Opinión
El oficio de escribir en MDZ
Hace seis años escribo en MDZ, desde que el diario inició su carrera –en ese entonces bajo la dirección del amigo Ulises Naranjo, en 2007- estoy en este espacio que inauguró sostenidamente el recurso online de forma exclusiva, esto es, sin imprimir en papel. Cuestiones de las nuevas tecnologías. Nueva era de la comunicación donde cada vez menos usamos papel. Donde todo pasa por la computadora, Internet y las redes sociales.
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Mi rol es el de columnista de opinión y lo hago dos veces por semana. En seis años aprendí muchas cosas y desaprendí otras, de eso se trata pues aprender, desaprendiendo viejas prácticas primero para luego parir nuevas. Como en la vida misma. Escribir y sostener un espacio de enero a enero. Desde Mendoza, Buenos Aires, Montevideo, San Pablo, Río de Janeiro o San Salvador de Bahía. Pintar el mundo que yo veo. Sesgado, tironeado, haciéndolo mío, en fin, sin consensos, sin representar a nadie (al menos en la intención) a la hora de plantear una problemática.
Tuve y tengo licencias para hacerlo. Por eso he saltado de la política a la cultura y de ahí a la literatura, aguafuertes menducas que me han traído más de un dolor de bocha.
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Creo que no hay que tener ningún contrato imaginario con el lector. Si me ubico en lector no quiero leer lo que espero leer, al contrario, quiero que un texto me ponga en cuestionamiento lo que siento y pienso. Que incomode al menos mi confortable certeza sobre este mundo. Eso es lo que intento desde hace seis años en MDZ.
A veces me siento una mosca en la sopa, me han puteado hasta en Esperanto; sin embargo en la calle nadie me ha venido a cagar a trompadas, por suerte. Me he declarado religioso (de la religión más pagana que puede tener este ispa: el peronismo) apoyo al gobierno nacional de frente y también lo critico, sobre todo a los que son traicas o garcas y no representan al paganismo popular al que adhiero.
Sigo creyendo en este diario aunque para algunos oficialistas de Facebook les parezca un portal cobista y me lo enrostren en la cara. No me calienta en lo más mínimo. Acá, como en la vida, hay espacios donde uno puede decir lo que piensa. Lo tomás o lo dejás. Si bien soy sociólogo, no hago sociología, escribo pero no hago literatura, me gusta la política y no hago política militante. Voy. Buceo, trato de naufragar constantemente para no quedarme en la comodidad de la fórmula.
Si estoy triste escribo desde la tristeza, si estoy caliente desde la bronca, si estoy apático desde la abulia. Por eso celebro los seis años de este diario que me ha permitido no usar exclusivamente la razón. Me ha dejado poner el cuerpo. La espiritualidad del agnóstico y del escéptico, confrontar hasta el límite. Escribir en trance. Eso.

