Opinión
Seguridad económica para pocos, inseguridad para las mayorías
Nadie duda que el tema de la seguridad sea un problema a resolver en la provincia y el país y constituya un tema prioritario en la agenda de gobierno. Pero por sobre todas las cosas, es la gran preocupación de la gente común, mucha de ella víctima, mientras el resto padece el miedo que paraliza y desespera. Lo cierto es que la población toda está inmersa en esta problemática, y exige respuestas inmediatas.
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Por otro lado, los medios saben y la oposición política, que militar este tema le resta apoyo al gobierno. Ahora pregunto ¿Es posible esperar respuestas inmediatas sobre un problema que se ha instalado estructuralmente en la vida cotidiana? Este o cualquier gobierno, ¿Puede solucionar el problema de manera unilateral? ¿Depende exclusivamente de un plan genial para combatir el delito? ¿Es la inseguridad el problema central a resolver, a partir del cual, se produciría el efecto dominó y así solucionar, como consecuencia, otros problemas? ¿Podemos pensar el problema desde la desesperación de las víctimas?
Quiero ser lo más claro posible y contundente. La seguridad no es ni el principal problema, ni la causa de todos nuestros males. El problema es anterior y lo precede, la determina. Se trata claramente de un modelo de desigualdad social que venimos arrastrando, y que “una” de sus consecuencias más graves se presenta crudamente bajo la dimensión del delito y la inseguridad contra gente trabajadora que sufre en carne propia esas consecuencias. Siempre hubo delitos, en tanto existió sociedad que prescribiera lo legal de lo ilegal. Pero no se trata de naturalizar la problemática, sino más bien, de contextuarla históricamente.
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De un tiempo a esta parte, hemos perdido a una generación de jóvenes que tiene literalmente la cabeza quemada como consecuencia de la angustia cotidiana, de no ver el futuro como un proyecto de vida. Vidas sin sentido, sin horizonte e interés. Familias destruidas producto del desempleo en los 90, niños vagabundos aspirando cualquier cosa contra el dolor. Esta generación no tuvo acceso a un psicólogo o un psiquiatra que los orientara y los contuviera. Sólo el acceso al mundo “supuestamente” indoloro de la droga. Un genocidio social, el segundo después de los desaparecidos y asesinados en la dictadura, se ha producido en la Argentina y en nuestra provincia por cierto hasta que explotó el modelo de exclusión en 2001.
La pobreza tiene su contracara en la ostentación suntuaria de aquellos a quienes casi ni siquiera roza el delito, porque viven “bien encerrados” en comunidades selectas, que se relacionan entre sí como guetos sociales. ¿No iremos hacia un “racismo de clase”, producto de la impotencia que genera la inseguridad? ¿Qué hacer con esos jóvenes, miles de pendejos que no saben para dónde agarrar, y en su desvarío, se matan con “merca cortada”, “paco” y “pastas”, se chupan un “tetra” y “salen de caño”?
Algunos, plantean directamente matarlos, y por las dudas, matar a los sospechosos, así evitamos una posible muerte de otra víctima. Solución fascista, retrógrada, que en la práctica concreta no soluciona el problema.
Otros, como Cassia, quieren endurecer las penas, meter presos a los niños y jóvenes que roban o andan vagando por la noche y sitiar la ciudad de policías. Un camino directo a la guerra civil made in Colombia.
La principal demanda de la gente que arrojan todas las encuestas, como principal preocupación y reclamo a los gobiernos, es solucionar el problema de la inseguridad. Los gobiernos de turno, para obtener legitimidad, y acuciados por la “maldita coyuntura”, terminan cayendo en una trampa, muchas veces sin salida. Llegar al gobierno con “un plan de seguridad”, implicaría, llegar al gobierno con “un plan de redistribución de la riqueza”, la eliminación de los privilegios, la apuesta en serio a un plan integral que dote recursos para recuperar la socialidad cotidiana.
El empresariado también es uno de los grandes responsables de no contribuir a encontrar un camino. Porque cuando aparece un atisbo de gravar alguna importación, de incluir un impuesto a los rubros más beneficiados, salen como gremio a presionar –justo aquellos que aborrecen la presión de los gremios- y a impedir medidas de redistribución de la riqueza. Es la “queja de los privilegiados”, egoísmo propio del acumulador, que ejerce la función de conservación del modelo desigual.
La gente queda en el medio, atrapada, entre la confusión en la que se meten los gobiernos, y la rapiña de los que ambicionan un Estado que les asegure una sociedad plena de libertades para el mercado, sin regulación, es decir, un Estado para ellos.
No hay solución posible si no se cambian las reglas, a través de las cuales, la sociedad se proyecta como conjunto, y no como trampolín de mercaderes políticos y económicos.