Opinión
Chau, agosto
El tema no es sólo pasar este inusual invierno. Se sabe que el invierno es una estación más que jodida: la guita nunca alcanza, todo es más caro, se gasta el doble o triple en gas y energía, nos encerramos y hablamos más por teléfono, usamos más Internet, vemos más tele. Además nos da más hambre por el frío y comemos el doble. En fin, entre la moneda que escasea y las obligaciones para garpar la vida cotidiana, el invierno es la estación más difícil de transitar.
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Ahora bien, el mes más duro del invierno y de todo el calendario es agosto, siempre lo fue. Agosto es soledad y angustia, nostalgia y melancolía, bisagra emocional que se siente en todo el cuerpo. Después vendrá setiembre con sus primeras hojas y flores, pero agosto produce la sensación de demorarse más de lo normal, porque las flores están lejanas, los zondas hacen daño y las heladas queman de madrugada lo que apenas florece. Agosto, aquí, se siente en la garganta: es un mes para pasar tragando saliva permanentemente y soportando nudos. Es el mes en que tráquea y laringe laburan a todo vapor.
Por ello, además del invierno, lo que hay que pasar es agosto. Ahí está la clave para luego planear lo que queda del año con un poco de humor o con buen humor. Y aquí estamos, contando las horas que quedan del mes para tenderle la alfombra a setiembre, que seguro traerá noches frías, días nublados, algunas lluvias y una buena nevada. Pero es setiembre y sabe mejor. La palabra setiembre suena mejor. Agosto es desierto, sinónimo de desierto.
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Agosto no te deja hacer balances, no es un mes que permita sacar conclusiones, es demasiado temprano para esas cavilaciones, porque seguro que hay proyectos inconclusos, o algunos que no pueden arrancar en el año que empieza a extinguirse, o problemáticas personales que no llegan a cerrar, o heridas que no cicatrizan del todo. No digo que agosto es el peor mes sino que es el más espinoso y truculento. Es un mes para mareos y desenfados, un mes de caras duras y sonrisas escasas.
Tórnase efímera la vida entonces, con meses como agosto. Porque siempre habrá agostos, porque siempre apuraremos agostos. Los años habría que sumarlos a partir de los agostos y no de los eneros. Si sobrevivimos, no será en los eneros: será cuando setiembre se nos mezcle entre las colchas y empecemos a guardar en el placar con naftalina los pulóveres y las nostalgias que acompañaron nuestra soledad.

