en la farmacia de la esquina. Espero, acostumbrado a morir.
Hace ya dos semanas que no asomo a la calle y que el teléfono no suena, aunque he gestionado por mails que me llamen. Me dejan promociones de lomos y pizzas debajo de la puerta. Parece que hay varios locales nuevos por la zona. Esto es así. Cuando caiga la tarde llamaré a un cerrajero.
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Por lo pronto les leo mi confesión:
“Me gustan las ciudades contaminadas. Los cielos opacos, la pérdida de la visibilidad a dos metros en la ruta y el agua turbia de la canilla. No quiero amor, amistad, ni condescendencias. La vida es demasiado larga para andar con apapachamientos. La noche es la que se hace cargo de uno.
Me cae bien el ruido de los micros tirando ese humo negro que te asfixia. Odio el agua mineral y promulgo ideas en los troles y en las calles a favor de la minería contaminante. La comida, chatarra. Las mujeres, deformes. Los libros, rayados. El morbo, si, el morbo de los asesinatos 24 horas por televisión.
La sangre seca sobre el pavimento. Los gatos aplastados como alfombras en el corredor del oeste. El vino en damajuana. Odio las bodegas de fina estampa de capital local y extranjero y también me dan asco Los Caminos del Vino. Prefiero una ciudad solitaria, vacía, indómita, gris y seca.
Que el desierto cope las calles y el viento revolee las bolsas de basura y revienten contra los comercios. Que miles de perros deambulen famélicos hociqueando el abandono. Que nos devuelvan a los cirujas que nos quitaron los milicos y la Ciudad en Flor, allá, en la Alameda. Que las putas tengan su dominio en las zonas donde mandaban y los maleantes se vistan de blanco con un pucho en la comisura de los labios.
Tirarse en gomones por el canal de los indios del Cacique Guaymallén. Y que allí también se recuperen de manera exclusiva los suicidios. Como era antes. Un mix de ciudad vieja y nueva, desordenada y plena de angustia, sin sentido claro. Que se pueble de autos de treinta o cuarenta años sin patente.
Que suelten a más locos de atar sin medicación por los shoppings y que la gente corra, por miedo. Que tiemble tres veces por día, que vivamos en estado de emergencia mañana, tarde y noche.
Quiero una ciudad que muera y me asesine a puñaladas en la esquina de mi casa a las 6 de la mañana”.