Presenta:

Opinión

La izquierda y los movimientos populares: ¿una contradicción?

Cualquier país que intente recrear formas nacionales de producción será satanizado en términos ideológicos.

Visto el exitoso resultado electoral del Frente de Izquierda en la provincia y la proliferación de notas y artículos en los medios sobre el mismo, creo que el tema merece una reflexión de índole teórica sin caer en chicanas ni adjetivaciones personales. En hora buena que miles de mendocinos ya no se sonrojan con el término “izquierda”.

No hace mucho tiempo, por prejuicio o por macartismo, y en no pocos casos por oportunismo, el término era denostado y estigmatizado. Hubo demasiadas confusiones por una clasificación que nació en la Francia de la Revolución en 1789, por las posiciones que ocupaban los jacobinos en la asamblea nacional. Primero los socialistas y anarquistas, más luego se la apropiaron los comunistas desde el partido; para difuminarse en etiquetas electorales que recorrieron el marxismo, leninismo, trotskismo y maoísmo. Sin embargo, pocos reparan en “el carácter” que asume la izquierda en el contexto de cada nación en particular.

Hay que decirlo y aclararlo: el capitalismo es un modo de producción a escala global que se traduce (complejamente) en cada formación social (en cada país) por tanto, hay naciones donde la burguesía (propietaria de los medios de producción) asume un carácter nacional y proteccionista; y otros donde aquella se "compradoriza" (al decir del teórico egipcio Samir Amín) y extrae su “plus valor” para transferir excedentes al exterior en alianza con empresas multinacionales y estados que protegen hacia dentro y pregonan apertura hacia afuera.

En síntesis: los países centrales tienen burguesías nacionales y los periféricos antinacionales.


Por tanto, no es la misma burguesía la de Francia a la de México, ni la de Inglaterra a la de Ecuador. Es más, en la historia del capitalismo occidental hubo países donde el desarrollo de sus fuerzas productivas llevó a la conformación de burguesías nacionales fuertes y en otros, debido al carácter desigual del mismo en el mundo, aquellas, no llegaron siquiera a desarrollarse. Dominó en ellos un capitalismo agrario semi industrial o artesanal. Y en varios países, el rol de la burguesía nacional lo ocuparon los ejércitos nacionales (Argentina en los 40, Brasil, Egipto, entre otros) a través del Estado desarrollando políticas nacionales y populares en base a movimientos políticos pendulares ideológicamente.

En los países denominados “tercermundistas”, las burguesías nunca fueron nacionales en sentido estricto, por tanto, el patrón de acumulación económico se engarzó a los intereses trasnacionales, con lo cual (excepto Brasil, en parte México y en la década de los 40, 50 y 60 en Argentina) aquellos desarrollaron precarísimas industrias locales, abriéndose al mundo como reza el neoliberalismo en estos pagos.

Nunca deberíamos descuidar esa tesis que plantea que “el capitalismo en el mundo no es pa’ cualquiera”, es decir, su condición, su naturaleza desigual que zonifica el mundo en capitalismos avanzados y atrasados, no es más que su condición de posibilidad. Surgió de empresas coloniales y luego se expandió en términos imperiales.

Por tanto, cualquier país que intente recrear formas nacionales de producción, enfrentando imposiciones de organismos internacionales, naciones poderosas o recetas que auguran “modernización de la economía”, siempre será satanizado en términos ideológicos y boicoteado en términos político-económicos.

En fin, volvemos al inicio de la nota, luego del rodeo. Ser de izquierda en países como Argentina, no implica mecánicamente asumir la posición de un partido de izquierda de Inglaterra o Alemania. El internacionalismo de las izquierdas comete el error de homologar las situaciones de clase en el mundo y desconocer las tradiciones de resistencia nacional propias a las características culturales y políticas de cada país.

Aquí, como en cualquier país africano, “ser de izquierda” implica fundir las banderas de la soberanía política, independencia económica y la justicia social. Y en el plano internacional aliarse a los países de la misma condición, en nuestro caso Latinoamérica toda. La UNASUR es un claro ejemplo de contrapeso al poder hegemónico de EEUU y Europa en el mundo.


La salida correcta implicaría entonces embanderarse tras movimientos nacionales o frentes populares “con pueblo”, y no con consignas internacionalistas que un tipo de Mataderos, de Las Heras o de Rosario, nunca tomarán como propias.

Para ser de izquierda a veces no hace falta ni decirlo, sino tomar posiciones de acuerdo a nuestra historia y experiencia política. De hecho, ninguna revolución popular en América Latina la llevó adelante un partido de izquierda.