Phan Thi Kim Phúc, el Enola Gay, los Gulags y Siria
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En estos días las páginas digitales, los diarios y los medios audiovisuales han informado hasta el hartazgo sobre Siria, como descubriendo un mundo nuevo.
Allí reina una dictadura hereditaria, los Assad, asentados en un partido único, del cual el dictador es el dueño, como lo es del país, de las personas, bienes y derechos. Amnesty International y muchas organizaciones de derechos humanos han denunciado por décadas las atrocidades de ese régimen como en su momento fue Khadafy, el Sha de Irán, los ayatollahs y los crímenes de Bagdad. Por cierto, los distintos gobiernos israelitas no se quedan atrás en torturas, campos de concentración, discriminación y su política de eliminación selectiva de enemigos.
En ese mundo, dicen las noticias, hay un millón de niños refugiados, que tratan de salir como pueden de ese país para salvarse en otros. La verdad, desde que leí esa noticia, me decía qué difícil es dar la vuelta del diario o cambiar de página sabiendo que hay un millón de niños sin casa, padre, derechos, alimentos, vivienda y todo lo que un niño debe tener. Si Tejada Gómez fuera vigente, deberíamos al menos indignarnos por eso en vez del zapping emocional de lo que no existe. Pero el mundo de la “nube” es así de frío y duro. Seguro que desde que esa noticia apareció en la red, muchos de ellos ya ha muerto o están sufriendo lo indecible, porque, como decía el poeta de Guaymallén, “a esta hora hay un niño en la calle”.
Ahora bien, he escuchado al secretario de Defensa de Estados Unidos, el candidato demócrata JHONN KERRY, que el uso de armas químicas es inmoral y que eso debe ser castigado, y anclado en esas palabras prometía un castigo a la dictadura siria.
Me acordé de aquella foto impresionante de Vietnam de Phan Thi Kim Phúc, esa niña que desnuda grita al fotógrafo el dolor de las quemaduras del napalm norteamericano sobre su cuerpo. Miles de bombas químicas se lanzaron para intentar derrotar a ese increíble ejército de seres humanos de Ho Chi Min y el estratega general Giap.
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Me acordé también de los cientos de miles de personas que no pudieron despertar porque sus pieles y cerebros fueron derretidos por las bombas del B 29 del Enola Gay que un 6 de agosto cayó primero sobre Hiroshima y luego sobre Nagasaki.
Hasta el momento esos genocidios siguen impunes, como el Gulag de Stalin, la vergüenza de Corea del Norte, también dictadura hereditaria bajo el nombre de comunismo, o la misma China, que se apropio de Nepal y con un genocidio a cuestas, como fue la Revolución Cultural de Mao, hoy con partido único y sin libertad de expresión, pero bueno negocios son negocios.
El premio Nobel de la Paz Barack Obama, que recordó hace poco a Luther King, nos promete moral y honorabilidad, seguramente para defender y proteger al millón de niños que buscan un hogar en el mundo, ojalá que no los depositen en Guantánamo.
Por experiencia propia sabemos que los discursos guerreros sólo benefician a los halcones y se construyen realidades que luego nada importa descubrir que son falsas.
También es cierto que somos lo que queremos creer y ver. Debajo de tanta palabra, de cada gesto, de las capas de metal, queda saber si aún es posible que pensemos que lo más importante es lo que hacemos entre todos por esa humanidad pequeña que se ha quedado sin juegos e infancia.